No pudieron asesinar mis ilusiones

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Manuel Antonio Velandia Mora

Hoy, hace quince años, 16/01/07, estaba muy triste. Ese día viajé a mi exilio español. Hice y deshice la maleta una y otra vez. Era muy acojonante despedirse de las personas amadas sabiendo que el retorno no hacía parte de los planes.

Mi familia no sabía las razones reales por las que partía; salir en secreto significaba menos riesgo para nuestras vidas, pues a ellos los habían incluido en las amenazas de muerte. Estaba apesadumbrado por no poder despedirme de todoæs loæs amiguoæs, muy doloroso acabar una relación amorosa de un momento a otro; preocupante pensar en un futuro incierto.

Lloré una y otra vez, fue en silencio y en la soledad. Ya había donado algunos de mil libros y equipos al Centro de Atención Integral a la Diversidad Sexual (CAIDS Chapinero). Las pertenencias se redujeron a lo que cupo en dos maletas.

Este fue mi primer selfi. Lo hice al segundo día de estar en San Sebastián, en el País Vasco; la primera ciudad que me acogió en España. En mis ojos se nota el llanto, aun cuando intenté sonreír.

Tres años después me concedieron el estatus de refugiado, posteriormente fui la primera víctima homosexual reconocida por la Unidad de víctimas en Colombia.

Gran parte de mi tiempo lo pasé estudiando, fueron cinco másteres todos con notas sobresalientes, dos doctorados Cum laude por unanimidad y uno de ellos con premio extraordinario de doctorado.

El dolor del exilio. Autoretrato de MVelandiaM

Me enfoqué en el ARTivismo y le di fuerza a mi carrera como creador artístico. Tuve tres hermosas parejas…

Algunos lo llaman resiliencia, yo simplemente me enfoqué en ser feliz, de otra manera los paramilitares habrían ganado, ni siquiera pudieron asesinar mis ilusiones.

La partida

Tan solo he podido dormir algo menos de una hora. He tratado de no hacer ruido para no despertar a Ricardo, mi ex-mi-amor. Las maletas ya están listas en la puerta y yo hago tiempo preparándome el desayuno, ya sé que es demasiado temprano para hacerlo, pero necesito estar ocupado.

Creo que Molanito tampoco pudo dormir mucho…  Así que preparo desayuno también para él. Ha bajado a la cocina, se sienta a la mesa. No hablamos mucho. Cuando estamos terminando se oye el timbre de la puerta, es Giovanni, mi sobrino, que viene a buscarme. Miro la hora y me doy cuenta que el tiempo ha pasado de prisa.

Ricardo está en la puerta y las dos gatas, como si supieran que yo me marcho, han salido a despedirse. Como siempre Botas sale corriendo y se para en el podio de la ventana de la segunda planta a mirar hacia afuera. Mientras Gio sube las maletas, Ricardo y yo nos damos un fuerte y largo abrazo. Ambos lloramos… Yo me subo en el auto y no quiero mirar hacia atrás… Lloro una buena parte del trayecto hacia el aeropuerto.

Mi sobrino me acompaña y ayuda con una maleta. Soy la primera persona que llega al mostrador de la línea aérea, así que ni siquiera debo hacer fila. La azafata que me atiende me mira extrañada… Las maletas son realmente grandes. Son 216 dólares lo que debo pagar por el exceso de equipaje.

Unos minutos después de entregar el equipaje llega Luisa, mi hermana. Hablamos un poco mientras vienen Crisanto, mi hermano, y Stellita, su esposa. Ella debe entregarme las llaves del apartamento a donde llegaré en San Sebastián. Me da todas las indicaciones pertinentes para ingresar al apartamento, abrir el sistema de calefacción del agua y cuál será mi habitación. Me informa que en la nevera hay algunas cosas que puedo usar. Ellos han regresado hace poco de España.

Se me viene a la mente la idea de que debo decirles que voy al exilio, pero me contengo, prefiero afirmarme en la idea de que voy a estudiar.

Aún no están abiertos todos los restaurantes del aeropuerto, así que nos vamos a uno que ofrece servicios a los empleados. Los aviones se ven demasiado cerca. Vuelvo a tomar café y hablamos de temas anodinos. Nos hemos desentendido del tiempo y cuando nos damos cuenta de la hora que es, debo salir corriendo. Creo que ha sido mejor, así nos hemos ahorrado los discursos largos y las nostalgias brotando de nuestros ojos.

Solo llevo conmigo una pequeña mochila con algunos elementos de limpieza oral, un libro que no he terminado de leer y la cámara fotográfica. Paso rápidamente el control y me dirijo a la sala de espera.

Me siento y entrecierro los ojos, pienso en que no tengo ninguna imagen del lugar a dónde voy a llegar; lo único que tengo claro es que va a ser algo de frío, tampoco sé a qué hora llegaré a San Sebastián; no se me ocurrió comprar un tiquete hasta allí si no que compré uno a Madrid con una escala en los Estados Unidos, tengo dudas si es en Miami o en Nueva York. Pienso preguntarlo a la azafata, pero lo olvido. No sabía cuándo partiría, eso dependía de cuando me dieran la visa. Debí preocuparme únicamente de que el viaje fuera a España, sin importar la ciudad destino. Lo importante era salir inmediatamente.

