Entre lo depresivo y lo agobiante

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Juan Guillermo Ramírez

Christian Petzold nació en Haan, un municipio cercano a Dusseldorf y de la frontera con Bélgica y Países Bajos. En 1981, con 20 años, se radicó en la capital alemana, donde estudió teatro y filología en la Universidad Libre de Berlín y luego se formó en la DFFB, una prestigiosa escuela de cine. Y como Escuela Berlinesa se conoce al movimiento artístico más importante del cine alemán de este siglo (y probablemente el más notable desde que el Nuevo Cine Alemán irrumpiera en la década de 1960 con autores como Volker Schlöndorff, Rainer Werner Fassbinder, Werner Herzog, Alexander Kluge y Wim Wenders), ya que junto a Petzold, Schanelec, Atef y Arslan cabe mencionar dentro de este movimiento a otros talentosos y provocadores realizadores independientes como Dominik Graf, Christoph Hochhäusler, Benjamin Heisenberg, Henner Winkler, Ulrich Köhler, Matthias Luthardt, Valeska Grisebach y Maren Ade. Más allá de ser uno de los exponentes más emblemáticos y talentosos de la Escuela de Berlín, Petzold -que de joven pasó años haciendo cortos, documentales y películas para televisión antes de incursionar en el cine- como Wolfsburg, Fantasmas, Yella, Bárbara, Transit y Undine, y el que logró mostrar sus películas -que van desde el film noir y el melodrama con historias de época hasta fantasmagóricos relatos y modernas fábulas contemporáneas- fuera de las fronteras alemanas. En su filmografía se destacan Triángulo y Ave Fénix.

Cielo rojo, ganó el Gran Premio del Jurado del Oso de Oro en la Berlinale 2023. La película fija su mirada en un escritor menos caracterizado por su talento que por ser un tipo increíblemente egoísta, incapaz de exhibir niveles mínimos de empatía y de comprender que sus necesidades, sus miedos y sus inseguridades tienen una importancia relativa fuera de su ombligo. Y, mientras enseña una lección a su protagonista, Petzold nos demuestra que su cine es hábil a la hora de nutrir el intelecto. El guion es astuto, sutil, fino. Todo empieza con un coche estropeado, con una huésped que ocupa una habitación en la que no debería estar y con una gotera en el techo, pequeños contratiempos que harán que la inseguridad patológica de Leon, alguien que entiende cada revés como una conspiración contra él, se desborde -esas adversidades mínimas son las que marcan el terreno para señalar la posibilidad de que irrumpa lo inesperado-.

El punto de partida de Cielo rojo no podría ser más simple y está inspirado –el mismo Petzold lo ha reconocido- en los llamados “Cuentos de estación” de Eric Rohmer, como Pauline à la plage y Conte d’été: un grupo de jóvenes se reúnen por decisión o por azar en una casa cercana al mar donde aprenderán algo del amor y el desamor. Pero a diferencia del gran cineasta francés, Petzold carga consigo con la gravedad de la cultura alemana, lo que le da a ese encuentro (y desencuentros) un carácter más oscuro, empezando por esa ventosa playa del Mar Báltico donde transcurre íntegramente la acción y que no tiene la luminosidad y ligereza del Mediterráneo. Las noticias sobre los incendios forestales que devastan la zona salpican la historia y desde el inicio ya se advierte la presencia constante de la adversidad- que deriva el relato hacia la tragedia y que apela a la indisociable relación entre realidad y ficción, la vida alimentando al arte, las historias como paliativo para mitigar el dolor de la existencia.

Cielo rojo recuerda las películas menos urbanas y más naturalistas de Petzold (ver a Beer andar con su vestido rojo en bicicleta es casi una auto-cita) pero en este caso deja bastante en segundo plano cualquier lectura política o análisis social, más allá de la omnipresente amenaza ligada al cambio climático. Es un clásico y preciso relato sobre un escritor que se mira a sí mismo de un modo crítico, que sabe que no está hecho para las cosas prácticas de este mundo (hay una muy buena serie de gags ligados a su imposibilidad de resolver cosas, desde un problema en el techo de la casa a uno con el auto) y tampoco para lidiar con la gente. Lo único que puede hacer con su frustrante modo de vida es crear algo parecido al arte.

La adhesión profunda de Petzold a la tradición del romanticismo alemán, que ya era evidente en algunos de sus films previos, aquí vuelve a manifestarse no sólo en las locaciones elegidas, que refuerzan la idea romántica de la naturaleza como expresión de los sentimientos, sino también en un bellísimo poema de Heinrich Heine (1797-1856) que Petzold introduce en una de las mejores escenas de Cielo rojo, cuando los cuatro hombres escuchan hipnotizados a Nadja recitar “El asra”, unos versos que hablan de aquellos que “mueren cuando aman”. Allí quizás haya que buscar las claves de una película de una riqueza de tonos –que van del humor al amor y la tragedia- muy poco frecuente en el cine actual, Aunque toda la secuencia previa tenga el clima de esas situaciones equívocas e incómodas que muchas veces deben transitar algunos de los personajes que imaginan para sus películas Woody Allen o Noah Baumbach.

Christian Petzold está entre los cineastas alemanes activos más importantes y entre los más sofisticados; su filmografía contiene reflexiones sobre la culpa colectiva alemana, elaboradas alegorías que conectan el nazismo con la crisis de los refugiados y relecturas de mitos germánicos. Por eso sorprende que su nueva película sea una comedia.

Link para la visualización:

https://cinefiliamalversa.blogspot.com/2023/09/roter-himmel-cielo-rojo-2023-christian.html