Tres minutos en la COP27

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Pietro Lora Alarcón

El programa del gobierno colombiano tiene como eje la defensa de la vida. En efecto, no solamente su capítulo “Colombia, economía para la vida” orienta una nueva relación entre la sociedad y la naturaleza, expresando que la defensa de la humanidad debe estar por encima del gran capital, sino que, por el contrario, prácticamente el enfrentamiento del cambio climático, así como la necesidad de avanzar a un nuevo modelo no extractivista y la democratización de las energías limpias, con responsabilidad para con la tierra y el agua, lo transversalizan y le imprimen un sello característico.

La verdad es que por primera vez hay un compromiso concreto del Estado con este tema. Y no apenas por ser destinatario de normas internacionales sino porque, como planteó Petro, “hay que actuar con o sin los gobiernos”, para defender la biodiversidad y el derecho al medio ambiente ecológicamente equilibrado a partir de raíces éticas. Y esto debe ser así simplemente porque estamos ante un auténtico derecho humano, que implica echar a andar proyectos que concreticen una manera diferente de relacionar al ser vivo con la naturaleza como bien de “uso” común del pueblo, impidiendo una lógica en la que los procesos biológicos o los patrimonios genéticos son comercializables. Esto es ejemplar en términos de democracia y ciudadanía, entendida como la participación en los destinos de las presentes y futuras generaciones.

Asumir este compromiso significa promover una diplomacia ambiental propositiva, que parte de un esfuerzo para comprender las dinámicas que se esconden en los más variados discursos en un evento como la COP27, posicionándose de forma habilidosa, partiendo de lo que objetivamente representa América Latina y en particular Colombia para el mundo.

Reforzar la unidad subcontinental sobre esto es clave, porque ya hay un relativo consenso latinoamericano en torno a que la biodiversidad del territorio es tal vez la mayor, pero también la más abandonada riqueza de nuestros pueblos. Si tomamos el patrimonio amazónico como ejemplo y abordamos la “humanización” de su espacio, hablaremos con tristeza de los diferentes ciclos de deforestación desde comienzos del siglo XX, practicados bajo la idea de que sus recursos serian inagotables y de que su “vacío demográfico” justificaría la invasión territorial privada para organizar la economía atendiendo presiones internacionales con relación a materias primas e insumos necesarios para el desarrollo de un capitalismo desde siempre devastador.

Los compromisos del Acuerdo de Paris de 2015, que son el centro de la discusión y que se refieren a la necesidad de mantener la temperatura media global debajo de los 2º y conseguir que los flujos financieros acompañen la transición de una economía limpia, pasan por entender quién es quién en esa historia.

Lo que sabemos es que la “naturaleza” fue convertida en núcleo propulsor de la circulación y acumulación del capital. Eso también lo sabe, mejor que nosotros, el agronegocio. La intersección entre la naturaleza, el clima, los flujos financieros y la voluntad de los Estados que trabajan bajo la lógica del mercado, queda expuesta.

El capital, así como acontece con el amor o la familia, o con cualquier cosa que toque, transformó la naturaleza y el clima en un grande negocio. Petro tuvo tres minutos para su exposición, pero dijo lo central: “La descarbonización es un cambio real y profundo del sistema económico que domina”. La verdad es que, si esto no se discute, no llegamos a ninguna parte.