Sin ambages

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Jaime Cedano Roldán
@Cedano85

El presidente Gustavo Petro es muy categórico en las afirmaciones que realiza en los diferentes eventos nacionales e internacionales en los que activamente participa, en las que llama “al pan, pan y al vino, vino”. Lo fue al señalar como una peligrosa tendencia paramilitar los graves hechos de Tierralta, Córdoba, donde militares disfrazados de guerrilleros violentaron a la población, niños incluidos, y que valerosamente fueron rechazados por la comunidad encabezada por una valiente madre con su pequeño hijo en brazos.

También fue categórico el presidente Petro cuando en el acto de reconocimiento del movimiento sindical como víctima colectiva del conflicto armado, y por lo tanto población objeto de reparación, señaló que, desde los tiempos de la masacre de las bananeras en 1928 hasta nuestros días, el asesinato y exterminio del movimiento sindical se hace con el ánimo de ganancia. Matan por la ganancia, dijo.

Algunos sectores de las derechas políticas y mediáticas, que son una misma cosa, dicen que estas afirmaciones son muy polarizadoras, que son expresiones de un activista y no de un mandatario, y que no ayudan a construir un acuerdo nacional. Nada raro estas expresiones. Desde la reunión de Sitges y Benidorm en 1956 donde se pactó el Frente Nacional, la oligarquía colombiana estableció que los grandes acuerdos nacionales son para repartirse el poder entre las élites, para cubrir de olvido e impunidad los crímenes cometidos, silenciar a las víctimas y que el país nacional siga igual o peor.

El presidente Gustavo Petro lo que hace es señalar sin cortinas de humo la realidad que ha vivido y vive Colombia. Una realidad que se quiere transformar para que el país deje de ser el mayor moridero del mundo para transitar a ser de verdad una potencia mundial de la vida, requisito sin el cual será absolutamente imposible poder ser “el país de la belleza”. Son dos conceptos estrecha y directamente relacionados. Durante muchos años hemos promocionado ante el mundo la exuberante belleza de nuestros paisajes, la diversidad maravillosa de nuestra gastronomía, de las músicas, las artes y los saberes, tratando de ocultar los ríos de sangre y de dolor escondidos entre el follaje. Y el acuerdo nacional no podría ser para que las cosas sigan igual.

Las contundentes afirmaciones presidenciales en respaldo y reconocimiento a las víctimas del movimiento sindical contrastan con las claras intenciones de la extrema derecha de revictimizar y criminalizar a las víctimas, como en forma absurdamente demencial pretendieron hacer con Aida Avella, presidenta de la Unión Patriótica, senadora del Pacto Histórico y sobreviviente del más grande genocidio político que se ha vivido en América latina. Acusaciones tan absurdas que se caen con su propio peso, aunque no por ello no deben de dejar de ser condenadas sin ambages ni titubeos.

La propuesta de un gran acuerdo nacional para avanzar en las reformas y para enfrentar los grandes problemas nacionales requiere diplomacia, respeto a las divergencias, diálogos constructivos y evitar calenturientas polarizaciones, pero también llamando a las cosas por su nombre, incluyendo el posicionamiento de Colombia en temas como los bloqueos y las sanciones económicas que arbitrariamente lidera Estados Unidos contra diversos países, Cuba y Venezuela entre ellos, o el silencio y la impunidad que rodean la intervención y ocupación de Israel en contra de Palestina.

Ser gobierno no es renunciar a la coherencia. Todo lo contrario.