El hombre que diseccionó el alma humana

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Juan Guillermo Ramírez

“No muestro la realidad, lo cual es imposible, sino que intento que la reconozcan”, Michael Haneke

El cineasta austríaco, uno de los realizadores más relevantes del cine europeo contemporáneo, nos invita con su cine, austero pero profundo, a explorar la condición humana y adentrarnos en la oscuridad de nuestra propia naturaleza. Quizá una de las curiosidades más interesantes del mundo del cine es el hecho de que cada realizador puede interpretar una misma historia de forma diferente. Cuando un director hace una película, además de estar plasmando una historia, está plasmando su propia forma de entender el mundo. Y en el momento en que esta forma de ver el mundo adquiere unas cotas de complejidad y profundidad nos encontramos ante este fenómeno en el que el mayor interés de una película no está en la historia que cuenta (que puede ser intrascendente) sino en cómo el director elige contárnosla. Al final lo más trascendente del film no es tanto el mundo que pone ante nuestros ojos como la forma en que el director nos lo muestra.

Este rasgo, que quizá sea uno de los aspectos definitorios de aquello que consideramos un ‘autor’, es uno de los que hace más cautivador el cine del director austríaco Michael Haneke. Nacido en 1942, y tras una juventud en la que experimentó tanto con varias disciplinas artísticas (música, actuación) como con la filosofía, la psicología o la literatura, lo cual le dotó de una profunda cultura, comenzó su andadura audiovisual en los años 70 cuando dirigió para la televisión pública austriaca modestas adaptaciones de obras literarias. También tendría la oportunidad de adaptar guiones originales, los cuales siempre reescribiría para mejorarlos o incluso de dirigir sus propios guiones. No sería hasta 1989 cuando llegara su gran oportunidad en el cine, a la tardía edad de 47 años, con la película El séptimo continente (1989). A partir de ahí su carrera sufriría un meteórico ascenso en los círculos del cine europeo que le haría asistente habitual de festivales como Venecia o Cannes, en donde ganaría en 2001 el premio del jurado por La pianista (2001) y ocho años después la Palma de Oro por La cinta blanca (2009), galardón que repetiría en 2012 con la apasionante Amor (2012). Si hay una cinta por la que es mundialmente conocido es por la controvertida obra Funny Games (1997) de la cual el propio realizador haría un remake homónimo en Estados Unidos en 2007.

El estilo de Haneke se caracteriza por planos largos y estáticos que le permiten jugar con la puesta en cámara. Al igual que el cine de otros directores de como Christian Petzold o Florian Henckel von Donnersmarck, su cine se caracteriza por su sobriedad, su frialdad y su desnudez. Películas rodadas en planos generales, estáticos y largos, que le dan a su obra una inquietante sensación de naturalidad y realismo, una estética seca y directa que escapa del manierismo visual. La cámara de Haneke emula la visión humana en tanto que se ve lo suficientemente limitada para que no podamos observar de forma directa los detalles que componen la escena, pero lo suficientemente clara para entender el conjunto de lo que está ocurriendo, invitando al espectador a rellenar los huecos con su propia interpretación. Esto es característico en su aclamada y odiada Funny Games, una película que narra las desventuras de una familia que es asaltada en su casa por dos jóvenes psicópatas que disfrutarán torturándoles. Estos momentos aparecen fuera de plano, sugeridos por el sonido o la reacción de otros personajes. Lejos de hacer decrecer la sensación de violencia, esta forma de rodar dichas escenas acentúa el efecto que tienen sobre el espectador. La naturalidad inherente a esta forma de rodar permite lograr una sensación de intimidad con los personajes. En lugar de ocultar los sentimientos de sus protagonistas detrás de un montaje frenético o una puesta en escena que distraiga al espectador, la crudeza con la que se nos pone en pantalla a la sexualmente reprimida Erika Kohut autolesionándose durante un acto masturbatorio en La pianista o a Georges cuidando de su mujer con Alzheimer en Amor dota a estos personajes de un realismo y una cercanía al espectador que hace imposible no empatizar con ellos.

