Uruguay: De ser el primero a ser el último

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Germán Ávila

Durante varios años, Uruguay se destacó por su alta calidad de vida respecto a los demás países de la región. Esto, sin duda, ha sido producto de la herencia que tiene como profunda base los valores fundacionales del país. Uruguay se pareció muy poco a otros países cercanos, aún cuando también sufrió la infamia del Plan Cóndor.

Este país, que sostiene su población sobre los tres millones de habitantes desde hace varias décadas, sufrió con rigor la crisis que se desató en Argentina y con la que se inauguraba el nuevo milenio en el Cono Sur. Su poca población se vio diezmada aún más por la impresionante ola de emigración que se desató en esos años.

Luego llegó el cambio y el Frente Amplio asumió el gobierno y logró estabilizar la economía y durante algo más de 15 años se generó un crecimiento sostenido con una enorme distribución de la riqueza y políticas sociales robustas.

No hay que hacer un gran esfuerzo para ver que no a todo el mundo le agrada esta realidad y que incluso, dentro de los beneficiarios de las bondades de un Estado protector, se alberga la idea de que el neoliberalismo es la mejor opción.

Por un estrecho margen ganó la derecha en las presidenciales. El Frente Amplio sigue siendo el partido más grande y fuerte del sistema político uruguayo, pero no le dieron los números para derrotar a la coalición de todas las otras fuerzas, las de derecha tradicional y algunas otras nuevas que se sumaron, unas venidas de las nostalgias de la dictadura y otras de sectores que se separaron del Frente durante los años de gobierno.

Al nuevo gobierno le tocó estrenarse con la pandemia, Luis Lacalle asumió como presidente el primero de marzo de 2020 y el 13 del mismo mes se anunciaron los primeros cuatro casos del virus en territorio nacional.

Lo que vino luego, y por lo que el Uruguay sonó nuevamente a nivel mundial, fue por la baja incidencia del virus en su población. Los vecinos estaban a reventar con la emergencia, debatiéndose entre el lockdown y la “salvar” la economía. Mientras en Uruguay, su joven presidente se veía en traje de neopreno surfeando sobre las bajísimas cifras de contagio en el país.

Luis Lacalle sacó pecho en la prensa internacional, que vio sorprendida cómo en Montevideo, una ciudad capital, la vida transcurría con relativa normalidad, la vieja normalidad. En la calle casi nadie usaba el despreciado tapabocas y en los bares y pub´s se veía a la gente departiendo alegre a menos de dos metros de distancia los unos de las otras.

Se generó una explicación que terminó creyéndose como dogma de fe: La singularidad uruguaya. Así se le llamó al caso, “debe ser algo en el aire”, “capaz alguna cosa que nos dan de chicos”, “y alguna cosa debemos tener para que no nos haya dado tan fuerte”, “pasa que a nosotros nos vacunaron con la triple viral, y eso debe ser lo que nos funcionó”.

Muy poca gente atinó a buscar la razón de esta excepcionalidad donde estaba, en las condiciones objetivas del entorno, que será algo a lo que luego se le dedicará una nota especial.

De un momento a otro el hinchado y broncíneo pecho del presidente se desinfló cuando las cifras de contagios en Uruguay subieron de una forma exponencial en cuestión de semanas. Mientras que entre los primeros 4 y los primeros 100 positivos habían pasado alrededor de 240 días, entre esos 100 y los 200 pasaron 10 días, y entre los 200 y los 300 pasaron 4 días y entre los 100 y superar la barrera de los 1000, pasaron menos de dos meses.

Más allá de cualquier consideración ideológica, estas cifras dieron al traste con el tema de la singularidad uruguaya y se supo que el rey iba desnudo. Entonces sí había condiciones objetivas que determinaban la incidencia de los contagios y que no estaban siendo controladas, por lo que se produjeron esos primeros desbordes.

Pero la desnudez del rey tampoco fue asumida como tal, y el monarca decidió mantenerse con sus vergüenzas al aire, porque justo en el momento en que los contagios subían a lo más alto, las negociaciones con las farmacéuticas estaban en pañales, contradicciones al interior del gabinete hacían que el presidente desautorizara en la rueda de prensa de la tarde lo que el ministro de Salud había dicho en la de la mañana, y así transcurrieron valiosas semanas, que se tradujeron en decenas de vidas perdidas.

Por ejemplo, se presentaron documentos que dieron cuenta de que se estaba negociando vacunas de Zinovac con una empresa fantasma que ya había sido denunciada por el gobierno chino por realizar contactos y negociaciones sin autorización. Las explicaciones no convencieron.

Lacalle se negó a tener en cuenta la Sputnik V por razones difusas, que dejan más margen a sospechar de lo ideológico o al menos lo político, (como si Rusia fuera igual a Cuba o algo por el estilo) que por razones médicas. Todo esto aún cuando cada día más Pfizer-Biontec dejaba de ser la mejor opción, no solo por los requerimientos de almacenamiento en ultrafrío, sino por los constantes y cada vez más sonados incumplimientos a sus compradores.

Entre una cosa y otra, incluso la maltrecha y vejada Colombia recibió primero las vacunas que Uruguay. De hecho, solo Haití, que está en medio de una guerra civil y con el presidente Moïse con pie afuera de su cargo, está en un atraso semejante en la vacunación de su población.

Las primeras vacunas ya llegaron a Uruguay, ahora el sistema de salud se hará cargo de su administración y aun en medio de grandes dificultades presupuestales, el país irá recibiendo poco a poco la inmunización, pero el saldo de la gestión para adquirirlas y manejar la pandemia por fuera del espectro de la sospecha y la fe, han hecho que Uruguay pase de ser el primero en la región, a ser el último en menos de un año. Cosas del capital.