Los delincuentes: Cuando la poesía abraza el misterio y desafía al materialismo

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Fotograma de la película Los Delincuentes del director argentino Rodrigo Moreno

Frente al capitalismo criminal que promete Milei, la película de Rodrigo Moreno enseña cuál es la libertad que importa: la de los cuerpos, la del lenguaje, nunca la del capital

Juan Guillermo Ramírez

¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?: Bertolt Brecht

La película Los delincuentes (2023), de Rodrigo Moreno, es la contracara elocuente de la caída política argentina de los últimos tiempos. Entiende el concepto de forma muy distinta a Milei. Cuando un libertario lo utiliza se refiere a la libertad del capital. El cineasta Rodrigo Moreno habla de algo bien distinto, aquello que Sartre entendía como la potencia constitutiva de todo acto.

Encuentro razones para leer el filme desde una óptica sutil pero decididamente anarquista. El delincuente es, aquí, como en su etimología, el que abandona la norma. Y la norma en una sociedad administrada es vender la fuerza de trabajo y el tiempo de vida a un patrón hasta obtener una jubilación cuando ya es demasiado tarde para pensar en otra cosa.

La pregunta por la libertad

La aritmética de Morán es inapelable. Tesorero de un banco, calcula el monto de su salario hasta la jubilación, lo multiplica por dos ─habrá un cómplice─ y retira exactamente esa cantidad de la bóveda. Sin violencia, aprovechando la confianza depositada en él como empleado. Esconderá el dinero y se entregará a la policía confesando su crimen. Sabe que, con buen comportamiento, saldrá de prisión en tres años y medio.

El cálculo es: no esperar cinco lustros para obtener la libertad en la forma de una pensión, sino pasar apenas una fracción de ese tiempo encerrado para después disfrutar el resto de sus días en la sierra de Córdoba, sin trabajar un día más.

Román, compañero de banco, será quien guarde el botín, obligado a convertirse en copartícipe, con las mismas letras en su nombre, que además compondrán los de las hermanas Norma y Morna, apariciones en su camino “delictivo” en el poblado de Alpa Corral. Desdoblamientos, duplicaciones, desconciertos.

Como todo gran relato ─cinematográfico o literario─, Los delincuentes hace de su tema la forma. La pregunta por la libertad, cuyo vehículo es una canción del primer disco de Pappo’s Blues, está en la concepción misma de filme, que es varios filmes en sus más de tres horas de duración. Lo que comienza como una reelaboración de Apenas un delincuente (1949) de Hugo Fregonese, abandona los códigos genéricos para entregarse a otras búsquedas, en los hallazgos sucesivos que permitió un rodaje de cuatro años con una pandemia en medio.

Leer un poema en voz alta

La primera parte de la película no da indicaciones de su momento histórico, parecen los setenta en el Microcentro de Buenos Aires, con Piazzolla rigiendo los pasos. Un montaje dinámico, que encabalga planos cortos, define el ritmo inicial, en una ciudad y una oficina que denotan rutina, repetición, vida administrada. Aquí ocurre el planteamiento, el robo y sus consecuencias inmediatas, pero el segundo capítulo ─de un total de cuatro─ implicará un giro brusco hacia espacios abiertos y luminosos, planos de mayor longitud, cuando Román parta al escondite del dinero y haga nuevos amigos junto a un río, en el goce de un tiempo sin orientación ni sentido.

Aún tendremos, en la película de Moreno, una nueva reflexión sobre la libertad e incluso una puesta en abismo ─un videasta chileno, Ramón, pasa años filmando el paisaje de las sierras, buscando lo excepcional en medio de la homogeneidad─. ¿En qué película se lee un poema de Juan L. Ortiz después del coito? En Los delincuentes. ¿Cómo pasar los días inmóviles de la prisión sin sucumbir al ahogo? Leyendo de forma obsesiva ‘La Gran Salina’ de Ricardo Zelarayán ─“Desde chico intenté cortar una gota de agua / en dos / (con una tijera)”─, que un profesor de literatura descubre a los reclusos en un aula. Eso es seguir delinquiendo, abandonar constantemente la norma, leer un poema en voz alta en el patio de la cárcel.

