Palestina de pie

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George Isaac Simán

Cuando mi abuelo Issa y mi abuela Rahme decidieron empacar sus pertenencias y, con sus cuatro hijos, salir de Belén, nunca pensaron que sería para siempre. En 1952 partieron del puerto de Haifa, para entonces el principal puerto palestino, rumbo a una tierra desconocida, pero que ya albergaba a algunos familiares.

Los actos terroristas cometidos por bandas paramilitares sionistas desde 1946 en la cercana Jerusalén, a solo nueve kilómetros de sus hogares, fueron la razón por la que, pensando en sus hijos, decidieron emigrar a Colombia. Los recibió, más de un mes después, un país pletórico de oportunidades, con gente que siempre describieron como amable y cariñosa y de exuberante oferta de naturaleza, alimentos y paisajes. Salvo un breve viaje de mi abuela y mi padre en 1973, los demás nunca más regresaron. Mis tías, quienes lo intentaron, vieron frustrados sus planes, pues la ocupación israelí les negó el permiso de entrada en más de una ocasión.

Ellos, una familia palestina de fe cristiana, con raíces profundas en esa tierra a través de varias generaciones, fueron desterrados sin derecho a volver a su Belén natal. Más que lo material ─su apartamento ubicado a escasos minutos de la Gruta de la Natividad y una parte de un terreno cercano a Belén compartido con otras seis familias─, lo perdido realmente era imposible de cuantificar.

Hasta el fin de sus días presencié como mi abuela se sentaba en la mecedora en el balcón de la que fue su última vivienda en Barranquilla, a escuchar en su radio de onda corta las últimas noticias sobre Palestina, y aunque era una mujer extremadamente fuerte, inevitablemente derramaba más de una lágrima producto de la nostalgia. Sin embargo, los míos fueron afortunados. Lograron forjar una buena vida en su nuevo destino.

Para los palestinos, lo acaecido en 1948 cuando unos ochocientos mil de ellos fueron desterrados violentamente de sus pueblos y ciudades y más de quince mil fueron asesinados por los ejércitos sionistas armados por las potencias occidentales, se conoce como “la Nakba”, palabra que en español significa “catástrofe”. Muchos descendientes de esa tragedia hoy languidecen en campos de refugiados en países como Jordania, Siria o Líbano. Otros, más afortunados, lograron hacer sus nuevas vidas en otros países. Desde entonces, durante los últimos setenta y cinco años la constante para los palestinos ha sido sufrir, a manos del ocupante israelí, el desplazamiento forzoso, las masacres y la deshumanización, y para colmo, ser tildados de “terroristas” si tienen el “descaro” de resistirse a eso.

La Asamblea General de la ONU, del 29 de noviembre de 1947, decidió ─sin escuchar a los palestinos─ la partición de Palestina en dos, entregándole más de la mitad de su tierra a unos inmigrantes europeos de fe judía, fue simplemente un barniz de “legalidad internacional” para una de las mayores infamias de nuestros tiempos.

Hoy, cuando Gaza es noticia, la propaganda colonial quiere hacerle creer al mundo que todo comenzó con un acto “terrorista” del grupo de resistencia palestina Hamas el 7 de octubre de 2023. La realidad es que las raíces de los hechos actuales están sembradas en la injusticia cometida hace más de siete décadas por los mismos poderes que hoy quieren perpetuar tanto en Gaza como Cisjordania la injusticia contra los palestinos, un pueblo que solo quiere vivir tranquilo en su tierra y que seguirá, a pesar de todo, de pie.