Para comprender la problemática actual de Venezuela, es esencial entender las circunstancias históricas de América. La construcción de la democracia y el modelo republicano de gobierno han sido los grandes desafíos de las naciones de este hemisferio.
Fernando Enríquez
Tras las guerras de independencia, hacia mediados del siglo XIX, el siguiente paso fue buscar el reconocimiento internacional de estas independencias. Para lograrlo, era necesario materializar el concepto de Estado-Nación, presentándose ante el mundo como entidades autónomas y soberanas, con todos los atributos necesarios para ser reconocidas como países.
El fin del conflicto armado en América Latina dio paso a un complicado conflicto diplomático, en el cual las nuevas naciones buscaban el reconocimiento formal de países como España. En el caso de Venezuela, fueron necesarios doce años de intensas negociaciones hasta que, el 30 de marzo de 1845, se suscribió el Tratado de Paz y Reconocimiento, mediante el cual España aceptó a Venezuela como una nación libre y soberana. Este reconocimiento no solo representaba la aceptación en la comunidad internacional, sino que también señalaba el inicio de un arduo proceso para construir una estructura estatal que reflejara la nueva independencia.
Construcción del estado nación
La estructuración de un país, entonces, no es un proceso espontáneo ni sencillo; es una construcción histórica llena de vicisitudes y retos. Planificar una nación tras 500 años de colonización implica no solo establecer instituciones y leyes, sino también enfrentar y superar las profundas huellas culturales y sociales dejadas por la colonización.
Los patrones heredados del pasado colonial siguen influyendo en la realidad actual, y muchos países en América Latina continúan lidiando con estos legados. Por lo tanto, la verdadera independencia y desarrollo requieren un esfuerzo continuo para transformar y adaptar las estructuras heredadas, evidenciando que la construcción de una nación es un proceso dinámico y complejo.
En este contexto de construcción nacional, otro desafío crucial para las naciones emergentes fue desarrollar una matriz económica capaz de financiar al Estado. Venezuela, al igual que muchas otras naciones latinoamericanas, comenzó como una economía esencialmente agropecuaria, una característica común hasta la década de 1920. Fue en este periodo cuando se inició la explotación de los recursos petroleros del país. Sin embargo, Venezuela carecía de la tecnología y la infraestructura necesarias para gestionar de manera autónoma la explotación del petróleo. Esto llevó a una creciente entrada de capital extranjero, acompañado de una alianza estratégica entre las élites políticas y las empresas internacionales para manejar la riqueza petrolera que yacía en el territorio venezolano.
Economía y petróleo
Así, la transición hacia una economía basada en el petróleo no solo transformó la base económica del país, sino que también introdujo nuevas dinámicas de poder y dependencia. La llegada del capital extranjero y la colaboración con las élites políticas reflejan cómo, a pesar de la independencia formal, las nuevas naciones aún debían enfrentar desafíos significativos para consolidar su soberanía económica. Este proceso, marcado por la intersección de intereses nacionales y extranjeros, subraya la complejidad de construir una nación y gestionar sus recursos en un contexto de transformación y adaptación continuas.
Con la llegada de la extracción petrolera, Venezuela experimentó una abundancia económica sin precedentes, pero también una notable desigualdad en la distribución de la riqueza. Las élites económicas y políticas, que controlaban tanto la riqueza como el poder, fueron las principales beneficiarias de las bonanzas del petróleo, mientras que las desigualdades en Caracas se hicieron más evidentes. Comparada con Bogotá en las décadas de 1970 y 1980, Caracas destacaba por su desarrollo, incluyendo un metro subterráneo en funcionamiento desde 1983, un proyecto postergado desde 1940. Esta modernización reflejaba el impacto positivo del petróleo, pero también acentuaba el contraste con el desarrollo más lento en otras ciudades. Además, el acceso facilitado a combustibles impulsó la demanda de vehículos y atrajo capital transnacional, pero también profundizó las divisiones sociales, evidenciando cómo la riqueza generada no se tradujo en una equitativa mejora para todos los ciudadanos.
