Unir al país por abajo

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Luis Jairo Ramírez

Los acercamientos y acuerdos entre el precandidato del Pacto Histórico, Gustavo Petro y personajes oscuros y controvertidos como el senador Armando Benedetti, el pastor cristiano Alfredo Saade y últimamente con el exalcalde y exgobernador de Antioquia Luis Pérez Gutiérrez han generado un interesante debate, que pone en el centro el carácter de las alianzas en el campo democrático y de izquierda.

Este no es un debate nuevo, en 2006 fuerzas independientes conformaron el Polo Democrático Alternativo, PDA, y en medio del desprestigio de la política tradicional el Polo emergió como un movimiento fresco y atractivo políticamente; pero llegaron figuras poco recomendables como Samuel Moreno de la Anapo y Javier Enrique Cáceres del Partido Liberal.

Ambos terminaron en la cárcel, uno como protagonista de un escabroso y gigantesco escándalo de corrupción en la alcaldía de Bogotá y el otro condenado a nueve años de cárcel por vínculos con el paramilitarismo. Estos hechos resquebrajaron la credibilidad del Polo y sectores como el de Petro se retiraron y después varias fuerzas como el Partido Comunista también resultaron saliendo producto de la crisis política interna.

Ahora cuando el país transita experiencias como las del Acuerdo de Paz entre las FARC y el Estado colombiano; la rebelión popular nacional de abril, que estremeció los cimientos del régimen y los procesos de convergencia alternativa que cuestionan el sistema político y social dominante, surge y se fortalece una alternativa de amplia convergencia conocida ya como Pacto Histórico.

La política de los comunistas arropa los esfuerzos de convergencia en torno a los aspectos programáticos que están en el centro de la vida nacional. Hemos venido trabajando exitosa y conjuntamente en la coalición Colombia Humana-UP y, desde allí, en la construcción de un Pacto Histórico de amplio espectro político y social.

Ahora, también tenemos claro que una cosa es una alianza para un proyecto político de gobierno y otra cosa, muy distinta, es una negociación entre partes enfrentadas beligerantemente para una solución negociada del conflicto. El Acuerdo de Paz ha sido con una derecha, como la que representa Santos, que, sin embargo, no ha borrado su carácter sanguinario, profundamente excluyente y corrupto y que ahora se esconde tras la coalición de Centro Esperanza, que enarbola el modelo neoliberal, con su economía de mercado, los TLC, la flexibilización laboral y antisindical y no renuncia al tratamiento militar de los conflictos. Tan engañoso proyecto se inscribe también en la gavilla: “Todos contra Petro”, coincidiendo con el uribismo.

En el Pacto Histórico debe estar claro que la resistencia creciente contra políticos de dudosa reputación no se trata de “venganzas”, ni de proscribir “la opinión diferente”; es que no es posible aliarse con quienes promueven solapadamente la guerra; o la «reconciliación» con quienes, por acción u omisión, desde el Estado, encubren las masacres o el asesinato de líderes sociales. Es impensable vincularse con quienes han tenido alianzas probadas con los clanes del narcotráfico y el paramilitarismo y aún tienen deudas con la justicia.

La opción de gobierno alternativo debe partir de tener claro que representamos a los excluidos de siempre, las víctimas de la violencia, los trabajadores y campesinos, las etnias, las mujeres y los jóvenes. No podemos reducirnos a “las alianzas por arriba”. Así que bienvenidos los miles de liberales, conservadores y cristianos de abajo, de la base de la sociedad marginada.