Pantalla blanca para serie negra

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«No viviré mucho tiempo, me doy cuenta, siempre, siempre he contado con ello; pero si mi vida es corta, será tanto más intensamente vivida», Soren Kierkegaard

Juan Guillermo Ramírez

Mientras que el cine celebraba su primer centenario, hace algunos años, la serie negra festejaba modestamente, sus primeros cincuenta. Conjunción de historias entremezcladas que ha nutrido un género. La coincidencia del centenario del cine y de los cincuenta de la serie negra no fue algo fortuito. Al contrario, parece ser la obra de una malvada bruja o pitonisa que ha puesto orden en este mundo. Todos aquellos que han descubierto al mismo tiempo las novelas de serie negra y el cine negro estadounidense se han dado cuenta que estos dos eventos de la cultura –ahora mayores- estaban forzosamente unidos por una fantasmagoría temporal.

Hoy, se sabe que la serie negra es dos veces más joven que el cine y los cincuenta años que los separan nos permiten afirmar que el año de gracia pasará a la posteridad; que el celuloide y el papel pueden un día transformarse en oro. Les faltaba simplemente algunos siglos y la intuición de que el placer podía ser el ingrediente indispensable de esta transmutación, el formidable catalizador que haría que cinco años antes del alba del segundo milenio, posibilitaran el surgimiento de un metal, producto de estos dos elementos.

No pensamos que el placer durará siempre. El placer del recuerdo de este reencuentro de las dos artes, nos ha hecho descubrir el mundo bajo sus aspectos más secretos, violentos, políticos, oscuros, negros y justos. La interacción de estos dos tipos de narración permitió el nacimiento de una pareja estable y feliz; y que, si el cine le debe mucho a la literatura negra, los novelistas policíacos tampoco deben sentirse alejados de esta influencia que es recíproca.

John Huston sabía reconocer un genio cuando lo leía. Para comenzar, la película fue inspirada en esta ya clásica novela. El director estadounidense se contenta con firmar las líneas de Burnett. Novelas y películas de serie B han seguido durante más de 50 años una ruta en el reconocimiento universal. Raymond Chandler se convierte así en un postulado referencial ubicado en la pléyade y se le redescubre en películas como esa admirable Gun Crazy, pasando del olvido a la posteridad, mientras que un buen número de obras reputadas como capitales, hacen tristemente el recorrido inverso.

A la sombra de los asesinos en serie

Según la traducción literal, serial killer es aquél que asesina en serie. Y más allá de las víctimas, todo criminal toma el camino de un serial killer como una serie matemática, por eso se les llamaba originariamente asesinos secuenciales. Esta definición elemental se adecúa para circunscribir el conjunto gigantesco de películas en cuyo punto de mira, latente o manifiesto está en función del personaje de asesino en serie. Si la expresión misma aparece recientemente, lo que la ha cualificado será la noche blanca de los tiempos más antiguos. Los Gilles de Rais, los Lacenaire, Landru, Jack el destripador, Dr. Holmes, y otro vampiro de Dusseldorf: todos han alimentado, por la vía de la tradición oral y popular, una literatura de cuentos, de novela negra y de novela policíaca. Y todos fueron el objeto de transposiciones al cine, con una fortuna inigualable según fueron sus intentos, como el de un Marcel Carné o de un Claude Chabrol, de un Francis Girod o de un Charles Chaplin. Y todas, figuras monstruosas e históricas, conformaron los ancestros del asesino en serie moderno. Encontrar en el serial killer un modelo de conducta criminal como síntesis mitológica de casos de figuras reales, ese sería el famoso Barba Azul.

Francamente fastidioso sería el proceder a una enumeración de todo lo que ha sido registrado en cine sobre el serial killer, de revelar la infinidad de personajes que han nutrido, diversamente según la importancia acordada –de un simple pretexto complaciente a un real cuestionamiento moral-, estas historias sanguinarias de asesinos sicóticos, o de censar las diferentes perversiones. Si el síndrome del asesino en serie es ya una vieja historia, en la sociedad, en la literatura e igualmente en el cine, es una tendencia que toma en la actualidad sagradas proporciones. Básicamente en los Estados Unidos, en los años 70, el 70% de los crímenes en serie fueron cometidos siguiendo la misma huella, el mismo patrón.

The Lodger (1926) de A. Hitchcock y M, el maldito (1931) de F. Lang. La primera no es tan conocida como la segunda, lo que explica que se cite más a menudo a M como el primer y válido serial killer de la historia del cine. Y es un error. El mismo Hitchcock en sus conversaciones con F. Truffaut decía:

The Lodger fue el primer auténtico “Hitchcock picture”. Vi una obra de teatro titulada “Quién es”, basada en la novela de Mrs. Belloc Lowndes. La acción transcurría en una casa de habitaciones amobladas y la propietaria de la casa se preguntaba si el nuevo inquilino era un asesino conocido por el nombre de Avenger, o no. Una especie de Jack el Destripador. Lo traté de manera muy simple, siempre desde el punto de vista de la mujer, la propietaria. Después han hecho dos o tres remakes demasiado laboriosos. El actor principal, Ivor Novello, era una estrella del teatro en Inglaterra; tenía un gran cartel en aquel momento. Este es uno de los problemas al que tenemos que enfrentarnos con el sistema de estrellas: a manudo, la historia queda comprometida porque la estrella no puede ser el malo. En una historia de este tipo me habría gustado que desapareciera en la noche y que no llegáramos a saberlo nunca. Pero no se puede hacer esto con un protagonista interpretado por una estrella. Hay que decir: es inocente (Truffaut, 1994: 38).

Hitchcock se inspira en el misterio de Jack, mientras que Lang mezcla diferentes figuras contemporáneas de criminales, como el vampiro. Cuando se ven El silencio de los inocentes, Miseria o Doble indemnización, después de 70 años, conservan un aire de familia y las mismas huellas un poco degeneradas.

Bibliografía:

KIERKEGAARD, Soren. (ed.) (1979): Cartas de Noviazgo. Buenos Aires: Silgo XX.

TRUFFAUT, Francois. (ed.) (1994): El cine según Hitchcock. Argentina: Alianza bolsillo.