Un superhéroe de la esperanza

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Bernardo Jaramillo Ossa. Foto archivo VOZ

VOZ reproduce las conmovedoras palabras del abogado Bernardo Jaramillo Zapata, hijo del recordado líder de la Unión Patriótica asesinado en 1990. Jaramillo Zapata hace un recorrido intimo sobre la vida de padre, además de invocar la vigencia de sus planteamientos para construir el cambio político

Bernardo Jaramillo Zapata

Cuando se cumplen 31 años del vil asesinato de Bernardo Jaramillo Ossa, mi padre, cometido el jueves 22 de marzo de 1990 – aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer – quien fuera senador electo por el departamento de Antioquia y candidato presidencial para la fecha de los hechos; me pregunto: ¿si su pensamiento y anhelo de una Colombia en paz y dignificada por la grandeza de su gente se ha materializado?, ¿si persiste en el imaginario de los colombianos la construcción de una sociedad diferente y más justa?, que no fuera indiferente a las necesidades de las grandes mayorías y al desarrollo de todo un país, donde se respetara siempre la propiedad y honra de cada persona, pero cumpliendo al mismo tiempo la materialización de todos los derechos que nos amparan.

En una nueva conmemoración de esta muerte tan lamentable para todo Colombia, escribo estas letras como un pequeño homenaje a mi papá justo cuando se cumplen más de tres décadas de su muerte. Y hablo sobre el hecho de que siempre tendré un dolorcito basal por su ausencia, así el grueso del duelo se haya superado ya, pues solo queda en mi la esperanza de que dichos anhelos se materialicen algún día para el bienestar de TODOS.

También recuerdo un par de anécdotas pues mi padre era tan humano como chistoso. Entonces este resultó ser un artículo casi de tragicomedia.

Siempre me dolerá su ausencia. Pero lo bonito del asunto es como habiendo sido una tragedia familiar, resultó ser también parte importante de la historia de mi país. Cómo la visión del hombre político y extraordinario ser humano que fue mi padre, pudo calar tan hondo en el respaldo de la sociedad y la política del país durante el mismo tiempo.

Mi papá murió el 22 de marzo de 1990 en Bogotá, Colombia, a la edad de 34 años, cuando fungía como Representante a la Cámara por el departamento de Antioquia y se desempeñaba como candidato presidencial por la UP y propendía por la unidad patriótica de toda la sociedad colombiana para encontrar caminos de paz y verdadera democracia.

Yo era un niño de escasos 8 años cuando asesinaron a mi papá; sin embargo, aún logro recordar nítidamente su voz, porque era un vozarrón difícil de olvidar; recuerdo su simpleza y a la vez la autoridad con que nos instruía a mi hermana y a mí, siempre lleno de amor y buen ejemplo para nosotros; e incluso creo recordar la desmedida pasión que le ponía a su trabajo, a su forma de vida. Quien terminó convirtiéndose en un audaz político, desde esa época en la que todavía se encontraba en el Urabá antioqueño, donde finalmente inició su carrera política, tan corta, pero a la vez tan colosal y proba. Y la obsesión de contribuir a la solución política del conflicto que vivía el país; que dicho sea de paso se siguen afrontando en la actualidad situaciones de amplia complejidad en los factores económicos, políticos y sociales.

Luego, me ha tocado también reconstruir la persona e imagen de mi padre por aquellos contemporáneos y compañeros suyos, quienes terminan por describir más al hombre que al ser político. Mi madre, quien es oriunda del municipio de Apía, Risaralda, recuerda como estando él a orillas del rio Apía, se quedó extasiado mirándolo y es que dijo: «qué va a hacer el hombre cuando se acabe el agua». Le gustaba jugar al futbol, aunque cuentan que no lo hacía muy bien; caminar con sus amigos de Manizales, andar en grupo y compartir sus cosas, siempre solidario con la causa ajena, reconociendo en el otro a su semejante, a su prójimo. Le gustaba escuchar música, los tangos sus preferidos, además de la salsa y el rock en español. Y acompañaba estos géneros musicales con aguardiente y baile.

Como lo dije anteriormente, lo que más disfrutábamos con él era jugar y reírnos, tenía un gran sentido del humor y “maldadoso”. Cuando venía a visitarnos desde Apartadó o desde Bogotá, disfrutaba de las historias que tenía para contarnos o de los obsequios que nos traía, carros de juguete que me enseñaba a manipular. En su época de campaña presidencial, disfrutaba viéndolo por la televisión, en sus entrevistas y debates, sabíamos que era una persona importante y querida por la gente del país. Algunos de esos juguetes que mi papá me dio, ahora los disfrutan mis hijos, Bernardo quien con mucha propiedad dice que se llama así en honor a su abuelo paterno y mi niña María Antonia que defiende a su abuelo porque fue un súper héroe de la esperanza en Colombia. Cosa que, guardando las debidas proporciones, fue real.

Recuerdo el día en que nos regaló una foto suya del estudio de la campaña presidencia, con una leyenda que reza: «Con todo cariño y para que no me olviden. Para mis hijos que tanto quiero. BJO. Bogotá, febrero del 90». Y exactamente al mes lo mataron.

Treinta y un año después, pienso que, si bien han cambiado muchas cosas en Colombia, el ambiente político y la represión contra los procesos alternativos a las costumbres políticas imperantes en el país se encuentra más enrarecido que nunca, y revisten condiciones similares a las de los años de mi padre. Situaciones que en su momento lo cambiaron a él de alguna manera.

