Vacíos y peligrosos

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Enrique Peñalosa, Alejandro Char y Federico “Fico” Gutiérrez

La fotografía entre Peñalosa, Gutiérrez y Char es el más reciente intento de la clase dominante para presentarse como una renovación con miras a 2022. Su aparente independencia y los supuestos conocimientos técnicos son en realidad una fachada que oculta su verdadero carácter autoritario y neoliberal

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

El ajedrez político en Colombia sigue moviéndose. Como lo hemos registrado en estas páginas, los diferentes sectores están adelantando reuniones para discutir la forma de constituir alianzas y convergencias con miras a las elecciones presidenciales del año próximo. De momento se distinguen claramente tres corrientes ideológicas que, con mucha probabilidad, llegarán con candidaturas propias a la primera vuelta en mayo de 2022: Una de izquierda y centroizquierda alrededor de la propuesta del Pacto Histórico, otra de centroderecha -Alianza Verde, Dignidad, liberales disidentes y Sergio Fajardo- y una más que buscará reunir a las fuerzas de derecha y ultraderecha.

En esta última se encuentra, claro está, el uribismo más recalcitrante agrupado en el Centro Democrático, acompañado del Partido Conservador, los partidos cristianos, el sector mayoritario de Cambio Radical liderado por la familia Char, la mayoría del Partido de la U y algunas figuras que, a título individual, compiten por la designación a la candidatura presidencial. La semana anterior, el país fue testigo de la presentación en sociedad de la más reciente de las propuestas de esta corriente, que ofreció al electorado un ramillete de personalidades carismáticas destinadas a cambiar ahora sí, de una vez y para siempre, la forma de hacer política en Colombia.

La trampa de la independencia

Comparten ellos las siguientes características: son hombres blancos heterosexuales, se presentan como técnicos más que como políticos y para probarlo exhiben su experiencia como alcaldes de sus respectivas ciudades, Bogotá, Medellín y Barranquilla. Enrique Peñalosa, Federico Gutiérrez y Alejandro Char reeditaron esta semana una versión cómica de los “tres tenores” (Peñalosa, Mockus y Garzón), el trágico trío de exalcaldes que en 2010 dio origen a la llamada “ola verde”. Tras la pretensión de representar un nuevo liderazgo -el remedio predilecto de la derecha- los ‘nuevos’ tres exalcaldes pretenden ahora encarnar la esperanza de un país a la medida de la clase dominante.

El trino del viernes anterior que anunció la reunión de los tres prometedores exalcaldes, estuvo acompañado por unas declaraciones que, más que aclarar, dejaron entrever el verdadero carácter de esta iniciativa. Dicen los exalcaldes que su propuesta tiene un ‘perfil ciudadano’, es decir, repiten la fórmula utilizada por Carlos Fernando Galán en las pasadas elecciones a la Alcaldía de Bogotá, que consiste en distanciarse de los partidos políticos para venderse como representantes de una genuina y directa voluntad ciudadana.

En ese sentido, el anuncio de Gutiérrez y Peñalosa de no asistir a la ‘cumbre de exgobernadores’ es un indicio de que efectivamente quieren dar una apariencia de independencia a su candidatura. La tal ‘cumbre’ es una reunión que se llevará a cabo en la casa de Alejandro Char en Barranquilla, donde se encontrarán varios exgobernadores y líderes regionales para hallar una fórmula que haga contrapeso a la propuesta del Centro Democrático dentro de la corriente de derecha. De este modo, con un pie allí y otro allá, los exalcaldes mantienen un aspecto de independencia mientras continúan formando parte de la componenda que se está tejiendo en este sector político.

La trampa de la tecnocracia

Desde finales del decenio de 1960, en todo Occidente se planteó la necesidad de cambiar el perfil de los servidores públicos, para que dejaran de ser simples cuotas burocráticas de los políticos y se convirtieran en funcionarios eficientes, piezas funcionales al engranaje institucional. Fue el debate sobre los ‘técnicos’ en la política.

La modernización del Estado, las políticas de bienestar y el tránsito hacia el desarrollo -paradigmas de aquella época- requerían un funcionariado autónomo que obedeciera a las lógicas públicas y no solo a los intereses políticos. Por ello se insistía en la conveniencia de que los políticos, además de conocimientos y destrezas en la competencia electoral y la gestión clientelista, también tuviesen una formación “técnica” que les permitiera tomar decisiones racionales y eficientes.

A partir de los años noventa, la desaparición del socialismo real y la expansión neoliberal condujeron a una desideologización del debate político, a una decadencia de los partidos y, en general, a una crisis de la relación de las personas con lo público. La mercantilización llegó a espacios que antes eran ajenos a las lógicas del mercado y la política electoral fue uno de ellos. Así, el político dejó de representar un proyecto de país para convertirse en un producto de marketing hecho a la medida de las necesidades de un electorado convertido por los medios en público consumidor. Es el político light, el outsider, el antipolítico, el que no polariza y no dice nada para no ofender a nadie.

La trampa es que ese vacío en la propuesta se maquilla bajo la apariencia de un conocimiento técnico que supuestamente supera -moralmente y en la práctica- al conocimiento del político tradicional. Lo supera en el terreno moral porque es imparcial, está motivado por principios modernos y no obedece a mezquinos intereses clientelistas sino a una auténtica racionalidad. Lo supera en la práctica, además, porque es más eficiente, conduce a mejores resultados y en ese proceso contribuye a la legitimidad del Estado. De este modo, el antipolítico no hace política porque, supuestamente, está muy ocupado haciendo gestión eficiente.

Por eso muchos de estos antipolíticos insisten en presentarse como profesores, pretendiendo así representar una alternativa ‘ilustrada’ y ‘limpia’ a la corrupción. Por ejemplo, Mockus y Fajardo ostentan sin pudor sus títulos académicos -ambos son doctores en Matemáticas- al punto de que diseñaron su imagen como una versión criolla del platónico ‘rey filósofo’, y Peñalosa erigió buena parte de su prestigio sobre numerosos títulos académicos que luego resultaron ser falsos. En cualquier caso, el conocimiento técnico y académico se convierte en parte del reclamo publicitario que constituyen este tipo de políticos. El problema es que no es más que eso: una estrategia de propaganda.

Tres tristes

Peñalosa, Gutiérrez y Char, por supuesto, no representan en lo más mínimo una renovación, ni siquiera en la lógica de la propia derecha. Su apuesta por presentarse como independientes y ‘técnicos’ no es más que un maquillaje que oculta su talante neoliberal y su carácter profundamente reaccionario. Su discurso es vacío, transita por lugares comunes como “lo que de verdad le importa a la gente” y se construye sobre el miedo al diferente con expresiones vacías pero impactantes del tipo “el riesgo del petromadurismo”, como advirtió Gutiérrez en una entrevista reciente.

No obstante, su mejor carta de presentación es, irónicamente, su propia experiencia como alcaldes. Todos ellos fueron elegidos con el apoyo de poderosos clanes políticos, siendo alcaldes ayudaron a desmantelar lo público, favorecieron al capital privado, adelantaron dudosas políticas de seguridad y aumentaron la pobreza y la exclusión. En otras palabras, son excelsos representantes de la derecha y de la clase dominante de este país, autoritarios, neoliberales y corruptos. Por más que intenten venderse como renovadores, la verdad es que representan todo aquello que el país quiere dejar atrás.

Podrán intentar engañarnos, pero el pelaje marrón se les nota demasiado bajo la piel de oveja. Están pillados.

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