El amor entre el animismo y las digresiones

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Juan Guillermo Ramírez

Cuán difícil resulta que emerjan nuevas y poderosas voces en un entorno cinematográfico poblado de vacas sagradas, cineastas consagrados o realizadores avalados de éxito o prestigio gracias a su aún breve pero fructífera filmografía. Incluso cuando hablamos de debutantes, o propuestas de geografías ignotas, estas sorpresas también son relativas, bien por las corrientes estilísticas de las que beben o por las inquietudes de los productores implicados en su realización.

Aleksandre Koberidze nacido en 1984 en Tbilisi, Georgia, donde estudió economía y producción de cine antes de irse a Berlín para estudiar dirección en la Academia Alemana de Cine y Televisión (DFFB), es el realizador de esa maravillosa pregunta ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? (2021). Una joven pareja decide darse cita en un bar tras coincidir diversas veces por la calle. Pero, como en un cuento de hadas, el día del encuentro ambos han trasmutado su apariencia y son incapaces de reconocerse. Alexandre Koberidze nos explica una historia de amor como nunca la habíamos visto. Dos jóvenes tratan de reencontrarse. Tras la salida alegre y ruidosa del alumnado de un colegio, se produce un encuentro casual entre dos jóvenes que tropiezan cayendo un libro al suelo. En el inicio hay un embrujo, que impide que un hombre y una mujer, Giorgi y Lisa, se encuentren y se amen como suponían que iba a suceder, pero la película transcurre en pleno siglo XXI, y como dice alguien hoy los hechizos están fuera de moda. Esa maldición es apenas una excusa, un punto de partida para que la película se permita discurrir serenamente, sin apuros ni certezas, sobre temas clásicos, eternos, como son el amor, el azar, el destino y la voluntad.

La construcción de ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es particularmente sorprendente porque lo que en un comienzo está planteado como una fábula no tiene sin embargo un desarrollo lineal ni mucho menos una moraleja. La película se entronca en la tradición insumisa del cine de su país, al menos en la de los dos grandes realizadores reconocidos fuera de sus fronteras, Otar Iosseliani y Sergei Parajanov. Como en el cine de Iosseliani, Koberidze abraza el lado luminoso de la vida. Su película es pura celebración: del ocio, el sol, los encuentros alrededor de una mesa y la amistad, a los que aquí hay que agregar el fútbol en general y la selección argentina y Lionel Messi en particular. La secuencia en la que se ve a un grupo de chicos y chicas jugando al fútbol en un potrero es un prodigio, de una felicidad contagiosa. Y de Parajanov, Koberidze parece haber heredado no sólo la noción de fábula sino su espíritu lírico, una poética cinematográfica en las antípodas de la teoría del discurso central y que privilegia el animismo y las digresiones. En este sentido, los abundantes planos-detalle de ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, que alternan de modo armónico con sus planos generales, no responden al universo cinematográfico católico-determinista de Robert Bresson como a la potencia identitaria que puede tener para un georgiano el plano de una granada recién cortada del árbol.

Si de identidades se trata, la antigua ciudad de Kutaisi, donde transcurre íntegramente la película, con sus parques, su río caudaloso y sus puentes tendidos como brazos abiertos, es esencial a la película, porque la ciudad misma y sus habitantes –niñas y niños, jóvenes, ancianos- son sus verdaderos protagonistas. En ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? la idea de comunidad impregna la película toda, al punto de que logra el raro prodigio de que el espectador aprenda a habitar esa realidad que a priori le es ajena, no sólo geográficamente sino también en términos poéticos.

En todo caso, lo que distingue a Koberidze como cineasta es su sensibilidad a flor de piel para descubrir la belleza y la armonía del mundo. Como él mismo dice cuando su voz en off se encarga de la narración: “Ciertamente, no estaría mal hacer una breve mención a que los tiempos en que transcurre esta historia son brutales e impiadosos y que en el futuro serán recordados como los más terribles que nos haya tocado vivir”. Pero como las chicas y chicos que pueblan su película, Koberidze –y su hermano Giorgi, responsable del sonido y de la música, cruciales en la propuesta estética del film– consigue ver, y hacernos ver, todo aquello que hay de extraordinario más allá de la superficie cotidiana de la realidad.

¿Qué vemos cuando miramos al cielo? se recrea siguiendo la vida cotidiana de sus habitantes. Encuadres diferentes, planos a ras de suelo y de cabezas de espalda. Como espectadores nos dejamos llevar por su visión personal allá donde el director desee llevarnos. En este largometraje la historia visual es más importante que el argumento. Podrá o no gustar, pero es el lenguaje peculiar del director puesto al servicio de su fantasía y sensibilidad. En ocasiones utiliza planos largos y sin diálogos a los que acompaña una peculiar banda sonora minimalista. Por momentos parece que el director trata de hacernos olvidar la pareja protagonista del comienzo. Pueden parecer desconcertantes sus cambios de ritmo y orientación de la trama argumental. No dejan indiferentes produciendo en el espectador admiración o rechazo.

Es una película que se deleita en la fuga, que se agranda en las derivas. Una narración de ramificaciones y círculos permanentes, dónde a su vez la cámara nunca se decanta por una única vía de acción. Ora una panorámica lateral, ora un plano detalle, ora un zoom, ora un ralentí…Bien conjugando vías narrativas a través del montaje, bien aunando espacios en un mismo plano. La combinación de heterodoxos tamaños de plano (conversaciones entre enamorados encuadradas en gran plano general o desde una larga distancia) y un cuidado diseño sonoro (el tráfico o los sonidos de la naturaleza, así como la permanente narración en off, opacan a veces los diálogos de los personajes) contribuyen a que el aparato formal siempre fascine, elevando sobremanera la narración y apuntalando un tono lírico y sentido. Su estilo parece realista, pero acaba captando un universo en principio, a veces, muy absurdo, pero también de una simplicidad conmovedora.

Koberidze no pretende contar una historia, ni tampoco hacer un “documental de creación”, aunque a veces lo parezca, sino más bien todo ello y mucho más, entre otras cosas demostrar la capacidad del relato para multiplicarse a sí mismo, para adoptar distintas formas y disfraces, para suplantar a lo real y mejorarlo: ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es una película sobre el inagotable poder del cine como arte autónomo y libérrimo, que nunca sirve para nada y no tiene que dar explicación alguna sobre esa inutilidad, como demuestra la subtrama metafílmica que acaba actuando como inesperado deus ex machina.

Todo transcurre en Kutaisi, en Georgia, y todo lo que ocurre se desarrolla entre los muros de esa pequeña ciudad. Para definir aún mejor ese universo cerrado sobre sí mismo, Koberidze recurre a planos fijos, de hermosa transparencia, que evidencian un gusto por el encuadre, jamás académico o previsible. Todo desemboca en el esbozo de un universo quizá forzadamente ingenuo, donde lo que se gana en pureza e inocencia se pierde en intensidad y en la delimitación de un territorio. Alexandre Koberidze hace un cine intimista y sensible, muy visual y sonoro, delicado y muy personal, donde homenajea al oficio de cineasta. Este encendido elogio del arte de la fabulación se convierte en un icono de estos tiempos post-pandémicos: solo rebuscando en la memoria para seguir creando ficciones propias e intransferibles será posible transformar la realidad, por lo que ¿Qué hacemos cuando miramos al cielo? podría definirse como un film vocacionalmente revolucionario en la acepción más estricta de la palabra.

Para que no dejen de verla:

https://cinefiliamalversa.blogspot.com/2021/11/ras-vkhedavt-rodesac-cas-vukurebt-que.html