Ahí encuentra Morán la libertad que sólo después alcanzará en la sierra cordobesa, cuando pueda ser dueño de su tiempo. El día que lo liberan puede leerse, grafiteada en el muro exterior de la prisión, la frase ‘Muerte Ⓐ los que gobiernan’. No hay en Los delincuentes política al uso, nadie da muestras de una ideología puntual. Hay deseo de no mandar ni de recibir órdenes. La riqueza es entendida como abundancia de tiempo, no de dinero ─en una sala de cine se proyecta El dinero (1983) de Robert Bresson─.

La sorpresa del mundo

En la anticipada resistencia necesaria para soportar el capitalismo criminal que promete Milei, la película enseña cuál es la libertad que importa: la de los cuerpos, la del lenguaje, nunca la del capital. La poética de Rodrigo Moreno confirma que en la imaginación artística quedan reservas de energía psíquica para afrontar lo que venga.

Los ecos y las rimas ─la proyección de El dinero de Bresson, dos cigarrillos que se encienden en universos simultáneos─ son tan importantes como las disonancias ─una silla giratoria que chirría, la lectura de un hermoso poema de Ricardo Zalayarán, ‘La gran salina’, en los confines de una cárcel─, pero la vida, ya se sabe, es un hipertexto por el que navegar, tan imprevisible como un cuento de Cortázar o Borges.

En este sentido, la sorprendente, extraordinaria película de Rodrigo Moreno se alinea con Historias extraordinarias (2008) y La flor (2018) de Mariano Llinás o Trenque Lauquen (2022), de Laura Citarella, a la hora de liberar al relato de sus lógicas estructurales, dejándose llevar por la belleza del desvío: siempre existe la posibilidad de ser libre, nos dice Moreno, si nos entregamos a la sorpresa del mundo.

Y entonces una película de atracos, más bien austera y atravesada por un humor extraño, se convierte en una fantasía pastoral, donde la gente pasa el rato jugando a las palabras encadenadas o preguntándose por un recuerdo de infancia. Y entonces nace el amor, y vuelve a desaparecer, y hay más, mucho más, cuando el filme se abre, como un milagro, a un western futuro.

El cine se convierte en literatura

En una de sus escenas, un personaje aparece sentado en una silla giratoria que chirría con cada uno de sus movimientos, tal como determinados detalles ‘chirrían’ intencionadamente en lo que parece una línea argumental más o menos nítida: cuerpos o palabras que no añaden nada a la trama y, sin embargo, están ahí, a veces obstaculizándola. De la misma manera, los géneros se rozan entre sí y también producen ‘ruido’. Como si el thriller o la comedia solo ocultaran la vida que pasa y que pugna por manifestarse.

Al proponer un desvío narrativo que cambia el film para siempre, su segunda mitad muestra la posibilidad de una vida realmente distinta, alternativa: otro relato posible, aquel en el que podría darse una epifanía, una revelación. Puede tratarse del amor, del cine o de la literatura, por citar las tres opciones que proporciona el film, pero en cualquier caso siempre existe algo capaz de darle la vuelta a la existencia, a la narración.

La película, en ese momento, se pausa a sí misma, abandona el suspense para ceñirse al paisaje, deja la ciudad para adentrarse en una naturaleza misteriosa. Y es en esa fuga radical donde los agujeros que habían dejado los chirridos y los roces de la primera parte se van llenando.

El relato adquiere así todo el sentido, pero no el que se pensaba al principio, sino otro que ha ido mutándose poco a poco. Ahora no estamos ante una película de robos. Estamos ante una película de amor con ambiente de western, y luego ante otra de redenciones carcelarias, y luego ante otra que se diluye y va desapareciendo hasta quedar en nada o en todo. Cuando el maestro de la cárcel lee a los presos uno de los poemas más bellos jamás escritos, el cine se convierte en literatura, el ámbito del que en verdad procede toda esa tendencia del cine argentino. Pero luego vuelve a ser cine y en estado puro.

La película integra una de las vetas más gratas del cine actual ─no sólo argentino─, y se aprecia la precisión técnica de su realización, la inmensa poesía de su planteamiento temático, los diálogos y actuaciones y esa combinación de acumulación de sorpresas anecdóticas con la posibilidad de simplemente estar ahí, habitando sus preciosos lugares junto a sus personajes llenos de encanto durante el no tiempo que logra construir.