De Santiago a Leipzig

0
349

Alejandro Cifuentes

Llevo viviendo en Alemania un par de meses y por una curiosa coincidencia acá he vivido dos efemérides aparentemente inconexas: los 50 años del golpe de Estado contra Allende en septiembre y los 33 años de la desaparición de la República Democrática Alemana, RDA, en octubre. Sin embargo, la perspectiva que otorga la experiencia europea permite reflexionar sobre la relación que surge entre ambos sucesos.

Mis primeras vivencias en este país se han dado en Leipzig, la ciudad sajona que hacía parte de la RDA y que a finales de la década de 1980 fue epicentro de la “revolución” de color que puso fin a la experiencia socialista de cuarenta años. En Leipzig, como en Berlín, tuve la oportunidad de escuchar el discurso oficial sobre los acontecimientos que ocurrieron hace tres décadas: la caída del socialismo es publicitada como una revolución pacífica protagonizada por estudiantes, que tuvo como resultado el retorno a la libertad.

Como hoy se ha podido establecer, las “revoluciones” de colores, a pesar de inspirarse en la prédica de la acción cívica pacífica, en realidad recurre a la violencia y la provocación. Sin embargo, aunque aceptáramos por un momento que la mal llamada revolución alemana fue un movimiento que recurrió a medios pacíficos, sería imposible dejar de verla como una violenta contrarrevolución.

De hecho, debemos analizar la reunificación alemana no como un suceso aislado, sino como parte de todo un movimiento global que fácilmente puede ser considerado como la contrarrevolución más violenta en la historia de la humanidad.

Y repito, no lo digo por los medios sino especialmente por sus resultados. Los sucesos ocurridos hace tres décadas son cabalmente una contrarrevolución no porque depusieran partidos comunistas o socialistas, sino más bien porque en ningún caso significaron un avance hacia una sociedad diferente, menos injusta, sino que conllevaron la pérdida de soberanía y derechos sociales y económicos.

Y en esto radica la violencia de tal contrarrevolución.

Lo que ocurrió luego de la derrota de los regímenes socialistas no fue un simple cambio constitucional, sino la degradación real de las condiciones de existencia de la gente trabajadora.

Hoy en Alemania se vive una aguda crisis de vivienda causada por la especulación; el desempleo y la inflación son males recurrentes mientras que la flexibilización y la desregularización laboral son tan comunes como en América Latina.

En otras palabras, Alemania sufre de los males que azotan al resto del mundo. Y precisamente ahí es donde encaja el golpe en Chile. Con el asesinato de Allende se inauguró el neoliberalismo en el país austral. La dictadura atacó a las organizaciones populares para evitar su respuesta a las medidas que para eliminar cualquier límite la acumulación de capital.

En Chile, la contrarrevolución es claramente violenta tanto como por sus medios como por sus fines. Redujo violentamente al proletariado para luego someterlo a un régimen más agudo de explotación. Sin Chile, sin las dictaduras del cono sur, sin el paramilitarismo y el narcotráfico colombianos, no podemos entender la contrarrevolución en Alemania y el resto de Europa oriental. Con sus victorias en América el capital se fortaleció, allí refinó sus estrategias para desatar la acumulación, y luego los afianzó en el mundo tras la derrota de las democracias populares y el régimen soviético.

Creo que este es el momento para comenzar a ver nuestra historia reciente de una forma menos parroquial e ingenua.