Chaves inaugura una nueva época
En el ámbito político, Venezuela vivió una creciente turbulencia desde el inicio de la dictadura militar en 1952, que se prolongó hasta 1958. Con el fin de la dictadura, emergió el puntofijismo, un pacto político que estableció un frente nacional en el que las élites se alternaban en el poder y compartían la administración del petróleo con las multinacionales, mientras el pueblo seguía sin beneficiarse de esta riqueza. Este sistema provocó intentos de subversión armada y convirtió a Venezuela en un estado represor, creando una crisis insostenible que culminó el 27 de febrero de 1989 con el Caracazo, una revuelta popular que exigía la democratización de la riqueza petrolera y el fin de la hegemonía política de los partidos Acción Democrática (AD) y Partido Social Cristiano (COPEI).
En este contexto de descontento y represión, Hugo Chávez emergió como figura destacada, liderando un intento de golpe de estado el 4 de febrero de 1992, que fracasó y resultó en su encarcelamiento. Esta serie de eventos reflejaba las profundas tensiones sociales y políticas derivadas de una estructura económica desigual y un poder concentrado en pocas manos.
La crisis venezolana solo podía superarse mediante una apertura democrática, y esa fue la tarea que Hugo Chávez se propuso desde el 26 de marzo de 1994, cuando recuperó su libertad. La profunda desigualdad y el clamor por una alternativa de gobierno llevaron a la elección de Chávez como presidente en 1998. Su ascenso al poder marcó el inicio de un gobierno de corte popular que se comprometió a transformar la estructura política y económica del país.
Una de sus primeras y más significativas acciones fue la nacionalización del petróleo, una medida audaz que retiró el control y los beneficios de las élites y multinacionales para convertir la riqueza petrolera en un bien común. Esta decisión reflejó su intención de redirigir los recursos del país hacia el bienestar general y abordar las desigualdades persistentes, señalando el comienzo de una nueva era en la política venezolana que buscaba reconfigurar el equilibrio de poder y redistribuir la riqueza nacional.
Antiimperialismo y soberanía
A raíz de sus decisiones antiimperialistas y su firme defensa de la autodeterminación y soberanía nacional, el gobierno de Hugo Chávez enfrentó un vehemente intento de desestabilización por parte del capital extranjero y las fuerzas políticas de élite que habían dominado la riqueza venezolana durante décadas. Esta resistencia se tradujo en sanciones económicas internacionales, que impusieron un bloqueo injusto a Venezuela.
Las sanciones elevaron los costos de importación de alimentos y restringieron los acuerdos comerciales, exacerbando las dificultades económicas del país. En respuesta a estas presiones, Venezuela ha buscado aliados en naciones que se oponen a la hegemonía de Estados Unidos, como Rusia y China. Estos países han sido fundamentales para contrarrestar las sanciones y fortalecer la posición de Venezuela en un contexto internacional adverso, apoyando el gobierno venezolano en su lucha por mantener la soberanía nacional frente a la presión externa.
Además del bloqueo comercial, Venezuela ha padecido el embargo de sus cuentas internacionales, actualmente secuestradas y codiciadas por élites que perdieron el control hace años y ahora intentan recuperar su poder. En este contexto, no está en juego la democracia en Venezuela, sino el control de sus recursos naturales y su riqueza petrolera. Esta situación podría desencadenar un escenario de violencia que amenazaría con desbordarse y arrastrar a la región a un conflicto similar al del Medio Oriente, una realidad que no merece ser vivida.
Diversas voces, algunas más influyentes que otras, claman por la paz en Venezuela. Quienes exigen democracia hoy son los mismos que han negado la libertad, bloqueado y embargado al país, y causado un éxodo forzado mediante sanciones arbitrarias. Estos actores, que cínicamente hablan en nombre del pueblo, deben entender que el verdadero acto de democracia es levantar el bloqueo, cesar el embargo y respetar la autodeterminación de Venezuela sin desestimar un acuerdo nacional que lleve a la reconciliación de las posturas políticas. Solo así se podrá avanzar hacia una paz genuina y duradera.