Neofascismo y derechas

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Mauricio Jaramillo Jassir

Que quede claro, el fascismo no es cosa del pasado y tiene más vigencia e incidencia que décadas atrás. La crisis de representación en el mundo, reflejada en el debilitamiento de los partidos políticos, ha hecho que salten al escenario figuras que han convertido los derechos humanos y buena parte de las conquistas sociales en blanco de una virulenta, pero atractiva retórica.

La esencia del fascismo no es la reivindicación del Estado, sino la emancipación de una nación bajo una supuesta amenaza. Hoy se expresa por lo que se puede rotular como una postura “antiderechos” y llamada a combatir el “globalismo”, según el rótulo acuñado por las derechas extremas. La esencia del nacionalsocialismo y del fascismo consistió en la superposición de derechos de determinados pueblos por encima de otros, en nombre de un nacionalismo exacerbado incompatible con el carácter universal de los derechos humanos, conquista promovida desde la Revolución Francesa.

Con la posguerra se pensaba en el nacionalismo como un fenómeno superado y cuyos efectos nefastos habían servido de lección para evitar discursos de odio. No obstante, desde comienzos del presente siglo, en Europa se ha despertado una furia contra el cosmopolitismo promovido en el seno de la Unión Europea ─UE─, cuyo punto de inflexión fueron las elecciones presidenciales francesas en abril de 2000, cuando la extrema derecha contra todo pronóstico se metió en el balotaje. Desde entonces, el fascismo antiderechos, nacionalista y xenófobo, no ha dejado de crecer. En Europa Oriental y Central se multiplican los discursos de odio contra musulmanes y árabes, la UE naufraga e Israel tiene el gobierno más supremacista y racista de toda su historia que ejecuta, frente a los ojos del mundo, un genocidio aceitado en una limpieza étnica y en un apartheid.

América Latina, en la que difícilmente han prosperado los nacionalismos, no ha sido ajena al fenómeno y el cosmopolitismo expresado en reivindicaciones como la transición energética, la defensa del ambiente de cara al calentamiento global, los derechos humanos y el multilateralismo, entre otros, se han convertido en antivalores para este fascismo que, a diferencia de Europa, no tiene reivindicaciones etnonacionalistas ni xenófobas, pero sí clasistas y racistas. Si bien hay diferencias entre Milei, Bolsonaro, Bukele, Kast o líderes del Centro Democrático ─CD─, todos convergen en el rechazo de garantías y derechos, en especial de aquellos clasificados de segunda ─socioeconómicos─ y tercera generación ─ambientales y de grupos─. En esto coinciden los fascismos, no en la defensa a ultranza del Estado como se suele pensar, sino en el rechazo de valores liberales en nombre de una soberanía que se considera amenazada o menoscabada desde el exterior. Basta revisar la postura frente al Acuerdo de Escazú, o a las convenciones relativas a los derechos humanos, las demandas de género, la regulación de la eutanasia, los derechos sexuales y reproductivos, los espacios para indígenas o afros, o la dosis personal, para observar su aversión a la ampliación del catálogo de derechos, aspiración que, a juicio de este fascismo recargado, amenaza un establecimiento, cuyo ideal es el orden social a expensas de la movilidad social. No extraña que se defienda la concentración de la riqueza, pues, como dijo un representante del CD, se presume que “no mata”. Lo anterior es muestra del darwinismo social, ideal del fascismo, pero antítesis del humanismo.

* Profesor Universidad del Rosario.

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