¿Y qué hay de los estudiantes?

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Inéride Álvarez Suescún

En las columnas anteriores me he referido al trabajo que están realizando las y los profesores durante la pandemia, por esto y más, toda mi la admiración, reconocimiento y agradecimiento. En esta oportunidad dedico las siguientes líneas a las y los estudiantes, que como bien lo inmortalizaron la gran Violeta Parra y Mercedes Sosa “… rugen como los vientos / Cuando les meten al oído / Sotanas y regimientos…”

De los estudiantes lo que he podido observar, es su gran paciencia e interés por seguir aprendiendo en la escuela, el colegio o la universidad, en las condiciones que la pandemia los llevó y en las que cada uno (a) puede y tiene. ¡Qué injusto! Afirma la Unesco (2020) que en el contexto de la pandemia de la covid-19, “alrededor del 40% de los países de ingresos bajos y medios-bajos no han prestado apoyo a los alumnos desfavorecidos durante el cierre temporal de las escuelas”, lo que obviamente ha exacerbado la exclusión.

Los y las estudiantes que han podido continuar con sus estudios desde casa, también son de admirar. Y no me voy a referir a los más pequeños que, con ayuda de su mamá, papá o algún adulto responsable continuaron sus clases del jardín (se merecen muchos aplausos), me voy a referir a las y los jóvenes de los colegios y universidades que se han mantenido en sus clases durante estos seis largos meses. Estudiantes que sin saber manejar las TIC para aprender (las usan muy bien para otras cosas, pero no necesariamente para estudiar y aprender), hoy manejan a la perfección Zoom, Classroom o Hangouts, solo por mencionar algunas herramientas de comunicación, pasando por programas específicos usados en la enseñanza y el aprendizaje de algunas disciplinas, aplicaciones para hacer presentaciones interactivas, edición de videos, entre otras.

¡Chicos y chicas que pueden tener tres clases durante el día o hasta ocho! Jóvenes que en casa comparten la red de internet con más de dos familiares; en algunos casos, más de cinco y que ahora extrañan su privacidad, la complicidad del encuentro en el salón, en la cafetería, el pasillo; que estarían dispuestos a canjear algo muy preciado, por estar algunas horas sin papá o mamá. No pretendo ofender, pero esto de estar 24/7 todos juntos, ha tenido sus bemoles. No ha sido una experiencia fácil. ¿Qué adulto que está leyendo estas líneas envidia los meses de encierro que han tenido estas generaciones? ¿A su edad, ustedes que estaban haciendo?

Esperemos que de esta experiencia saquemos un saldo pedagógico positivo. Es lo mínimo que podemos hacer, aprender algo. Muchos con la apertura paulatina de sectores de la economía, esperan con ansias el regreso al colegio o a la universidad y, no necesariamente porque estén muy interesados en recibir las clases y escuchar a las y los profesores, de seguro también, pero quieren regresar porque extrañan a sus iguales, sus amigos, amigas, compañeros, compañeras, los lugares que para ellos y ellas tienen un significado (porque lo han construido), quieren regresar al lugar del encuentro con los otros donde son ellos y se construyen en relación con esos otros.

Estimada estudiantina, para ustedes también va un inmenso gracias, porque han sido comprensivos, han demostrado que pueden y porque a su vez, han sido irreverentes. Sin ustedes no hay colegio ni universidad, la crisis lo demostró y temblaron las instituciones y el sistema educativo.

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