Pestes, guerras y cataclismos

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Jaime Cedano Roldán
@Cedano85

En 1967 en México, Gabriel García Márquez terminó de escribir Cien años de soledad y a duras penas pudo enviar por correo el texto a su editor en Buenos Aires. No le alcanzaba el dinero. Vivía el escritor días de angustias económicas que eran sorteadas casi que por milagro por Mercedes Barcha, su esposa y hada madrina. Podría uno pensar, no es así, que quizás por esta situación el final de la novela es pesimista.

“Estaba previsto que la ciudad de los espejos -o los espejismos- sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”, sentencia el texto y lanza la frase, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. No la tenían, era el final.

En diciembre de 1982 la situación era otra para el escritor. Sus libros se vendían en todas las librerías del mundo y estaba feliz y pletórico recibiendo en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. Entonces sus palabras, aún en medio del panorama desolador que retrataba en su discurso La soledad de América Latina, eran un grito de guerra contra la derrota: “Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”.

Estamos convencidos de esta idea, a esta utopía de la vida y a ella nos aferramos como el náufrago a una tabla salvadora en medio de una tormenta en un mar embravecido. Pero cada día nos asaltan las dudas, pues pareciera que estos tiempos fueran los de las plagas de Egipto. Una pandemia que aún no termina y que va dejando millones de muertos, una prolongada guerra en tierras de Europa y en África y el oriente medio otras decenas de guerras silenciadas.

Gobiernos criminales como en Perú, bandas de narcos violentando los andes y Centro América, y como si todas estas desgracias no bastaran, miles y miles de muertos en Turquía y en Siria. Decenas de nuevos refugiados mueren cada día en las aguas del Mediterráneo, un voraz incendio criminalmente provocado en Chile…

Pareciera que las fuerzas incontrolables de la naturaleza se hubieran puesto de acuerdo con las fuerzas endemoniadas de la guerra y la demencia para acabar con la humanidad. La tierra toda parece un Macondo inmenso y sin futuro, condenada a ser arrasada por el viento. Y ni siquiera a ser desterrada de la memoria de la humanidad porque existe el peligro de que no haya ni siquiera una especie humana viviente y nadie que pudiera olvidar nada.

Pero no todo está perdido. Todavía hay tiempo y espacios para las utopías y para seguir cantando. Para decir con Mario Benedetti que cantamos porque el río está sonando y cuando suena el río, suena el río. Porque el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino. Por el niño y porque todo. Porque algún futuro y porque el pueblo. Porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos. Porque el grito no es bastante y no es bastante el llanto ni la bronca. Porque creemos en la gente y porque venceremos la derrota.

Con el optimismo que en la noche radiante de Estocolmo irradiaba Gabriel García Márquez.