¿Para qué quiero vivir?

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Manuel Antonio Velandia Mora

La respuesta más común sería para ser feliz. La respuesta me parece algo tonta pero que tiene que ver con el hecho de que más que vivir la cotidianidad vivimos en función del futuro, pero el futuro ya mismo, en el siguiente segundo. Sólo es posible hacerlo de dos maneras: Lo haces ya o lo dejas para después; mejor dicho… no lo haces nunca.

Casi siempre pensamos que lo que hemos dejado de hacer, será posible en otra oportunidad. Pero no, ¡Qué va! No sabemos si el mañana llegue, o lo que es aún más cierto, ya mañana será otro día y nosotros/æs seremos otros/æs. Resolver cualquier situación en nuestra vida únicamente es posible en el aquí y en el ahora. Mañana las condiciones y posibilidades serán otras, y es factible que, incluso, éstas sean mejores.

Me pregunto: ¿Vale la pena permitirnos esperar en la toma de una decisión, cuando nuestra vida depende de ella y cada segundo que vivimos es único e irrepetible? Antes de responder a la anterior pregunta se hace necesario preguntarse ¿Quiero vivir o no? De la respuesta a estas preguntas surge la necesidad de leer o no el texto que se presenta a continuación.

Se nos ha hablado permanentemente de la reproducción humana, pienso que debería hablarse de la diversificación humana. Gracias a la vida no somos los clones de nuestros padres y madres, aun cuando ellos/æsquisieran que fuésemos su fiel copia, o por lo menos, una algo mejorada. Porque somos únicos/æs no podemos actuar, pensar, sentir, gozar y vivir la vida como ellos/æs desean, sino como nosotros/æs mismos/æs queramos. Este compromiso nos conduce a tomar nuestras propias decisiones, en función nuestra y no en función de quienes creen tener derecho sobre nuestra vida, porque es nuestra vida la que está en juego y no la de los/æs seres que amamos. Nadie puede sentir el dolor, la tristeza, las dudas o la ira que yo siento, porque nadie ha vivido mi historia como yo la he vivido, ha experienciado mis alegrías y tristezas, mis triunfos y sinsabores, o se emocionado como yo con mis aciertos y temores.

Además de mi unicidad estoy siendo irrepetible; incluso, yo mismo puedo repetir a mis propias acciones. Es más, no puedo repetirme a mí mismo/æ. No puedo acariciar, o follar con alguien como lo hice ayer, porque hoy mi historia es otra y la pareja sexual tiene otras necesidades, su piel es distinta, se ha exfoliado y ahora es diferente. Ya han pasado muchas situaciones nuevas en mi vida, que ayer no habían sido posibles. Igual le sucede a la pareja. Ese estar siendo permanentemente cambiante, siempre nuevo/æ, me lleva a considerar la posibilidad de crearme la mejor historia para los próximos minutos, horas, días, años y décadas por vivir. El futuro se está iniciando ahora mismo, entonces ¿Por qué no construirlo de la mejor manera posible?

A veces pensamos que un problema va a durar toda la vida, pero nunca ha sido así, es posible que la situación haya cambiado o ya no la veamos como tal. Con frecuencia, sentimos que nos hemos quedado estancados/æs, petrificados/æs; como si quisiéramos movernos y no pudiéramos. Pero de alguna manera, logramos tomar impulso y después vivimos mejor que nunca.

Asumirnos en permanente evolución, tomar conciencia de que somos evolutivos/æs, nos permite también entender que con cada cambio que experienciamos se modifican también las circunstancias. Todo es susceptible de cambiar, y cambia. Nada permanece estático. La salud, por ejemplo, puede mejorar o empeorar y eso también depende, en buen grado, de uno/æ mismo/æ.

Darnos cuenta de nosotros/æs mismos/æs y del control que podemos ejercer sobre nuestra vida es, probablemente, el descubrimiento más grande. Otros pensarán que esto es una tontería, pero en descubrirse único/a, unique, irrepetible, trascendente, evolutivo/æ precisamente está el meollo del asunto.

