¿Al que madruga, Dios le ayuda?

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Mateo Gómez Mendieta

“Al que madruga Dios le ayuda” y los colombianos si sabemos de madrugar. Es común ver a las cinco de la mañana niños que van al colegio haciendo largos recorridos, hombres que inician su rutina antes de esa hora y se desplazan desde las periferias hasta los centros económicos, madres cabeza de familia que alistan los almuerzos de sus hijos, los arreglan y tienen que salir a trabajar a hacer oficios domésticos en la casa de algún empresario en las zonas prestantes de la ciudad, universitarios trasnochados de hacer sus labores académicas que inician su rutina atravesando la ciudad para llegar a clase de siete, etc.

Los ejemplos de lo “madrugadores” que somos los colombianos son miles, y eso lo refleja un estudio publicado recientemente por la OCDE donde se evidencia que Colombia es el país que mas temprano inicia sus actividades.

A priori podríamos decir que ¡por fin! Estamos en los primeros puestos de algo que no tenga una connotación negativa como los rankings de corrupción, desigualdad, brechas sociales, etc. Donde casi siempre estamos encabezando, sin embargo, al ver la otra cara de la moneda nos damos cuenta de que sí, somos el país que más madruga, pero también uno de los menos productivos, y aquí comienza a tambalear una de las grandes mentiras del neoliberalismo, que iniciar labores temprano es directamente proporcional a una alta productividad.

Claro, en Colombia tener que madrugar obedece a múltiples factores; largos recorridos, cuestiones de clase, de género, de roles sociales, ubicación en las periferias urbanas de la clase trabajadora, gentrificación, etc. Pero también es indudable la influencia que tiene este imaginario en los empresarios de nuestro país, y también como este se refuerza a través de discursos socioculturales que lo legitiman como: “es que los colombianos somos trabajadores” o “somos berracos”, pero que son mantras que sustentan estas prácticas. No podemos perder de vista que estamos en la “sociedad del rendimiento” donde la maximización del esfuerzo se premia socialmente, mientras que el ocio y la inactividad se castigan.

No olvidemos que, en su elogio a la inactividad, el filosofo surcoreano Byung Chul Han, nos dice que la inactividad humaniza al humano, es lo que constituye su esfera de humanidad pues somos el único ser vivo sobre la tierra capaz de parar sus labores de supervivencia para sentarse a contemplar (y cuestionar) su propia existencia. Sin embargo, la sociedad del rendimiento imposibilidad la vida contemplativa, ya el lector reflexionara acerca de que sucede con una sociedad que no tiene tiempo o es incapaz de sentarse a contemplar su propia existencia.

Habría que revisar el costo en salud mental de nuestra sociedad “madrugadora”, si un niño se tiene que levantar a las cuatro o cinco de la mañana para ir hasta el colegio y tener una jornada hasta las dos o tres de la tarde, ¿qué tanto realmente está aprendiendo? ¿cómo incide esto en su proceso de aprendizaje, en sus comportamientos dentro y fuera del aula?, ¿qué pasa con el trabajador que tiene una rutina esclavizante?, ¿cómo es su proceso productivo? ¿cómo se afecta su salud mental? ¿cuál es el rendimiento del universitario que trasnocha y madruga?

Ante este panorama, esta demostrado con diversos estudios, que madrugar no genera una sociedad productiva. Produce sujetos cansados, estresados, insatisfechos y mentalmente agotados. Tal parece que al que madruga…Dios no le ayuda.