El pago de una histórica deuda

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Magnolia Agudelo Velásquez

El pasado 14 de septiembre se llevó a cabo un acto de la mayor significación en la vida nacional, tanto más tratándose de uno absolutamente inédito. Fue el reconocimiento que en la propia voz del compañero presidente y nuestra ministra del Trabajo y en medio de nutrida presencia sindical, política y del movimiento social en general, hizo el Estado colombiano del movimiento sindical como sujeto colectivo víctima del conflicto armado que por más de cincuenta años vivió el país. Acto que refrendó la declaración que hiciera el pasado 24 de marzo la Unidad para las Víctimas que en noviembre del año pasado impulsara la mesa de trabajo sobre el tema, uno que dormía en los anaqueles del desprecio y la indolencia del anterior gobierno desde el año de 2016 cuando se la instaló para decidir sobre tan dolorosa y delicada materia.

No es poca cosa la anterior declaración y reconocimiento. Porque lo trascendental de él es que detrás de esa procesión de miles de sindicalistas, mujeres y hombre asesinados, desaparecidos, torturados y encarcelados que lo subyace, estuvo siempre la mano oficial, la “violencia legítima del Estado”. Ya directa y abiertamente en acciones reivindicadas por las autoridades militares y policiales como lícitas en el marco de la doctrina del enemigo interno, o por interpuesta mano cuando la víctima no tenía visos de poderse presentar como producto de un enfrentamiento armado. Y es que para nadie es un secreto   que los conflictos laborales que contempla y aun regula el Código Sustantivo del Trabajo, en Colombia siempre fueron tema de orden público cuyo manejo estaba dentro de la esfera de competencia de la fuerza pública.

Este reconocimiento estatal que en feliz momento ha hecho el señor Presidente Gustavo Petro gesto contundente que lleva la impronta de un ideario y marca el abismo insondable que lo separa del régimen anterior y de los que lo precedieron, como un ¡Nunca Más! grito de los pueblos latinoamericanos que vivieron el horror, el espanto de las tiranías militares. Porque esa declaración de que el objetivo de las fuerzas militares no será ya más esa aberración de “combatir al enemigo  interno” dentro del cual el sindicalismo ocupaba lugar prevalente, será la que posibilite que ¡Nunca Más! se cometan crímenes como la masacre a manos del ejército de once  trabajadores en huelga  de la fábrica de cementos El Cairo en Santa Barbara  en 1963, el del vicepresidente del Sindicato de Trabajadores del Departamento de Antioquia Luis Carlos Cárdenas Arbeláez  secuestrado y asesinado por personal de la IV Brigada en Medellín en 1973, el de Arnulfo Tovar sindicalista de Coltejer en Medellín en 1982 y el de Aury Sará Marrugo presidente de la Unión Sindical Obrera USO en Cartagena en el 2001 en esta ciudad, entre multitud de casos.

“Escojamos entre la Barbarie y la Esperanza” fueron las inspiradas palabras del presidente Petro a su regreso de Chile donde participó en la conmemoración de los cincuenta años del nefando 11 de septiembre. Y de esas palabras nos hacemos eco las y los comunistas, quienes sabemos muy bien, que la barbarie siempre está al asecho, esperando su momento.

Nos unimos al llamado de nuestra ministra Gloria Inés Ramirez, de salir éste 27 de septiembre, todas y todos a la calle. Frente a la canalla mediática y la agresiva escalada de la extrema derecha que no se resigna a verse expropiada del legado de corrupción y crimen que había levantado en décadas de ingente esfuerzo, el pueblo en el escenario en el que manda y le es propio, dirá: Sí al Gobierno del Cambio. Colombia Potencia de la Vida.