Entre la franqueza y la melancolía

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Juan Guillermo Ramírez

Basada en la historia de Claire Keegan Foster, la película The Quiet Girl, del escritor y director irlandés Colm Bairéad, tiene un planteamiento en su historia muy simple: Cáit es una joven callada que vive en una familia de cuatro hermanos, donde debe soportar la indiferencia y falta de afecto de un padre grosero y una madre problemática. Cáit sufre maltrato por parte de sus compañeros de escuela.

Agobiada por la inseguridad y la falta de apoyo que tanto necesita en casa, la niña se orina en su cama todas las mañanas. Sus padres deciden enviarla a pasar el verano a la granja de unos parientes a los que ni siquiera conoce, Eibhlín y Seán. Esto supone una experiencia revolucionaria para la chica, que poco a poco va entablando relación con la afable pareja. Cáit se siente querida y gana confianza, mientras el vínculo entre los tres se vuelve más profundo cada día.

Sin embargo, Eibhlín y Seán esconden un triste pasado, que acabará por explicar algunos aspectos del comportamiento de la pareja. Bairéad compone esta historia con dos herramientas muy simples: tres excelentes actores protagonistas, que interpretan sus papeles con gran honestidad y el uso de un «tiempo naturalista», que les permite estrechar lazos a través de gestos cotidianos y actividades compartidas, como peinarse, ordeñar a las vacas, limpiar un establo o cortar cebollas. Es extraño ver este tipo de ritmo representado con inteligencia en una película contemporánea.

Estamos en la Irlanda de principios de los 80, es el retrato de un país donde una vida tranquila en el campo, una casa rodeada de árboles, una buena taza de té y los pequeños placeres de la vida eran suficientes para aportar alegría y serenidad a sus habitantes. Y aunque esto puede parecer una representación idealizada de esa época, este velo de nostalgia encaja perfectamente con los personajes y las atmósferas de la historia. Una historia sobre el amor, la familia, y la importancia de todo lo que no se dice. Una obra poética escrita con luz, especialmente gracias al trabajo de interpretación de la protagonista y su impecable fotografía. The Quiet Girl es un relato sobre el amor y el afecto en la familia. Sobre los lazos estrechados a través de pequeños gestos que van más allá de las palabras. Y la tierna y cálida atmósfera que rodea a la pequeña protagonista.

A la hora de adaptar una novela a la gran pantalla, ciertas personas son reticentes, frente a otras que valoran el trabajo artístico. Cualquier adaptación debe ser infiel para poder ser fiel a la historia. Un oxímoron totalmente cierto que hace referencia al valor de una pieza artística por encima del argumento como tal. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980). El cual adapta la novela de Stephen King desde la más descarada infidelidad a la historia, pero con uno de los resultados artísticos más valiosos. La literatura y la cinematografía son artes diferentes pero compatibles. Y The Quiet Girl es un ejemplo. Las imágenes que enmarcan la historia narrada son de una calidad inexorable. Las cuales son imprescindibles para convertir la película en una de las mejores obras de los últimos años.

La delicadeza en cada fotograma es abrumadora. Transmitiendo a la audiencia la calidez de cada rayo de sol que roza la tez de la pequeña protagonista. Tal y como Agnès Varda hizo cuando intentaba coger los coches con su mano en Los espigadores y la espigadora (2000). El espectador que se sienta a ver The Quiet Girl puede tocar los rayos de sol que atraviesan la pantalla. En la distancia, pero muy de cerca. Sintiendo cada emoción esbozada. Las cuales están indiscutiblemente entrelazadas con la naturaleza. Pieza también esencial en este mosaico audiovisual. Donde las tonalidades más otoñales son las protagonistas del equilibrio cromático conseguido.

Directoras como Jane Campion son conocidas por sus hermosas imágenes y potentes historias. La deleitación y las protagonistas femeninas son uno de los aspectos más destacados de su filmografía. En cierto modo, la última película de Colm Bairéad, The Quiet Girl, parece beber de referentes como ella. Tal y como hizo Campion con su personaje protagonista de El Piano (1993), el cineasta coloca en el foco a una figura construida desde la calma y el silencio. Envuelta además con una atmósfera lumínica excelsa. La película irlandesa está definitivamente escrita con luz. Un poema escrito con luz que bien podría estar redactado por Sylvia Plath. Poniendo en el centro a esa pequeña que es vertical, pero que le gustaría ser horizontal. Para poder rendirse a la naturaleza y la calma. Para dejarse abrazar por el calor de la tierra. Permitiendo que los rayos de sol alimenten su alma a través de cada poro de su piel.

Es imprescindible escribir sobre el gran trabajo de Catherine Clinch.  La pequeña actriz lleva a cabo un trabajo inconmensurable, encontrando su mayor virtud en todo lo que no dice. Tal y como el título indica, ella es una chica callada. Pero lo poco que habla tiene un valor indiscutible. Como lo tiene todo aquello que calla. Convirtiendo los silencios y las miradas en uno de los elementos que más enriquecen el relato. Una niña que lee a Heidi antes de acostarse (toda una metáfora del guion). Es una pequeña, algo retraída, que habita en el condado de Waterford con una madre ausente y un ordinario sin empatía por padre.

La fotografía juega con el contraste entre el fulgor del hogar adoptivo y la sombría paleta utilizada para la casa de Cáit. El uso del tempo es a fuego lento. En Adagio. Incluso el director se permite ralentizar aún más en una bellísima secuencia donde Cáit corre hacia su futuro, dejando atrás sinsabores y padecimientos. Joan Sheehy desarrolla un excelente papel en su brevedad. A ella le corresponde ser la vecina díscola y lenguaraz que revela a la niña la terrible verdad con una interpretación plena de cinismo y humor negro. The Quiet Girl es capaz de extraer toda la belleza rural sin sospecha de sensiblería ni exceso de preciosismo visual. La experiencia del autor en documentales donde destaca la belleza de Irlanda le permite extraer todo el jugo visual a una película que se muestra en tres claras capas: la excelencia visual, la densidad humana y la seguridad en la narración minimalista.

El estudio de tipos humanos no tiene desperdicio. La niña vive en el vórtice de una familia desestructurada, carente de empatía. Incluso las hermanas carecen de cualquier capacidad afectiva con respecto a Cáit. No hay ninguna muestra de cariño ni de interés en la pequeña ni entre ellos mismos. Son seres vegetativos, anómalos, incapaces de ponerse en el lugar del otro. De hecho, el distanciamiento es incluso idiomático, ya que el padre de Cáit habla en inglés, dejando patente el cisma cultural inglés/irlandés. De algún modo podría hablarse de una variedad de abuso en el abandono afectivo hacia la hija y hermana. Las referencias fílmicas podrían ser Petite Maman, de Céline Sciamma, por la delicadeza en el tratamiento de esta narración. También remite a la obra de Yasujiro Ozu en su crítica indirecta a las estructuras sociales.

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