El suplente entre reglas

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“La educación es el valor más importante de la sociedad para transformar las injusticias”, Diego Lerman

Juan Guillermo Ramírez

¿Alguien me puede decir para qué sirve la literatura?, pregunta Lucio, profesor de esta materia que acaba de abandonar su puesto en la Universidad de Buenos Aires para hacer una suplencia en un instituto de la periferia porteña. Para tirarse a dormir, bromea una alumna.

El suplente abraza desde el inicio los estigmas del ‘cine de profesores’, ese subgénero cinematográfico tan manido sobre maestros inspiradores y estudiantes criados en entornos marginales. Y ahí reside su valor, el de encontrar una identidad propia y sugestiva pese a repetir convencionalismos, acercándose a títulos brillantes como La clase de Laurent Cantet o El buen maestro.

La educación se puede concebir de dos maneras: como una transmisión de conocimientos útiles para un futuro profesional o, en su versión más extendida y realmente necesaria, el desarrollo de la capacidad intelectual, pero también, moral y afectiva del individuo. Así como la transmisión de las normas de convivencia de las diversas sociedades en las que los seres humanos pueden establecerse. Diego Lerman, el cineasta argentino de Tan de repente, La mirada invisible o Una especia de familia, se inclina por la última opción. El cineasta regresa con El suplente. Ofreciendo un retrato vibrante y honesto de la vida en una escuela secundaria en los suburbios de Buenos Aires. De entrada, queda claro que Lucio, nuestro protagonista, es un hombre en crisis. Lo vemos levantarse desnudo de la cama, contemplar la vasta Buenos Aires desde su ventana y tener problemas para mover su cuerpo hacia la ducha, preparándose para un nuevo día con poca motivación. Lucio es un escritor que no escribe, un hombre recién separado que sobrelleva como puede la frustración del final de su relación y que se esfuerza por criar a su hija, intentando que el drama de la separación de sus padres la afecte. tan poco como sea posible. En este contexto, no es de extrañar que necesite encontrar razones para continuar con su vida con renovadas ganas. Encuentra esta nueva motivación en un colegio de un barrio pobre donde empieza a enseñar literatura a un grupo de jóvenes. Lo curioso es que los problemas que se le plantean al protagonista no difieren mucho, a pesar de la distancia temporal y cultural, de los que afrontaron los docentes de propuestas similares, como la estadounidense Semilla de maldad de Richard Brooks, la británica Rebelión en las aulas de James Clavell, o las francesas Hoy empieza todo de Bertrand Tavernier o La clase de Laurent Cantet.

De corte neoclásico, el camino del héroe incluye la relación cercana con uno de los alumnos, quien a pesar de las dificultades del entorno demuestra tener potencial y humanidad, y el enfrentamiento indirecto con un narco de la zona cuyas aspiraciones políticas amenazan con destruir los cimientos de la pequeña comunidad. El guion de Lerman, María Meira y Luciana de Mello parece por momentos deslizarse hacia el terreno del voluntarismo, pero es lo suficientemente inteligente como para no caer en esa trampa, gracias a la circulación constante de subtramas y a la interacción de Lucio con los personajes secundarios: una hija en estado de rebeldía, un padre enfermo, una alumna con capacidades y disposición para los estudios terciarios frenada por las circunstancias. Esta apuesta funciona a partir de la sencillez bien entendida, desde su puesta en escena y esas localizaciones portuarias, suburbiales, grises, sucias; hasta su trama, dirigida con mimo y desarrollada con agilidad, oscilando entre el drama social y el thriller político. A través de este salvador improbable, Lerman reflexiona sobre la labor del maestro y el poder de la enseñanza, sobre las clases sociales y la posibilidad de trascenderlas, sobre los prejuicios, los valores y la esperanza. ¿Para qué sirve la literatura? Te puede ayudar a dormir, sí, pero, como el buen cine, y El suplente lo es, también desentraña la condición humana y hasta te puede cambiar la vida.

Los libros de historia están llenos de eso que se llama ‘grandes hombres’. Para ellos es la gloria de papel. Pero hay otros héroes y heroínas que no aparecen en ningún libro y que tienen igual importancia en nuestras vidas. Se trata de hombres y mujeres buenos. Personas que hacen lo correcto, aunque eso les cause incomodidades, pérdida de dinero o incluso peligros. Son la médica, el enfermero, la maestra, el tendero, la vecina que ayuda. Sus actos desinteresados son los que sostienen la sociedad. Es justo, al contrario: quizás no se vean, pero estamos rodeados de buena gente. Diego Lerman ha querido hacer una película sobre ellos. En su relato pueden detectarse dos principios éticos. El que remite a ese proverbio judío que dice que ‘quien salva a un hombre salva a la humanidad’. Un profesor tratará salvar a uno de sus alumnos de la violencia que los narcos ejercen sobre un barrio empobrecido (la película está ambientada en Dock Sud, en el área metropolitana de Buenos Aires). Nadie se salva solo es la divisa que enarbola su padre y que sostiene el andamiaje humanista de la película. El otro principio entronca con una de las más bellas reflexiones surgidas del genio heterodoxo de Simone Weil: unos pocos hombres buenos son suficientes para cambiar la sociedad y hacerla avanzar. «Hay ocasiones –escribió– en las que una fuerza casi infinitesimal es decisiva». Estas personas buenas y anónimas, estas «semillas imperceptibles», serían como la levadura, que con muy poca cantidad es capaz de hacer crecer el pan.

Todo esto lo disfraza Lerman, lo esconde; de otra manera no tendría el mismo valor. Paradójicamente, si su película destaca por algo es por eso, por intentar contar una historia trillada (un profesor novato se enfrenta a una clase hostil) con otro tono. Evita presentar a los alumnos conflictivos como malosos. No lo son. No responden al perfil de los típicos actores infantiles. ¿Enfría eso la narración? Probablemente sí, pero es una decisión estética consciente.

El elogio de la enseñanza se combina con un llamamiento a implicarse en los problemas de la sociedad. Lucio abandona su zona de confort y transita del individualismo a la conciencia común. Perder el concurso para ser titular de una cátedra en la universidad le parecía el fin del mundo. Es a partir de la relación con su padre cuando empieza a abrir el espectro y empieza a hacerse las preguntas esenciales: ¿Quién soy? ¿Para qué hago esto?

Lerman tuvo que documentarse en la realidad de los barrios marginales y el narcotráfico donde nunca dejó de encontrar una parte luminosa y solidaria dentro de un entorno peligroso en el que mueren jóvenes en tiroteos. El suplente, al fin, es un elogio de lo mejor de la docencia. Hay algo que tiene que ver con brindarse al otro y hay profesores que lo abordan de manera muy personal y conmovedora, encausan su vida al servicio de ese hecho.