¿Votar o resistir?

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Movilización social en el Monumento de Los Héroes en Bogotá en el pasado paro nacional. Foto Sophie Martínez

Ante la expectativa de las elecciones en 2022, se debate sobre la necesidad de que las fuerzas movilizadas durante el paro se encaucen a través de una propuesta electoral o se mantengan en resistencia

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Las fuerzas desatadas por el paro nacional todavía no han sido comprendidas en su complejidad por la academia, los políticos e incluso por los propios manifestantes. Lo que comenzó el 28 de abril -al menos como referencia más inmediata- no fue un paro en estricto sentido de la palabra, es decir, una huelga clásica donde se detiene la producción para presionar a los patronos o al Gobierno sino algo de mucho más alcance.

Tan complejo es lo que está sucediendo que no nos ponemos de acuerdo en cómo llamarlo. ¿Paro? ¿Movilización? ¿Resistencia? Tal vez cada una de estas palabras defina parte de lo que ha sucedido en Colombia, pero ninguna es capaz de integrar todos sus aspectos. Es decir, nos encontramos ante un fenómeno nuevo y complejo.

Sin duda, lo ocurrido desde el 28 de abril ha sido la más importante, sostenida y masiva movilización ciudadana en la historia de Colombia. Un paro como tantos otros, convocado legítimamente por el Comité Nacional de Paro, desbordó rápidamente las expectativas de todos: los convocantes, el Gobierno, los medios y los propios manifestantes. La misma dinámica del paro demostró que el país se encontraba ante algo desconocido. Los medios no atinaban -y no atinan todavía- a explicar lo sucedido más allá del gastado libreto de los bloqueos y el desabastecimiento. El Gobierno y la ultraderecha balbuceaban que detrás estaba Maduro, luego Petro, luego Rusia y ahora pretenden mostrar a la Primera Línea como un grupo criminal.

El CNP y los manifestantes tampoco lograron establecer un mecanismo de representación que permitiera tener una vocería eficaz en las conversaciones con el Gobierno y pronto fue evidente cómo muchos de quienes estaban en la resistencia no se sentían identificados con el Comité, por lo que decidieron organizar asambleas populares. Lo cierto es que el problema no ha sido el CNP ni tampoco el carácter de la manifestación. El problema es que el paro nacional ha sido un fenómeno social propio del siglo XXI mientras el CNP, los medios, el Gobierno y la academia continúan -¿continuamos?- tratando de interpretarlo con lógicas del siglo XX.

Poder constituyente y constituido

En este punto es útil traer a colación al autor italiano Antonio Negri quien propone las categorías poder constituyente y poder constituido. Para Negri, el poder constituyente se expresa cuando espontáneamente la ciudadanía decide superar los tradicionales marcos de representación y avanzar hacia el ejercicio directo del poder. Cuando este se expresa, la ciudadanía trastoca todo el orden existente, critica las instituciones, desobedece a la autoridad y ejerce directamente su derecho. El poder constituyente es una fuerza revolucionaria que destruye y transforma.

El poder constituido es el poder institucionalizado, materializado en unos organismos de gobierno y unos ámbitos de representación. En nuestro régimen liberal representativo, ese poder constituido adquiere la apariencia de democracia, sin entrar en el debate de qué tan democrático es.

El caso es que un poder constituyente pone en cuestión al orden establecido pero es un concepto crítico en sí mismo, es decir, desaparece cuando se realiza. Esto quiere decir que cuando el poder constituyente logra su cometido -acabar con el orden establecido- inmediatamente desaparece para dar paso a otro orden, es decir a un poder constituido.

El paro constituyente

El paro nacional sin duda ha sido un espacio donde el poder constituyente del pueblo colombiano se ha ejercido. Los puntos de resistencia, las ollas comunitarias, las manifestaciones y hasta los tropeles con la policía han sido expresiones de una inconformidad generalizada que ya no se expresa en reclamos puntuales sino en demandas por el todo.

En ese sentido, el paro tiene más similitudes con lo ocurrido en Argentina en diciembre de 2001 cuando la ciudadanía exigía “que se vayan todos”, es decir, un reclamo no porque la clase dominante ejerciera su poder correctamente sino por el cambio de esa clase dominante.

Si bien la actitud indolente y sorda del Gobierno contribuyó a que se radicalizaran los ánimos y que por ejemplo el CNP se levantara de la mesa ante la estrategia dilatoria de su contraparte, tampoco las decisiones tomadas por el Gobierno en sintonía con el paro -como el retiro de las reformas tributaria y de la salud- sirvieron para aplacar los reclamos de la ciudadanía. El sostenimiento del paro demostró que la reforma tributaria no había sido sino la gota que derramó el vaso y que las exigencias ciudadanas no se agotaban allí.

Muchos analistas han pretendido identificar posibles “vías” para resolver esta situación. Se habla de la “vía chilena” -una constituyente-, la “ecuatoriana” -que todo siga igual-, la “peruana” -que la situación de crisis se estanque-. No obstante, la pretensión de indicar “vías” de actuación parece repetir el modelo caduco de analizar la situación desde criterios del siglo XX cuando los intelectuales presumían de “orientar” a las masas desconcertadas.

Hoy no, hoy la ciudadanía no está esperando que los intelectuales digan qué hacer, al contrario, ha decidido asumir la iniciativa y representarse a ella misma.

El problema de la representación

Agotadas las instancias de diálogo con la institucionalidad, desvirtuadas las figuras de representación -como el CNP o los congresistas de la oposición- y desbordada la fuerza ciudadana en busca de un nuevo orden social más justo, se ha abierto un interesante debate sobre el significado de que la indignación se pueda encauzar a través de la lucha electoral de 2022. En otras palabras, existe la preocupación de que el poder constituyente -conmovedor, emocionante y contundente- que el pueblo colombiano ha ejercido los últimos meses termine cayendo en la trampa de la competencia electoral y se pierda todo su impulso transformador.

Hay quienes llaman a mantener indefinidamente la resistencia y a no dejarse llevar por los cantos de sirena de la trampa electoral. Sostienen que la fuerza desatada durante el paro no debe encauzarse ni contenerse sino por el contrario mantenerse hasta conseguir la victoria total.

Olvidan tres cosas quienes de buena fe llaman a mantener el paro. Primero, que una movilización es agotadora y no puede extenderse sin límite pues la gente tiene que volver a su cotidianidad. De eso se aprovechan las autoridades para “cansar” a los manifestantes y obligarles a reducir sus expectativas. Segundo, que ningún intelectual ni académico ni líder político va a decirle a los manifestantes qué hacer. El propio Gustavo Petro fue muy hábil y prudente al no presentarse como el vocero del paro y limitarse a sugerir acciones, lo que al final consolidó su liderazgo. Pretender liderar el paro hubiese sido suicida.

Y tercero, que el paro, como ejercicio de poder constituyente, es por definición limitado en el tiempo porque o bien se desmoviliza y se disuelve, o bien logra transformar el orden existente y entonces se convierte en poder constituido. Consolidar los cambios a través de las elecciones no es ingenuidad. No se trata de confiar en una supuesta “buena política” que no existe ni advertir que si el paro se pone a hacer política se va a corromper.

No debe caerse en simplismos que condenan o endiosan lo electoral. No es algo de lo que se deba huir, pero tampoco será la victoria final. Se trata de avanzar en todas las formas de lucha: el paro, la huelga, la movilización y, cómo no, las elecciones.