Me ubico en la silla junto a la ventanilla, es algo que siempre quiero hacer. Sigo el rito tradicional: me quito la chaqueta, la doblo y la guardo en el portaequipaje. Saco el libro y lo pongo en el bolsillo tras la espalda de la silla delantera, observo si tengo a mano el resaltador con el que marco pedazos de texto y el lápiz o esfero con el que hago notas en el margen limpio del texto que leo. Preparo la cámara fotográfica, siempre tengo la idea de que el avión puede caer y yo haré algunas fotos después de que esto suceda, así quedará algún registro para la memoria. En caso de que sobreviva ayudaré a algunas personas (siempre quedo vivo e ileso) y luego haré fotografías. Como le tengo vértigo a las alturas no miro hacia abajo sino a la línea del horizonte. Hay un bonito día.

Pronto me quedo dormido y ni siquiera ha salido el vuelo. Escucho a la azafata que ofrece opciones para el desayuno al compañero de silla. Desayuno una vez más y nuevamente me quedo dormido.

Despierto cuando el avión está carreteando. Me entero de que la escala ha sido e Miami. Anuncian que se deben reclamar las maletas y dejarlas en un lugar del que no tomo nota. Tendré algo más de tres horas antes de partir a Madrid. Como tengo visa americana puedo pasear un poco antes de la salida del vuelo. Camino por el aeropuerto, recojo la maleta y averiguo el lugar en que debo dejarlas, las llevo allí y voy hacia la zona de restaurantes… comeré algo; más que hambre me atacaba la ansiedad.

Subo al avión y repito el rito de siempre. No recuerdo cuánto dura el vuelo, siempre olvido estos datos… pienso que serán casi 10 horas. En el avión nos dan almuerzo y luego me dirijo a la zona de azafatas, tomo dos copas de Cointreau, lo aprendí a tomar con mi primer novio que es francés; permanezco de pie por un buen tiempo. Observo a una mujer que ha salido del baño y ha dejado un pedazo de su falda entre su ropa interior. Todos la miran… una azafata pasa corriendo junto a mí, le informa a la mujer lo que sucede. La chica se sienta rápidamente, se oye un pequeño murmullo. Siento vergüenza ajena. Voy a mi asiento y pronto quedo dormido. Me despierto, me pongo de pie y busco un café. Lo tomo de pie y regreso a mi sitio… miro por la ventana, pero no oriento mi vista a nada en concreto.

Anuncian la llegada del vuelo a Madrid, yo pongo nuevamente mis cosas en la mochila. Hago la inmigración rápidamente. Voy por mi maleta; pasan y pasan equipajes frente a mis ojos, el mío no llega. Espero casi una hora hasta que logro encontrar el sitio en el que puedo averiguar. Me informan que no ha llegado, debo rellenar un formato y me piden que de una dirección de a donde lo pueden enviar. Llamo a la compañía de seguros y me dicen que es necesario hacer una reclamación, que tengo derecho a comprar cosas básicas de vestido y aseo.

Para viajar desde Madrid a San Sebastián debo hacerlo por la compañía ALSA, en autobús. El bus parte de Madrid desde el Intercambiador Avenida de América. Debo ir hacia allí en Metro.

Son casi siete horas de viaje desde que salgo del aeropuerto hasta llegar a la estación en Donostia, así me entero de que la ciudad tiene un nombre diferente en Eusquera. Al llegar está nevando, son casi las once de la noche, no llevo ropa de invierno y gracias a la vida no llevo maletas; ya había descubierto en Miami lo incómodo y difícil que fue cargar con las dos al mismo tiempo así las dos puedan rodar con algo de facilidad.

Tengo un pequeño mapa trazado a mano por el que me guío para llegar al apartamento; voy a pie. Hay un pequeño error de interpretación y termino en otra calle. No siento el frío. No hay gente en la calle y decido devolverme a ver si encuentro a alguien. Encuentro un hombre quien me informa que la calle es otra.

Llego al apartamento, subo al piso y pienso que necesito bañarme. No tengo sueño a pesar de no haber dormido en el bus… me baño y me pongo a leer algo que encuentro en la biblioteca de Orcasitas, el dueño de casa y quien posteriormente me ofrecerá ser mi director de tesis doctoral.

Ha sido uno y medio días de viaje, estoy cansado; no he asimilado plenamente que estoy en otra ciudad, en otro país. Decido irme a la cama, ya es el amanecer del miércoles 17 de enero de 2007.

El cambio de horario tiene despistados mis ritmos mentales y corporales, son siete horas de diferencia; son casi las doce y treinta y decido irme a la cama.

Es terrible despertarse en una pesadilla, pensando en que ya no verás tan fácilmente a las personas que amas, que iniciarás una nueva vida, que tu relación se ha acabado, que ni siquiera conoces lo que el futuro te depara, que no conoces a nadie, ni el lugar, ni como moverte por el territorio.

El emocionante saberse libre, aun cuando dudas si estando en otro continente los paramilitares te buscarán para asesinarte. Conmociona pensar que ha disminuido el riesgo para la vida de los tuyos. Enternece recordar los abrazos emocionados de tus buenos y cercanos amigos. Inquieta pensar en lo frágil que será tu economía. Ablanda tu corazón el recibimiento que te hace un desconocido.

El exilio es bien doloroso, pero cuando lograr darle vuelta a la vida y construir nuevos caminos de terminas dando cuenta que los enemigos de la Paz, que odiaban tanto tus ideas como para lanzarte una granada, amenazar de muchas formas tu vida y la de tu familia, no lograron acabar tu lucha ni apaciguar tu denuncia ni la lucha por los derechos humanos y sexuales.