Shell se retira de Colombia

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Diana Carolina Alfonso

Este lunes Vicky Dávila tuiteó: “Se va la Shell de Colombia. Este gobierno se propuso acabar con la industria petrolera y ha hecho mucho daño”.

Pese al despecho apátrida hay que recordar sus crímenes corporativos, como la contaminación del Delta del Níger entre 2008 y 2009, litigios por contaminación en Irlanda, Pennsylvania y Brasil, y un exterminio indígena contra los Murunahua en Perú.

La salida de Shell de Colombia marca un episodio que trasciende lo empresarial y toca el corazón de la política energética del país. La multinacional británica decidió vender su participación del 50% en los bloques Fuerte Sur, Purple Angel y COL-5, todos en el Caribe colombiano, donde junto a Ecopetrol se habían registrado algunos de los descubrimientos de gas más relevantes en la última década. Kronos en 2015, Purple Angel en 2017 y Gorgon-1. Habían alimentado la expectativa de consolidar una nueva provincia gasífera en aguas profundas. En 2022, el pozo Gorgon-2 ratificó la presencia de reservas significativas.

Según Shell, los volúmenes encontrados resultaron insuficientes frente a la magnitud de las inversiones necesarias. El argumento de inviabilidad económica es la justificación oficial, pero no puede leerse de manera aislada. La compañía se retira y deja a Ecopetrol conduciendo un sector estratégico, justo cuando el país enfrenta el dilema de asegurar su autosuficiencia energética en los próximos años.

A esto se suma que el gobierno estadounidense ha exigido el retiro progresivo de los capitales anglo sobre el Caribe para avanzar en su guerra económica. En abril de 2025, el gobierno de Trump revocó licencias para operaciones de gas natural en aguas venezolanas, específicamente afectando a Shell (campo Dragon) y BP. Estas acciones formaban parte de una estrategia de extorsión hacia el gobierno de Venezuela, sacrificando su dogma de cabecera: el “libre mercado”.

En este momento, Colombia pasa de contar con la presencia de casi todas las grandes petroleras del mundo, usurpando el crudo a costos colonial, a depender hoy de la permanencia de Petrobras y de Ecopetrol con el proyecto Sirius. Según algunos, sin un socio con músculo tecnológico y financiero como Shell habrá mayores riesgos.

La seguridad energética del país queda, por vez primera, en manos de la gestión nacional. La narrativa corporativa dibuja un escenario de orfandad en la transición energética, que “difícilmente se llenará sin alianzas internacionales sólidas”, tal como afirman los lavapiés de las multinacionales.

La retirada de Shell sintetiza la fragilidad de un modelo dependiente del capital anglo, dispuesto a huir con las manos engrasadas cuando la competencia por la hegemonía mundial tambalea. Quizá tendríamos que dinamizar una red regional de hidrocarburos que nos permita responder a las operetas de Estados Unidos o el Reino Unido, tal como lo intentó Chávez con Petrocaribe veinte años atrás.

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