Acerca de «Las reglas del fuego», novela de Lisandro Duque Naranjo
Juan David Aguilar Ariza
Cuando entramos a su apartamento, supuse que la conversación sería difícil. Ideas nacidas de la ansiedad que se meten en la cabeza. Lisandro es observador y, en menos de nada, ya nos había identificado. La idea era realizar una entrevista en su casa. La biblioteca, a un costado de la sala; la cocina, en la entrada; la ventana, por donde entraba una luz de infierno celestial, frente a nosotros. Imaginaba qué pensaría, un cineasta como él, frente a nuestros escasos recursos técnicos. Sentí pena.
Este hombre estuvo en la trinchera de la historia. Sabe más cuentos de la política y de los movimientos subversivos que cualquier otro, sin desmeritar a nadie. Claro, su oficio le ha permitido pasar desapercibido. Y ahí está el misterio del arte y del artista: mimetizarse entre aquellos que construyen eso que llamamos historia.
Había leído su novela poco antes de ese día. Creo que el texto es un documento valioso en términos históricos. ¿Cómo nació el ELN? ¿Quién tuvo la fortuna de estar en La Habana y conversar con el creador del movimiento? Lisandro.

La novela ficcionaliza todo; pero revela, como lo hace todo arte, que nuestra historia también es ficción. Podría decir algo más temerario: todo pasado es ficción y punto. Dejemos mejor la estela de la duda. Lisandro habla recordando. Le lanzo preguntas como si estuviéramos boxeando. Cada pregunta mide, como en el cuadrilátero, sus puños, sus intenciones, sus ideas, sus profundidades. Noto que a Lisandro le gusta el juego, como un maestro que reconoce los alcances de un swing. Como si viera que estaba preparado, con los brazos bien al frente, para defenderme. El diálogo siempre fue afectuoso, lo del boxeo también es ficción.
La gran fábula de la novela
Fabio Vázquez quería que el ELN surgiera en Santander porque buscaba venganza. Quería encontrar a Efraín González porque este se había metido con su familia. Al parecer, había matado a su padre. Esta tremenda revelación, que nace de su novela y en la sala de su casa, con la luz de una tarde bogotana que fastidia casi siempre, me empujó a sentarme bien en la silla. La imagen de Fabio junto a, nada más y nada menos, que el Che Guevara, explicando por qué debía ser en Santander y no en otra región de Colombia, me recordó el periodismo de las Vickys. Titular «Los Elenos buscaban venganza». Primera plana. La sacamos del estadio.
La compañera de Lisandro llegó a la casa. Inmediatamente, se ocupó de prepararnos el almuerzo. Sentí vergüenza, otra vez, y recordé que no les llevamos absolutamente nada, ni a Lisandro ni a su mujer. Lisandro Duque también fue caricaturista. Creo que yo mismo me caricaturizaba ante los ojos de él.
Yo estaba dejando de fumar y Lisandro prendió un cigarrillo. Un uppercut directo a mis emociones. Se fuma por una razón emocional ¿Lo sabías tú, Lisandro? Y la conversación se iba extendiendo. Mis colegas del Semanario Voz, que hasta ese día me conocían, bajaron la guardia y reían con la entrevista. Overhand.
El viejo, Lisandro, habló de sus inicios. Se abría como una mandarina luego de arrebatarle su primera vesícula. Su relación con la iglesia es fuerte. Traumática. En la Universidad Nacional dirigió un periódico y nos contó cómo, en la época de Pastrana padre, se necesitaban cortos para presentar antes de las películas en las salas de cine, pero no había personas que se dedicaran a aquellos menesteres en Colombia. Ahí inició Lisandro, un Lisandro joven y mamerto. Tal vez el más mamerto de los mamertos.
Nos habló de Pizarro que, en ese entonces, estudiaba en la Nacional. Pero eso no lo vamos a contar porque no nos debe interesar en este preciso momento o porque en otro espacio se hablará.
La novela
Es la historia de Pablo Antonio. Un personaje que viaja constantemente a La Habana, Cuba, y conoce la historia de los exiliados colombianos que viven en el país de la eterna revolución. Claro, esos exiliados no son de la misma índole que los que salieron a España o Canadá. Este es otro tipo de estirpe. Hablamos de guerrilleros que fueron condenados por sus mismos grupos armados al exilio. Hablamos, precisamente, de Fabio Vásquez Castaño.
Inmediatamente, se le viene a uno una imagen a la cabeza: el típico hombre de armas en el país de la eterna revolución, esperando eternamente su regreso al país para terminar lo que comenzó. Atrapado. Sintiéndose traicionado. Con las ganas revueltas en el estómago porque hablar, incluso en Cuba, era peligroso.
Pablo Antonio, protagonista de la novela, es un testigo de primera mano. Se le acercan personas que vivieron la violencia de Fabio Vásquez, hijos y víctimas de este hombre. Pablo Antonio es un artista y a los artistas se les confiesan los secretos, porque ellos saben guardarlos y transformarlos en imágenes sin tiempo, sin rostro.
¿Nos olvidamos, como colombianos, de la ADO? ¿Nos olvidamos de la Ricardo Franco? Pablo Antonio, no. Mucho menos olvidó que gran parte de los movimientos insurgentes de su entonces nacieron endógenos. Los formaron hermanos. Tampoco que la familia ha sido una institución nociva en Colombia y que, tal vez —esto son especulaciones—, la primera forma de haber hecho la revolución en este país debió haber sido la destrucción de la idea de familia. Muy católicos, al final de cuentas; pero es que esa era otra época, se entiende.
