Su territorio es la calle

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«Yo no cuento historias de marginales, cuento la historia de personas.
Nadie se pregunta por qué se hacen películas sobre la clase media.
Si nadie cuenta las historias que yo llevo al cine es porque hay una omisión deliberada», Israel Adrián Caetano

Juan Guillermo Ramírez

El director uruguayo, Israel Adrián Caetano filmó por primera vez en su Montevideo natal un western urbano que remite sobre todo a su clásico Un oso rojo (2002), Togo (2022). Hace poco más de una década, filmaba Francia, también con una niña en edad escolar como dueña del punto de vista. En 2017 fue el turno para El otro hermano, basada en la novela “Bajo ese sol tremendo”, de Carlos Busqued. Togo es, también, un western urbano y describe dos relaciones padre-hija (una real y otra sustituta).

El Togo es un cuidador de carros que maneja (y vive en) siempre la misma cuadra de Montevideo. Alguna vez fue un promisorio boxeador, un accidente automovilístico lo dejó cojo y -literalmente- en la calle. Su hija está internada en un refugio para adictos en recuperación. Togo es respetado por los vecinos y (sobre)vive de lo que los conductores le dan como propina por estacionarles, cuidarles y lavarles el auto. En medio de una rutina aparentemente sin grandes sorpresas, dos apariciones cambiarán su suerte para siempre: la de Mercedes, una adolescente de clase alta que mantiene una pésima relación con sus padres y frecuenta cada vez más seguido y por más tiempo a Togo, aprendiendo los pormenores del oficio; y la de unos narcotraficantes que venden drogas muy cerca de su territorio y quieren apropiarse también del que opera Togo.

Con su bastón como única arma (y los puños que parecen no haber perdido su fuerza), enfrentará los sucesivos ataques de los mafiosos. Un personaje duro, curtido y herido a la vez que parece un cruce entre Takeshi Kitano y Clint Eastwood, un auténtico (anti)héroe de western. Si la película transita sin particular sutileza y elige rumbos previsibles, Caetano y sus criaturas lo compensan con una puesta en escena tensa, potente y por momentos desgarradora, en la que afloran una sensibilidad en principio contenida, un lirismo ruidoso y ese amor por el cine (de género) que se percibe en cada uno de los planos de las películas de este realizador.

El problema de Togo con los jóvenes vendedores de droga pasa por mantener el control de la cuadra, pero también por mantener alejados a estos muchachos que trabajan para un narcotraficante, cargan armas y tienen modos mucho más violentos de manejarse en la calle. El otro eje de la trama, el drama humano, pasa por la relación que Togo establece con Mercedes, una joven que un día aparece en su zona tras una noche complicada. Ella está huyendo de su casa y quiere aprender de Togo el oficio. Y el hombre, pese a sus resistencias iniciales, termina adoptándola como una especie de hija, algo que cobrará peso cuando conozcamos las historias personales de cada uno, sus conflictos familiares, además de los errores y arrepentimientos del pasado de parte de Togo.

Togo vuelve a tener lugar en la geografía marginal sobre la que se mueve la mayoría de la obra de Caetano. Desde la seminal Pizza, Birra, Faso (1997, en codirección con Bruno Stagnaro), pasando por algunos de los trabajos ya mencionados, a los que se podrían sumar las películas Bolivia (1999) y la icónica serie Tumberos, el director uruguayo ha construido un imaginario ambientado en espacios propios de la clase obrera y el lumpen. Y siempre narrando con espíritu clásico y amor por los géneros populares. Como en su ópera prima, acá vuelve a elegir la calle como escenario. A pesar del escenario elegido, Caetano construye en torno al protagonista un universo de gran pureza, aunque no exento de dolor.

Caetano logra transmitir su amor por el relato clásico. La escena en la que Togo enfrenta a dos matoncitos que intentan usurparle su territorio está resuelta de forma brillante, colocando la cámara en los lugares justos, encuadrando solo aquello que es pertinente y montada con la precisión del mejor Caetano.

Instalado en su plácida jurisdicción callejera con un balde, con un bastón y con unas escasas pertenencias, Togo se dedica a las tareas rutinarias de cuidar y lavar autos y darle asistencia a algún que otro vecino. Siempre de lejos y en un plano estático, la cámara filma a los jóvenes narcos de la cuadra siguiente, representantes de un nuevo orden que viene a desestabilizar la paz conquistada por el noble y sedentario cuidador de carros. A pesar del tránsito que pasa y del murmullo nervioso de la ciudad, el filme se ampara en la aguerrida territorialidad del western, y el árbol de gigantes raíces bajo el que se guarece Togo.

Imperturbable en su sentido moral, el “naranjita” imparte lecciones con la templanza de un señor Miyagi: “La calle es peligrosa”, “por algo se empieza”, “la gente se muere” son las máximas secas pronunciadas por la voz de Togo, que parece iniciado en un lejano templo. Esa chispa cómplice es la clave de Togo, que fiel a la rúbrica de Caetano desliza una imperceptible dimensión fantástica en medio de la postal reconocible. Pasolini y Tarantino vibran en esta fábula de santidad social y justicia por mano propia, nunca más oportuna en los puñetazos diestros de quien se revela un boxeador retirado. Caetano presenta un filme estilizado que encuentra en el cine una realidad más cruda y potente que la cotidiana, y en Togo, un héroe desheredado con una dignidad a toda prueba.

Togo es toda una aproximación a lo que es la realidad de las calles que, si bien dramatizada, tiene toda la intención de realismo, pero sin el toque “documental”, y es que no es que se aproxime al documental en cuanto a la forma, es que la intención de Caetano, es contarnos cómo se vive en la calle por medio de este hombre y su realidad. Togo, no sólo pone en el tapete romper con los prejuicios sociales y la estigmatización, sino que es una película que habla de la amistad que nace entre dos mundos sociales contrapuestos y que gestan un vínculo de protección y contención mutua.