Yo, por ejemplo, empecé dándome cuenta que existo. Bueno, y esto lo sabía desde antes, al igual que usted también lo sabe sobre sí mismo/æ. Quiero decir, me di cuenta que mi existencia es mía, que es importante y que soy yo quien decide vivirla o no. Para poder tomar las riendas de mi vida tuve que darme cuenta de que quería vivirla… ¿Sabe usted si quiere vivir la suya?

En algunas oportunidades no tomé conciencia de que era persona, que todo lo que salía de mí era lo que los/æsotros/æs captaban que yo era. Entonces, descubrí que podía ser mejor persona, ¡no por ellos/æs, sino por mí! Como usted puede serlo para usted mismo/æ. Porque la mejor manera de estar bien con los demás es estarlo consigo mismo/æ. Pensamos que la trascendencia es algo que tiene que ver con Dios, pero debemos darnos cuenta de que tiene que ver con cada uno. Somos seres trascendentes porque todo lo que hacemos nos afecta inicialmente a nosotros/æs y como resultado afecta y trasciende hacia los/æs demás.

Sabemos que no somos los/æs demás, que no somos el otro, la otra, o le otre que no podemos vivir como ellos/æs ni para ellos/æs, que vivimos para nosotros/æs mismos/æs. Aun conociéndolo, siempre nos dejamos influenciar por sus opiniones y deseos. Actuamos más para satisfacer a los/æs demás que para ser plenos con nosotros/æs mismos/æs.

Cuando tomé conciencia de mí, también me di cuenta de que Yo soy el eje de mi existencia como también tú eres tú propio eje. ¡Tú eres tú y no debes ser aquello que otros deciden que tú seas!

Muchas veces, imaginamos y creemos saber qué es lo que los/æs otros/æs estarán pensando con respecto a nosotros/æs; es probable que usted haga lo mismo. Basados en estos supuestos nos adentramos en discusiones que no tienen sentido o entramos en crisis por el valor que le damos a lo que suponemos están pensando.

Nos sorprendemos al descubrir que nuestros propios temores acerca de nosotros/æs mismos/æs se reflejan en lo que ponemos en boca de los demás. Darnos cuenta de los límites existentes entre ellos/æs y uno/æ mismo/æ nos permite entender que todo lo que pasa en nuestras vidas es posible si cada uno/æ lo permite. Este aprendizaje nos apoya en el darnos cuenta de que no podemos ni siquiera saber qué piensan los demás acerca de nosotros/æs, si ellos/æs deciden no decirlo.

La vida pasa y pasa y sigue pasando, pero solo yo mismo/æ puede lograr que su vida le sea significativa. Por ello, creo que si hay algo que yo quisiera compartir acerca de cuál es el mayor éxito de mi vida, sin pensarlo dos veces, le diría: ¡DARME CUENTA DE MÍ MISMO!!!

Este escrito es el resultado del diálogo con muchos hombres y mujeres, de quienes aprendí -y sigo aprendiendo- elementos muy importantes para mi vida, para la vida y de cómo ellos/æs se apoyaron para darse cuenta de sí mismos/æs. Sé que su vida es suya; que nadie mejor que usted decide como vivirla. Deseo contarle lo que aprendí de las personas que amo y que estuvieron siendo felices aún en los últimos momentos de su existencia. También lo que he aprendido, y sigo aprendiendo, de muchos y muchas que, gracias a los medicamentos inhibidores usados para el tratamiento del sida, han logrado un altísimo bienestar y calidad de vida que antes de decidir usarlos creyeron inalcanzables.

No tengo el VIH ni el sida, es verdad, pero hace muchos años descubrí que existen hombres y mujeres que aprendieron a vivir tan bien con la infección, como nunca habían vivido antes. Entendí que la vida es una sola y que, a pesar del sida, debe vivirse bien. A partir de ese descubrimiento decidí vivir como si tuviera sida. Por eso, no he tenido miedo de compartir con miles de hombres y mujeres afectados directa o indirectamente por esta situación, hasta me permití tener la felicidad y la alegría de ser pareja de una persona con esta condición, porque sé que el sida, o el vivir con el virus que lo causa, no te hace distinto/æ. Es usted quien decide asumirse diferente.