«A ti te admiro mucho Larrota, y te respeto. Pero esas alianzas con lúmpenes armados no funcionan. Olvídate de eso. Y eso va contigo también, Eduardo: ¿guerrilleros liberales?, ¡puaf!. Que sea donde dice Fabio. Además, el comandante debe ser él…»
Así habla el Che Guevara en la novela de Lisandro. Y así el ELN se fue a Santander a hacer la revolución. Y así, nuevamente, la familia determinó cómo debían ser las acciones subversivas. Porque, como ya lo habíamos dicho, Fabio buscaba venganza, buscaba a Efraín González, el famoso bandolero de mitades del siglo XX, quien azotó con su violencia gran parte del territorio colombiano, y de quien se decía que tenía poderes y podía convertirse en mata de plátano para escapar de la policía y el ejército.
Camilo Torres
Por supuesto, Lisandro conoció a Camilo, el cura guerrillero. ¿Y es que a quién no conoció este hombre? Por eso quería estar al lado del viejo, quizás así entendía un poco más de aquella época cuando cualquier joven saltaba pa’l monte. Es que era la moda. Hay que leer su novela. Ojalá un buen editor le metiera la mano para corregir ciertas cosas. La familia de Camilo fue su mamá, quien incentivó el espíritu rebelde del hijo. De nuevo la familia. «Cosa grande, ¡caballero!» Eso lo dice Lisandro, no yo. Lean la novela. Página 63.
Al parecer, el Cura tenía información de que corría peligro. Gaitán y muchos otros no eran una simple referencia histórica, había que estar atentos. Pero, según Lisandro, y no es muy difícil de creer, Camilo Torres no tenía condiciones físicas para el monte. Según él, era un cachaco esencial. Incluso, era conocido por atraer a las mujeres por ser un señorito de la capital. Era el típico hombre para la pantalla, hagan de cuenta un Vittorio Gasmann (ese es otro tema: los sexyboys y las sexygirls de la subversión en Colombia).
Seguramente, Camilo tenía las manos suaves y finas. No olvidemos que venía de una buena familia. Creo haber escuchado que el viejo decía que, con sólo verlo, todos sabían qué le esperaba en el monte. Es que es un referente y un cliché, pues en muchos textos se lee cómo los citadinos sufrieron el monte. Ninguno de estos flâneurs sabe qué son las “mismises” —como llaman en Santander a las ladillas— en las partes nobles de cualquier ser humano, revolucionario o no. Esos insectos invisibles hacen imposible toda la teoría marxista.
El erotismo en la novela
Si algo está bien logrado en la novela es el erotismo. Pablo Antonio está con Mayra en un balcón de La Habana:
«¿Y eso por qué, si se puede saber?, le preguntó Pablo Antonio, de lo que Mayra lo sacó de dudas cogiéndole la mano derecha, llevándosela después, y por entre la resorte de la su falda, hacia la parte de la pantaleta donde su vagina lo había ensopado todo, dejándosela allí para que procediera según su inspiración, colgándosele luego de la nuca para no desplomarse hacia atrás, pues el resto de su humanidad la tenía ceñida a él, sin dejar de mirarlo fijamente con un pragmatismo cínico, y respondiéndole mientras iniciaba una rotación suave de su máquina pélvica: porque siendo chiquitas todas las “cosas” mías que agarre le van a parecer grandes».
En la guerra también las formas del erotismo sucumben a las estratagemas guerrilleras. Aquí Mayra decide sobre su deseo como fiel feminista de su entonces. Lisandro narra unos cuantos encuentros eróticos que revelan el pensamiento de aquellos años. De la visión subversiva del sexo. De esa guerrillerada femenina. Aunque, lo sigo diciendo, hace falta la novela de las mujeres que lucharon en esta guerra fratricida. El cuerpo y el orgasmo como lugar de muerte. Un Bataille estaría fascinado con estos temas. Cómo en la lucha armada el sexo recorre otros significados y es una lucha a muerte en la que se juega la eternidad, en la que la ternura es a otro precio. ¿Cómo se entrega sexualmente el que sabe que va morir mañana? Sí, Lisandro, la paz es un erotismo cruel, tú lo sabes. Porque para hacer la paz se necesita, necesariamente, contar todo lo que pasó y esta crueldad de nuestra historia duele. Este arte, el de la novela, seduce con el dolor, deduce porque aún hoy no sabemos cómo puede seguir pasando todo lo que pasa. Sabemos que este es el momento de contar el erotismo revoltoso de toda la maldad de nuestra historia.
La entrevista duró más de dos horas. Entramos al cine. Lisandro habla de Gabo y yo aprovecho para grabarlo desde mi celular. Lo veo en otro tiempo. No mira a nadie. Esto ya es una escena familiar, como cuando el padre nos cuenta su pasado. Otra vez la idea de familia. Al viejo no lo incluyeron en la lista de las mejores películas de Colombia. Pero es que hiciste la película de Los niños invisibles. Eso somos, por paradójico que parezca: los niños invisibles.
El viejo me firma el libro y le pido una caricatura. Me la regala sonriendo. Su mujer lo celebra porque aún se acuerda de cómo hacer mamarrachos. Nos despedimos y quedamos con la promesa subversiva de volvernos a encontrar para continuar con la entrevista. En su mano siento el tacto de otros que alguna vez estuvieron a su lado y hoy son parte de un legado de apariciones que recorren la ciudad buscando sus coordenadas en unas calles que no llevan nombres sino números; son dígitos los muertos en este país, no han tenido nombre. En su mano guardaba la calidez de la oscuridad de una sala de cine, segundos antes de comenzar la proyección.