A su tiempo, asumió nuevos debates ideológicos para abrirle paso a escenarios de amplitud y cambios sociales y políticos requeridos para avanzar hacia una plena democracia. Y aunque estuvo empeñado en llevar hasta el final la campaña como candidato presidencial por la izquierda, se planteó la idea de dar el debate ideológico necesario que permitiera abrir pasos a nuevos movimientos políticos, de mayor amplitud y pluralista, con visión integracionista latinoamericana. Era ese nuevo movimiento un proyecto político colombiano que se proyectaba hacía una propuesta social, ecológica, pacífica y humana.

Creería que, entre los mayores anhelos de mi papá, estaban la lucha consecuente por la paz; la lucha consecuente por la democracia, por el pluralismo y la tolerancia; la aspiración de practicar la política en el estricto sentido de la palabra; y generar movimientos amplios integrando a todos los estamentos de la sociedad. De manera particular, el amor a su tierra y a sus gentes, fue lo que lo llevó a no querer quedarse en el exterior, exiliado, sino permanecer en Colombia para salvaguardar las luchas de entonces, muy a pesar de condenar su propia existencia. Su empeño por la justicia social, la soberanía, la lucha por la vida, el amor al pueblo y su territorio y la apertura democrática en Colombia, reflejaron su talente en la escena política y social colombiana.

Mi padre decía que hay que fundir consignas rompiendo el abismo que hay entre la realidad y la imaginación, dándole un nuevo sentido a la vida, construyendo nuevos espacios para la alegría, destruyendo los rígidos muros del esquematismo partidista y haciéndonos ver que tienen igual validez la economía y la risa, la política y la poesía, el erotismo y la filosofía.

Treinta y un años después del asesinato de mi padre, insisto, creo que en algo ha cambiado el país, pero le diría a mi padre que todavía Colombia necesita resolver urgentemente la tremenda crisis social y política a que ha llegado por el desgobierno de estos lustros, la violencia irracional generalizada y la injusticia social para con la mayoría de los compatriotas. Que es la hora en la cual las fuerzas de la paz, el cambio y la democracia que están presentes en todo el país deben colocarse al frente para ofrecer a la patria una alternativa real de la transformación del actual estado de cosas. Creo que la anarquía se ha recrudecido; el pueblo está completamente abandonado; los desplazamiento son incontables; los falsos positivos se volvieron recurrentes; la recuperación de las tierras es un evento insuficiente; el proceso de paz tan anhelado por todos los colombianos ha sido muy obstaculizado; la presencia militar norteamericana y las bases de Estados Unidos agota los extremos; las reformas sociales no son apreciables; la matanza de líderes sociales son una exageración; y el país ofrece un caos pese al avance tecnológico que existe, y sigue siendo el país que acoge políticas en perjuicio de sus propios nacionales, sin condicionamiento alguno.

Y a pesar de que su magnicidio sigue en la impunidad, diría que en estos años ha habido circunstancias que quizá sirven para llenarnos de esperanza nuevamente. Esperanzas de cambio y progreso para la nación; así como el legado que me dejó Bernardo Jaramillo Ossa, un legado que se concreta en el valor porque estoy convencido que el valor es más contagioso que todo nuestro miedo y mi papá tuvo mucho valor, ante todo, ante la vida y ante la muerte; de ahí su célebre frase: “POR LA VIDA, HASTA LA VIDA MISMA”.

La muerte de Bernardo Jaramillo le causó al país un tremendo impacto emocional y político. Alrededor de su féretro se reunió el más grande movimiento de protesta y de ansiedad popular; su muerte oscureció el panorama nacional y con ella perdió Colombia, porque él mismo era la expresión de todo lo que debía ser corregido y superado en la política para aproximarse a lo que ética y estéticamente exige la nueva Colombia y la nueva democracia que ha ido creciendo. Perdió el campesinado y la clase obrera en general, que quedó en la completa orfandad al ser asesinado el líder de mayor carisma y popularidad en el momento. Perdió la niñez y la juventud, porque buscar en la juventud de mi padre es encontrar un hilo conductor que nunca lo abandonaría; todo en él era fresco, no tuvo tiempo de ser viejo, de tener otros estilos, de inaugurar formas de ser diferente, de ser frio o de manejar en detalle el cálculo político. Perdió su familia, sus dos hijos, sus amigos, sus camaradas, sus compañeros y sus seguidores, porque él pudo desarrollar y ampliar su pensamiento político como se dice, por el marxismo, pero fermentado en las barras de amigos de toda condición, frente a una copa de aguardiente, vivando la alegría y cantándole a la vida, enamorando corazones, madreando en las fiestas juveniles, en las cantinas de Urabá con los obreros o incluso en el recinto del Congreso de la República ante los honorables parlamentarios y la opinión pública.

En conclusión, Colombia perdió una mente abierta y brillante, un ser humano con el cual iba a prevalecer el beneficio colectivo; con su asesinato nos arrebataron la oportunidad de un cambio social, de una renovación política y, a su vez, asesinaron también la lucha incansable por la paz, la democracia, el diálogo, la libertad, la valentía y el cambio.

A la final…todos perdimos; perdimos todos.

Si algo queda de mi papá, ojalá, además de su recuerdo entre las masas y los ciudadanos de ahora, sea su espíritu libertario (dotado de razón), el cual me inspira a hacerle este pequeño homenaje.

Gracias por leerme.

*Ingeniero y Abogado Profesional, Especialista en Derecho, Ciudadano Independiente | Freelance Writer, Editor. Lugar de Residencia | Pereira, Colombia Email: comunicacioneslibre@gmail.com