Parece fácil confundir esta sobriedad visual con una forma de dirigir sobresimplificada o perezosa, pero nada más lejos de la realidad. En La cinta blanca, asistimos a un trabajo de composición y de puesta en cámara sublime, que a través de la posición de la cámara y de los actores logra transmitir por medio de información visual aquello que el director tiene en mente sin necesidad de recurrir a diálogos o minimizándolos lo más posible. Esta filosofía de dirección requiere de actuaciones sinceras y logradas, sus interpretaciones no pueden ocultarse detrás de artificios de dirección o de edición. Haneke consigue ambas cosas ya que por un lado, lejos de ser tediosos o estériles, sus en ocasiones largos planos estáticos, compuestos de tal manera que mantienen en todo momento el interés del espectador y transmiten exactamente lo que el director quiere que transmitan gracias al diálogo perfecto entre todos sus elementos (movimiento de los actores, escenario, posicionamiento de la cámara, uso del fuera de campo) mientras que, por el otro, su gran trabajo con los actores y su uso de intérpretes profundamente talentosos (Juliette Binoche, Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignat, Arno Frisch) dota a su cine de actuaciones sublimes. Un ejemplo es la escena del metro de Código Desconocido (2000) en la que se muestra a la protagonista de la película, Anne, siendo acosada por dos individuos en un vagón del transporte público de París. Gracias a la combinación de los elementos formales, la escena, un plano fijo de varios minutos en la que parte de la acción ocurre fuera de campo o lejos de la cámara para poder ser vista claramente, logra funcionar narrativamente dentro del contexto del guion, sino que representa visualmente la angustia y la tensión que vive el personaje.

Haneke explora de forma habitual en su obra la relación entre violencia y medios de comunicación. Es imprescindible para comprenderlo, entender el uso del estilo sobrio y distante, no es un fin en sí mismo, sino un medio. El director recurre a él para establecer una pared invisible entre espectador y personaje, ya que Haneke no ofrece una lectura emocional de sus personajes, sino que a través de su obra busca diseccionarlos psicológicamente. La cámara es un bisturí con el que separa las diferentes capas que conforman la mente de sus protagonistas, lo que puede llevar a que parezca frío y descarnado para el espectador. Esta filosofía, le da la libertad de tratar temas diversos con una profundidad y un buen criterio que sería impensable en otros directores. En las escenas más controvertidas, Haneke siempre escapa de afrontarlas desde el efectismo cinematográfico y en lugar de ello se adhiere a su estilo realista. Algunos ejemplos los podemos encontrarlos en El video de Benny (1992) y en La cinta blanca. En la primera, asistimos al sangriento asesinato de una adolescente por parte del joven protagonista, pero lejos de recrearse en el acto violento, dicho asesinato ocurre casi en su totalidad fuera de plano, mientras que el espectador lo percibe por el sonido y por lo poco que se ve en la pantalla de una cámara que está grabando el suceso. Además de jugar con los espectadores a través de la insinuación, permite crear una fascinante metáfora visual en la que el ver un acto violento a través de una pantalla de una cámara nos remite al propio tema de la película, la relación entre violencia y medios de comunicación. Incluso más acentuado es lo que nos encontramos en La cinta blanca, donde se nos muestra una escena en la que el respetado médico de un pueblo alemán de principios del siglo XX abusa sexualmente de su hija. La sobriedad con la que Haneke aborda en este caso la puesta en escena (vemos lo que ocurre desde el punto de vista del hermano pequeño de la chica, que se encuentra a su hermana sin ropa siendo tocada por su padre, en un único y tenso plano largo) no solo acentúa la sensación de inquietud y agobio, sino que sirve para acentuar el tema de la película, las consecuencias negativas de someter a la juventud a una forma de educación y de entender la autoridad tóxica y perniciosa.

Pero si hay una temática que distingue el cine de Haneke, es sin duda su obsesión por deconstruir la naturaleza humana. De esta forma, el director de cintas como Cache (2005) o Happy End (2017), entiende su cine como una herramienta para diseccionar las emociones y la idiosincrasia de sus personajes y explorar dichos aspectos de una forma analítica.

Si el cine de Haneke respondiera a una pregunta: ¿por qué los seres humanos hacen lo que hacen? Estamos ante un director que busca la respuesta profundizando en la psique humana y deconstruyendo las emociones y motivaciones de sus personajes hasta el extremo, en un obsesivo impulso por comprender la complejidad de la naturaleza humana. Lejos de juzgarlos, su cine escapa de simplificaciones y reduccionismos y en su lugar le da al espectador las piezas para interpretarlas a su propio modo. A pesar de ser un director de explosión tardía, Haneke se ha erigido como uno de los grandes referentes del cine europeo. Cada una de sus películas constituye una especie de experiencia metafísica de la cual no se puede salir indemne.

En este link encontrará 12 largometrajes de Haneke:

https://cinefiliamalversa.blogspot.com/search/?q=Michael+Haneke