Hojas de otoño: cuando la melancolía es alegre

0
432

“Tú que me amaste, yo que te amé. Y la vida separa a los que se aman, Muy dulcemente, sin hacer ruido. Y la mar borra en la arena el paso de los amantes separados”, Jacques Prevert

 Juan Guillermo Ramírez

La poética de Kaurismaki sigue fiel al laconismo de los diálogos, a la expresividad cromática, a los encuadres fijos, al sentido del humor sobrio, y a una construcción de personajes no por más sintética menos emotiva.

En esta historia de amor, atravesada por las noticias de la guerra de Ucrania regurgitadas por viejos aparatos de radio, Kaurismaki siempre se muestra idéntico a sí mismo. Y, sin embargo, ¿por qué nos da la impresión de que esa repetición es tan hermosa?

El método y los tonos, los personajes melancólicos, héroes y heroínas sociales, son los mismos de siempre, pero también hay mucho de novedoso en Hojas de otoño, la reciente película del director finlandés Aki Kaurismaki. Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de (Cannes 2023), es la historia de amor atípica, sensible y triste entre un operario de fábrica un poco alcohólico y una empleada de supermercado, ambos dispuestos a darse una oportunidad. Un film que se ampara en la historia del cine y que confía nuevamente en la complejidad presente en las cosas simples.

Cuando Holappa conoce a Ansa aparece la posibilidad de una chispa -en principio diminuta, exigua-, la oportunidad de un empuje que los acerque y, tal vez, les permita iniciar eso que suele llamarse una relación de pareja. Eso es todo y, sin embargo, para el director de El hombre sin pasado, Nubes pasajeras y La chica de la fábrica de fósforos es suficiente para construir otra de sus grandes obras: un cuento de hadas atravesado por una caricia de realismo.

Pero la película es la misma y la metáfora similar. Hablamos de Kaurismaki. Por lo tanto, hay un bar. Y hay una banda tocando en el bar. Y hay personajes solitarios, de mirada y andar melancólicos, intentando rehacer algo parecido a lo que, dicen, es la vida. El método, las formas, los tonos, son los de siempre y, sin embargo, se sienten novedosos, frescos, irresistibles.

En Hojas de otoño Aki Kaurismaki vuelve a ser el mismo para reinventarse una vez más. Holappa recorre los pasillos del supermercado reponiendo artículos, quitando de los estantes aquellos cuya fecha de vencimiento ya ha sido vencida. A veces, esos alimentos que usualmente se tiran a la basura todavía rinden, y Holappa se lleva algo a casa para consumo personal. Solitaria, callada, como tantos personajes en el mundo del cineasta, la radio en la cocina del departamento le recuerda que en Ucrania tiene lugar una guerra, un almanaque muestra el año 2024, micro futurismo inesperado.

En otro lugar de la ciudad, en una fábrica metalúrgica que parece especializada en ruedas de metal de algún tipo, Ansa se pone el traje especial y casco a tono para realizar las faenas que le corresponden. Antes de eso, un par de tragos de alcohol, la botella cuidadosamente escondida en una caja de electricidad, lo suficiente para seguir adelante. Por la noche, el primer encuentro entre las criaturas, en un karaoke donde los clientes practican el canto. Punto de partida de una banda de sonido tan ecléctica como irresistible, marca registrada del autor, que incluye una rendición en finlandés de ‘Mambo Italiano’, la versión original cantada por Carlos Gardel de ‘Arrabal amargo’ y un bello tema pop del dúo finés Maustetytöt. Las miradas se cruzan, tímidas y algo incómodas, las palabras aún no llegan, pero el amor proletario comienza a palpitar.

Si el mundo laboral en el cine de Kaurismaki suele ser un espacio de alienación (las miradas torvas del agente de seguridad del supermercado a Ansa son un indicio claro) la falta de trabajo lanza a los personajes a una desesperación muda. A lo largo de los ochenta minutos de proyección, la protagonista será repositora, luego mesera y, finalmente, empleada fabril, mientras los encuentros y desencuentros con Holappa delimitan el universo de las relaciones personales, amén de las citas con sus amigas.

La primera cita formal entre Holappa y Ansa tiene lugar en una pequeña sala de cine arte, el Ritz, rodeados de posters de películas como El desprecio, Rocco y sus hermanos, El dinero y Breve encuentro, el clásico drama romántico dirigido por David Lean en 1945, en el cual una pareja se encuentra y desencuentra en un Londres de posguerra gris y abrumadora. La película que se proyecta en la pantalla es Los muertos no mueren, la reciente comedia de zombis de Jim Jarmush.

