De Pedro Lemebel a Gladys Marín

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Diana Carolina Alfonso
@DianaCaro_AP

A propósito de los 50 del golpe genocida contra Salvador Allende Gossens, ponemos en valor la perspectiva feminista de su práxis revolucionaria, tal como lo enunció en el seminario “La mujer de hoy en América Latina” dictado en 1972: 

“Por eso, si acaso el hombre nuestro, como consecuencia del régimen y el sistema capitalista, y los pueblos nuestros, como consecuencia de la penetración imperialista han arrastrado la dura cadena de la explotación económica y la dependencia política, la mujer, con mayor razón, ha vivido y vive una desigualdad que la castiga y la marca muy fuertemente.

De allí también, la trascendencia que tiene el que la mujer haya ido forjando esta conciencia que la incorpora masivamente, no tan sólo a la lucha por sus derechos preteridos, sino que la incorpora plenamente a la gran batalla que hará posible los cambios estructurales que permitirán que nuestros pueblos logren estructurar una vida distinta, donde la economía esté al servicio de la humanidad”.

Se torna trascendental recordar a esas mujeres que confluyeron en la transformación estructural del pueblo chileno, aún a pesar de la dictadura. Entre ellas, revolución de revolucionarias, la maestra Gladys Marin, dirigente del Comando Juvenil de la candidatura de Salvador Allende en 1970; de entraña campesina y valor pedagógico, además de desempeñarse como secretaria general de las juventudes comunistas en los momentos más difíciles de la historia chilena, Marín abogó por la participación abierta de los olvidados por la historia. Y en esa lucha se encontró con el genialísimo de las letras maricas, Pedro Lemebel, quien le escribió el libro “mi amiga Gladys” póstumamente, en el 2016. 

Dice allí un entrañable Lemebel haciendo referencia a su compañero, Jorge Muñoz, miembro de la Comisión Política del Partido Comunista de Chile, detenido y desaparecido en 1976 por la dictadura genocida de Augusto Pinochet: 

“Estas líneas adhieren cariñosamente a Gladys por cicatrices de género, por marcas de clandestinidad y exilio combatiente. Por ser una de las numerosas mujeres que capitalizaron ética en el rasmillado túnel de la dictadura y su fascistoide acontecer. Estas letras minoritarias se complicitan con ella en el develaje frontal del crimen impune y el mal aliento del tufo derechista que minimiza la tragedia. Pero acaso, bastaría con una sola imagen biográfica de Gladys. Tal vez visualizar su retrato de juventud, perseguida después del golpe, teniendo como telón de fondo la acuarela memorial del amado amante desaparecido, extraviado, perdido para siempre en la última imagen de ver pasar caminando la muda figura de Jorge frente a la embajada que a Gladys le había dado asilo. Y esa enorme distancia, ese abismo de vereda a vereda, esa zanja de apenas veinte metros, imposible de llenar por el tacto impalpable del abrazo imaginado, del abrazo pendiente, soñado mil veces en la noche inconclusa de la abrupta separación.

Tal vez bastaría con el aire de esa espera para concluir este texto, o para alargarlo hecho bandera de oxígeno, pañuelo de tantas causas de derechos humanos que esperan justicia y castigo a los culpables”.

Alejada de cualquier derrota, Gladys volvió a su país en 1978  para hacerse cargo del brazo armado del PC, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, junto a Guillermo Teillier, último presidente del partido, muerto hace unos días por causa natural, quién diría, a pesar de su propia historia. 

Gladys enfrentó militarmente a la dictadura, y con la llegada de la democracia también lo hizo por vías jurídicas en ocasión de la desaparición forzada de su compañero y camarada, Jorge Muñoz. Además, fue la principal candidata presidencial de izquierdas en los años noventa y una connotada allendista hasta el fin de sus días. Así lo ratificó en el 2003 ya entonces secretaria general del PC durante la apertura del Seminario Internacional «Alternativas populares y Perspectiva socialista en América Latina» :

“La semilla de Allende está germinando. Lo mejor del pueblo, curadores de esa semilla, la cuidaron y la protegieron, y como la memoria es como la tierra, esa semilla está germinando. Y hoy en este siglo por obra de los pueblos, de los que aman y respetan la tierra, la semilla allendista es patrimonio de la humanidad y florece en todo lugar.