Pardo y Petro se escriben con P de Paz

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Gabriel Ángel

Tres meses antes del asesinato de Jaime Pardo Leal, una comisión de Causa Común, el movimiento cívico que se había adherido a la Unión Patriótica, se dirigió desde Valledupar a Bogotá, a pedir orientaciones a la dirección nacional del movimiento. La frecuencia de los crímenes contra miembros de la UP resultaba insoportable, sentíamos los pasos de los sicarios a nuestras espaldas. Y sabíamos que guardaban relación directa con el Ejército y la Policía.

La impunidad era absoluta y el gobierno no hacía nada para enfrentar el desangre. Nos recibieron Jaime Pardo y Ovidio Salinas en la sede de la calle 23. Tras nuestro saludo y breve exposición, el doctor Pardo procedió a leernos el comunicado enérgico dirigido al gobierno nacional, en el que se denunciaban varias muertes en distintos sitios del país. No había terminado cuando su secretaria le indicó que tenía una llamada.

Cuando regresó, quince minutos después, nos explicó, exaltado, que estaba agregando otros nombres a la lista. La llamada había sido para informar más crímenes. Un escalofrío nos recorrió la espalda. Seguimos oyéndolo. Sabía muy bien, y todos debíamos saberlo, que lo que querían con los crímenes era acallarnos, llenarnos de miedo. Él tenía 46 años y por lo menos desde los 20 estaba en la lucha. No iban a asustarlo ahora. Era un comunista convencido.

La oligarquía y el fascismo debían saber que había un pueblo dispuesto a enfrentarlos, política y valientemente. Quizás nos habló media hora, tras la cual los visitantes nos vimos en la calle, completamente desconcertados. Jaime Pardo y otros dirigentes de la UP estaban decididos a morir si era necesario. Ese día, por primera vez, nos preguntamos si no sería mejor pedir ingreso a las FARC e irnos al monte.

Recibí la noticia de su crimen en la madrugada del 12 de octubre, metido en la hamaca guerrillera, en algún lugar de la Sierra Nevada de Santa Marta, como integrante del Frente 19, a las órdenes de Adán Izquierdo. Recordé aquella visita y especulé ingenuamente que los que habíamos tomado las armas estábamos más seguros, al menos vivos. Jaime Pardo había sido además mi profesor de derecho penal colombiano en la Universidad Nacional.

Lo había vuelto a encontrar en la campaña de 1986, en el hotel Sicarare, de Valledupar. Se sorprendió gratamente cuando me vio haciendo parte de la dirigencia de la UP en el Cesar. Conversamos amigablemente sobre política y los tiempos comunes en la Universidad. Luego lo acompañamos a la Plaza Alfonso López, donde pronunció un discurso memorable sobre la necesidad de la paz y la apertura democrática en Colombia.

Al día siguiente, lo llevamos por tierra hasta Barranquilla, donde tomaría el vuelo a otra ciudad. En cuanto los viajeros fueron llamados a abordar, unos policías nos encimaron en la misma sala de espera, intimándonos a una requisa. Su hostilidad era evidente. Seguro nos observaban desde antes, sabían que éramos de la Unión Patriótica, lo que les daba licencia para agredirnos. Siempre era así, en cualquier lugar.

35 años después recuerdo con nostalgia al maestro. Su vida y muerte abonaron el camino de la paz y el cambio, que comenzó a materializarse con los Acuerdos de La Habana, y se hará irreversible con la firma de los acuerdos que faltan y que busca este gobierno. Estamos con Petro.