Suecia: en malas compañías

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N. Ostrovsky

Las voces que celebran el abandono de la histórica neutralidad sueca en los conflictos bélicos expresan el fortalecimiento de la llamada “nueva versión” de la OTAN, así como el crecimiento exponencial de la infeliz posibilidad de la guerra.

Esta tal nueva versión busca redefinir el tablero geopolítico, proyectando el predominio de las fuerzas del gran capital y creando un arco de restricciones económicas y comerciales a Estados periféricos a partir de la hegemonía militar.

Se distinguen dos fórmulas en ejecución para ese fin: la primera consiste en estimular a la ultraderecha, introduciendo de forma constante la exigencia del abandono de la neutralidad bélica, especialmente en países que durante el período de entreguerras y la Guerra Fría optaron por esa vía. La segunda es la realización de ejercicios militares del bloque, en áreas de frontera y mares territoriales, previo uso de la reedición de la vieja táctica de “someter por invitación” presionando la firma de convenios con países en zonas como el Indo-Pacífico y el Ártico.

De lo que se trata es garantizar el predominio del sistema económico. No se descarta la salida fatal de un conflicto a escala global, que involucre a Rusia y China como lo que pasó en 1940, guardadas las proporciones. El capitalismo no sería lo que es sin una dinámica interna de la cual la guerra hace parte, así como la xenofobia, el racismo, el colonialismo, el patriarcado y, lógicamente, la explotación humana. No hay que llamarse a engaños.

La neutralidad no es señal de indiferencia en las relaciones internacionales. Aquella es una postura política, que antecede o se anuncia en medio de la confrontación y que supone una alta madurez diplomática. Se destina a mantener la independencia del territorio, lo que implica no promover acciones en favor de ninguno de los combatientes ni conducir tropas al escenario bélico. La neutralidad es sinónimo, de conformidad con la V Convención de La Haya, de rechazo de actos para la guerra, usando incluso la fuerza. Se trata de un principio activo, digno y en favor de la construcción de mecanismos para la salida política.

Por eso, la neutralidad no sirve a las pretensiones imperiales. De allí su necesidad de que funcione, como de hecho funciona, una máquina ideológica para justificar la eliminación de “enemigos” y diseminar la fobia contra potencias consideradas “rebeldes”, insurrectas ante los designios de la bandera de la OTAN.

La adhesión de Suecia al bloque militar, abandonando su histórica neutralidad, está conectada a los más de 20 por ciento de votos obtenidos en el 2022 por el ultraderechista “Partido Democrático”. El argumento de la invasión a Ucrania por Rusia, como justificación para su nueva realidad, ignora todas las prácticas agresivas y amenazadoras de la OTAN en el Mar Negro y la obliga a ofrecer sus cazas “Gripen 39”, de reconocimiento y ataque, en cualquier conflicto. Suecia ya estuvo en mejores compañías. Para los pueblos: nada que celebrar.

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