La emergencia de hablar y ser

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Álvaro León Perico

Los seres humanos somos en la medida en que hablamos y nos hacemos visibles al otro. Acostumbrados a los lenguajes tóxicos de la cultura salvaje del capitalismo, donde lo global–local ya no produce chispas de vida sino cultura de muerte, hay instituciones dedicadas a repetir el modelo tóxico: Las instituciones culturales y educativas.

El posicionamiento crítico de quienes asumimos la palabra para mostrar lo que se tapa, lo que se cubre con el olvido o la indiferencia y cuando los nadies siguen siendo los mismos que aumentan cada día, sin esperanzas de ser sujetos hablantes, solo queda el grito. Como dice el poeta: Puesto que se ve lo que se ve, es imposible callar. La crítica tiene que comenzar en los umbrales de la ética y no de la simple información académica como sugieren los escribanos del poder capitalista.

El academicismo parásito, estéril, repetitivo, imitativo, que conserva el lastre del eurocentrismo, del colonialismo inglés y norteamericano, dice y repite lo que piensan los citados e ignora lo que sentimos y pensamos los suramericanos.

Contra el extranjerismo delicioso tenemos que desarrollar la crítica a fondo y hablar desde nuestra territorialidad, comenzando por nombrar, hablar, escribir de otra manera, para que pasada la peste del insomnio y los largos e infinitos cien años de soledad, podamos volver a ver el cielo estrellado en la noche de nuestras violencias, para que el firmamento ya no se pinte de rojo con la sangre de los condenados señalados por el dedo del Estado criminal colombiano bajo la espada del uribismo sino, que la palabra del crítico-guerrero vuelva a resonar para potenciar la vida desde el nombrar y no desde las armas genocidas.

La emergencia de ser hablando de otra manera, comienza allí, se despliega donde miles de colombianos podamos convertir la ruda realidad de la violencia enmascarada en cada uno de los actos que se presentan como mudos o inofensivos por parte del poder hegemónico del capitalismo.

Hablar y actuar generando rupturas hasta que nos sintamos cantado y nombrando de otra manera y no con el alfabeto del consumismo que idiotiza y nos hace vivir un simulacro de falsa felicidad, un individualismo de odio y resentimiento creyendo que estamos al final del imaginario que la clase obrera va al paraíso.

Recuperar lo que nos ha sido arrebatado con siglos de violencia, exige nuevos discursos y nuevas acciones. Es urgente asumir un nuevo lenguaje poético y estético que rompa las restricciones de forma y contenido que hoy creemos “normales”. La acción del escritor y hablante en ruptura, se nutre de los saberes del territorio, no los nuevos que llegaron, sino, los ancestrales que dieron a la comunidad su origen, esta que tiene una memoria de acción colectiva, que tiene una historia critica de lucha, pervivencia y defensa de su territorio.

Comenzar a hablar, escribir y narrar de otra manera, nos muestra que hay que inventar otros senderos para encontrarnos y conversar, tratando de no hacer de nuestra voz el soporte del discurso capitalista que camaleónicamente se arrastra por los espacios donde la cultura de muerte intoxica al profesor, al niño, al padre de familia, al periodista, al político, al policía, al lustrabotas, a todo aquel que quiere ser millonario y hacer su sueño realidad como pregona la televisión.