Juegos de guerra

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Federico García Naranjo
@garcianaranjo

Se está llevando a cabo la décima edición de los ejercicios militares Southern Seas. En estos, tres navíos de guerra estadounidenses encabezados por el portaviones George Washington “juegan” a la guerra naval con las armadas de siete países aliados, entre los que está Colombia. A finales de este mes, los ejercicios tendrán lugar en aguas colombianas.

Los ejercicios Southern Seas se realizan desde 2007 bajo la coordinación del Comando Sur de los Estados Unidos y, como todo entrenamiento de este tipo, tienen tres objetivos: mejorar la planificación militar estratégica, afinar la coordinación entre fuerzas armadas aliadas y servir como herramienta de disuasión o exhibición de fuerza, según las necesidades geopolíticas. Este último es el propósito que se persigue con los ejercicios Southern Seas 2024.

Estos juegos de guerra se enmarcan en un contexto de decadencia de la hegemonía global estadounidense. Con al menos tres frentes de conflicto abiertos en el mundo ─Ucrania, Palestina y China─, las potencias occidentales presencian aterradas su incapacidad para ganar las guerras que provocan, imponer los relatos que construyen y ganar en la competencia del libre mercado. Su dominación militar, cultural y económica está llegando a su fin.

Por su parte, Rusia y China se consolidan como el nuevo polo de gravedad de la geopolítica global. Ambos países, núcleo del BRICS, suscriben acuerdos de cooperación con países en África y América Latina, además, fortalecen vínculos comerciales y diplomáticos al margen del dólar y de las instituciones financieras occidentales. Un golpe mortal al monopolio del sistema financiero mundial que, hasta ahora, han ostentado el complejo militar industrial, las multinacionales petroleras y los yuppies de Wall Street y la City de Londres.

La reciente reunión de alto nivel entre los gobiernos de Colombia y Estados Unidos reveló que si bien los temas de la agenda bilateral siguen siendo más o menos los mismos ─narcotráfico, migración, seguridad─, el enfoque que se impuso fue el colombiano. Ello demuestra que, si bien se mantienen las formas de los acuerdos bilaterales (que siguen siendo una clara muestra de los alcances de la injerencia estadounidense en nuestro país), el contenido de esas formas es distinto.

El gobierno estadounidense sabe que, en el actual contexto político latinoamericano, con la mayoría de gobiernos progresistas o de izquierda, no puede darse el lujo de distanciarse de su aliado histórico más fiel. Por eso, lo trata con cortesía. El Gobierno colombiano, por su parte, sabe que una de sus bazas más importantes es la internacional y, por ello, no está interesado en una relación hostil con Estados Unidos.

Ello, por supuesto, no significa que la presencia de un portaviones nuclear estadounidense fondeado en la bahía de Cartagena no sea una amenaza. El genocidio en Palestina es un espejo de lo que puede suceder aquí en caso de una escasez global de agua, por ejemplo, y las potencias vengan por el Amazonas. Es mejor que esos aparatos estén lo más lejos posible de nuestras costas. Vamos, gringo, ¡lárgate!

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