Otras referencias cinéfilas van acumulándose, Tú y yo de Leo McCarey, Una partida de campo de Jean Renoir y, sobre todo, Luces de la ciudad. Al final en la banda sonora escuchamos una versión finlandesa de ‘Les Feuilles mortes’, el poema de Jacques Prévert al que puso música Yves Montand. A pesar de ese diálogo cinéfilo con la historia del cine, Kaurismaki no les pidió a los actores que vieran tal o cual película para preparar los personajes.

Hay algo del espíritu de Luces de la ciudad en Hojas de otoño, y no es casual que el perrito que la protagonista adopta en cierto momento del relato se llame Chaplin. El plano que cierra la película, ciento por ciento chaplinesco, resulta significativo, no tanto homenaje superficial como resignificación de una manera humanista de entender el cine. Un pequeño triunfo del amor proletario entre tanta deshumanización y dolor.

El universo del trabajo de los obreros en los camiones de basura, en un restaurante, en una fábrica, en una obra de la construcción, en un supermercado o en una fundición retorna siempre a las imágenes de este cineasta (recordemos Sombras en el paraíso o La fundición), un director que hoy se sigue reivindicando comunista, que puebla sus películas de un atrezo deliberadamente anacrónico (dice que no le gusta la estética del presente) y de música de todo tipo, un acompañamiento que aquí se hace más presente y constante que en casi ninguna otra de sus realizaciones: karaoke, tango finlandés, rock indie, una serenata de Schubert…

El milagro estrictamente cinematográfico de la historia de amor entre los dos protagonistas de este nuevo film -auténticas hojas caídas de otoño, casi perdidas y barridas por el viento en medio de una sociedad que ni siquiera los mira- es la empatía y la ternura que destilan unas imágenes secas y lacónicas como en todo el cine de su director, pero cuyo encadenado en el montaje se muestra algo más poroso y abierto, algo más reposado y menos cortante. Una cadencia atravesada quizás por la bonhomía y por la mirada profundamente humanista de un director que, a sus sesenta y seis años, mira a sus criaturas con una amplitud, una solidaridad y un deseo de felicidad que no oculta, en ningún momento, la devastadora realidad en la que viven sin más horizonte de futuro que el de su propio amor, irrenunciable por ambas partes, a pesar de que todo en el relato conspira para separarlos.

Las noticias de la guerra de Ucrania suenan en la radio, noticias relevantes para Finlandia, la vecina de Rusia, que ni siquiera era miembro de la OTAN cuando se rodó, y los tornillos se aprietan. Suena miserable, pero Kaurismäki encuentra momentos de comedia malhumorada en todas partes, ya sea el corpulento guardia de seguridad del supermercado (Solo estaba siguiendo órdenes) o el improbable bar de mala muerte, ‘California Pub’. No todo es una espiral descendente.

Hay un romance en el horizonte, pero el horizonte sigue cambiando. Aki Kaurismäki es el rey de la melancolía inexpresiva y minimalista y con Hojas de otoño nos regala a sus leales súbditos una historia familiar en apariencia y espíritu. Presente y correcto está su habitual iluminación oscura y negra y una banda sonora de baladas finlandesas y de otro tipo. Se basa en sus otras historias sobre la desgracia de la clase trabajadora finlandesa y muestra su corazón amante del cine en la manga con guiños irónicos a otros directores en todo momento. Es un suspiro profundo y divertido ante las limitaciones de los hombres y el alcohol, especialmente cuando se combinan. Pero no es juicioso, simplemente hastiado, al menos hasta que las nubes finalmente comienzan a disiparse. Encuentra humor genuino en la situación casi miserable de sus personajes, pero está completamente de su lado, del lado de aquellos pisoteados por los tiempos modernos.

Se dice que la película es una incorporación tardía a la serie fundamental del director ‘proletario’: Shadow in Paradise, Ariel, The Match Factory Girl, y claramente el viejo socialista, que solía trabajar como cartero, no ha perdido nada de su admiración por los seres humanos, la solidaridad o los pequeños ritmos del día a día. Kaurismäki simplemente entiende que se puede saber más sobre una persona por las películas que ve, o por la forma en que mira por la ventana en el autobús de regreso a casa, que por algo tan desgarbado como un diálogo. ¿Puede una película ser a la vez sombría y hermosa al mismo tiempo? El amor se torna un suplicio cuando se ve envuelto en un entorno de guerra en el que el romance parece ser el único indicio de paz.