Derrotando la invisibilidad

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Jaime Cedano Roldán
@Cedano85

En el discurso de Gustavo Petro en el acto del Pacto Histórico en Barcelona hay un planteamiento sobre el que vale la pena reflexionar y hacer memoria colectiva, la idea de una colombianidad que rompe su invisibilidad en solidaridad con los y las jóvenes de los barrios populares de Colombia que en forma heroica se tomaron las calles, levantaron barricadas, crearon las primeras líneas y fueron protagonistas del Paro Nacional en medio de la represión y la brutalidad policial. En solidaridad con esas luchas las calles del mundo se llenaron de multitudinarias y coloridas manifestaciones donde abundaban las banderas y las camisetas de la selección nacional de fútbol, además de los ponchos, los sombreros vueltiaos y bailes de cumbias y mapalés. Señala Gustavo Petro que antes de estas manifestaciones la colombianidad estaba invisibilizada por los poderes, y autoinvisibilizada en trabajos precarios y bajo miradas sospechosas de quienes en cada colombiano veían un narcotraficante.

Colombia empezó a existir para una parte del mundo a partir de la publicación de Cien años de soledad y se veía como un país exótico que de todas maneras era “la suiza latinoamericana” en referencia a la existencia de una supuesta sólida democracia frente a un continente lleno de dictaduras. En los años ochenta del siglo pasado empezaron a llegar contingentes de exiliados, de militantes de izquierda que empezaron a contar de los horrores de la violencia, las desigualdades y lo falso d ella democracia. Sus voces llegaban a pocos grupos de colectivos interesados y aunque con ciertas dificultades se empezó a llegar con información de lo que pasaba en el país a partidos, gobiernos e instituciones. Pero lo que los medios recogían y llegaba a la gente eran las noticias de los cargamentos de cocaína procedentes de Colombia. Eran los años en que en los aeropuertos nos miraban con sospecha y nos sometían a rigurosas requisas y extenuantes interrogatorios. Más de una de nuestras hermosas chivas de Pitalito, orgullo artesanal nacional de esa época, quedaron hechas trizas a punta de martillazos de celosos agentes que buscaban dentro el polvo maldito. La invisibilidad se acrecentó y como dice Petro nos apretujamos tras las danzas y los tambores para intentar gritar que no todos éramos bandidos ni trapicheros. Y en García Márquez, como argumento de orgullo y pertenencia. Luego llegarían los escarabajos y sus hazañas en los Alpes y los Pirineos, y también aparecieron las precisiones de los pases del Pibe en Montpellier, las locuras de Rene Higuita en Wembley. Las manifestaciones por la paz y los derechos humanos se multiplicaban pero en pequeños auditorios y medios alternativos.

Pero vamos a contradecir a Petro cuando afirma que es en las marchas de solidaridad con el paro nacional cuando se inicia la desinvisibilización de los náufragos de la desesperanza, de los recogedores de frutas, de los sin papeles y también de la gente becada a punta de esfuerzos y sacrificios, de artistas y trovadores de las calles y los metros.

Yo creo, espero opiniones, que fue en las carreteras del Tour y de la Vuelta a España cuando empezaron los sorprendidos europeos a por todas las curvas a gente enloquecida que bandera en mano corría detrás de los nuevos escarabajos animándolos, aunque quizás era una auto animación, un choque de terapia para la autoestima colectiva y la búsqueda de algo de que enorgullecerse de ser colombiano. Y antes del Paro Nacional estuvieron las marchas en apoyo al paro agrario, a la huelga de las ruanas cuando del alma y el corazón brotó el recuerdo de los padres, abuelos o bisabuelos jornaleros y se dieron muchas marchas en el mundo llenas de banderas tricolores, sombreros vueltiaos, ponchos, ruanas y carrieles.

Lo del Paro Nacional fue la explosión masiva, espontánea en gran medida, y ya no se trataba de buscar razones para el orgullo, sino la calle, el grito y la pancarta como reencuentro con la dignidad, con el lejano barrio, con los parceros y los primos, y la idea abstracta y general de un nuevo país, sin saber exactamente como, sabiendo solo que tiene que ser distinto a aquel terruño empobrecido y ensangrentado que se dejó atrás; idea que puede enlazar, que debe enlazarse, con los idearios del Pacto Histórico y el proyecto de reconstruir ese país del que se está lejos, pero del que no se es indiferente.