Loa al cambio real (I)

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Jaime Caycedo
@JaimeCaycedo

La fuerza y el acierto de un proceso de cambio dependerán mucho de la maestría en el desenvolvimiento de una estrategia correcta y el ajuste adecuado de los tiempos. La política es una ciencia, pero un arte a la vez. Lo artístico de la política puede estar en cada coyuntura, en cada vuelta, en cada paso. Desmontar los horrores de un sistema es también una obra que va hilvanando suites y mostrando el momento en que se desata la ruptura.

Un proceso de cambio democrático, si es auténtico, puede sacar fuerza de sus propios pasos y aciertos. Los efectos pueden tardar en manifestarse, en hacerse visibles, pero poco a poco van abriendo la envoltura y empiezan aparecer y a manifestarse en los cambios de actitud de la gente y en su creciente comprensión de que algo muere en el preciso momento en que algo está naciendo.

Debajo de la ideología propagandística de los medios de comunicación es difícil advertir con detalle aquello que apenas comienza pero que ya, de antemano, ha empezado a mostrar su potencial.

Es el caso de la política de reforma agraria, de las esperanzas y expectativas que va creando en la medida en que se hacen visibles la entrega de tierras, las discusiones de las organizaciones en los territorios y se demuestra que muchas amarras están siendo liberadas.

El cambio en las relaciones sociales del campesinado, que asume el nuevo vínculo de los núcleos familiares y la tierra, visibiliza, al menos, tres consecuencias: 1) Empieza el final del despojo rural y el freno a la expansión violenta e incontrolada del latifundio, expresión de un poder explotador; 2) La creación de una nueva relación de producción que democratiza la propiedad, cuestión establecida en el Acuerdo de Paz con la guerrilla revolucionaria de las antiguas Farc-EP; 3) Impulsa la conciencia de la necesidad imperiosa de organizarse, de poner en acción los consejos rurales y transformar al sujeto campesino en un motor de la reactivación económica y del progreso de la paz en los territorios.

La posibilidad de poner fin al poder terrateniente, presencia de la colonialidad como patrón de poder, puede devenir en un paso antisistémico si de manera simultánea se ofrecen instrumentos a la actuación independiente de los nuevos sujetos sociales.

El contexto de cambios orientados a la democratización de las relaciones sociales desata potencialidades de transformación mayores, particularmente en una sociedad cuyas clases dominantes practicaron siempre la modernización del atraso como simulación del progreso.

Falsa modernización y guerra contrainsurgente son categorías a considerar como línea de ruptura para los cambios necesarios planteados por el proyecto democrático y el gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez. Reforma agraria y paz democrática son, a su vez, categorías articuladas a la iniciativa y la lucha del movimiento real.

La liberación del campesinado y con él, del orden rural (indígena ancestral, afrocolombiano, campesino, popular) de la esclavitud impuesta por el colonialismo moderno, son el punto de partida de una democratización profunda de la sociedad en su conjunto.

La estructura histórica de la guerra heredada del bipartidismo liberal-conservador y, en particular de la intervención geopolítica imperialista del tipo “alianza para el progreso” de la segunda mitad del siglo XX se está derrumbando. Las fuerzas sociales del campo y la ciudad son el sujeto verdadero del cambio y deben actuar unidas.