Un muerto de voz sonora

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Jaime Pardo Leal. Foto archivo

Se cumplen 34 años del magnicidio del militante comunista, abogado, dirigente sindical y excandidato presidencial por la Unión Patriótica. VOZ reproduce el homenaje que escribió Arturo Alape, en el primer año del asesinato

Arturo Alape 

Para burlarse del miedo a la muerte, Jaime Pardo Leal hacía chistes crueles. Esa forma de ser suya se había vuelto una forma de ser colombiana, cuando se pensaba que para morir de muerte natural había que exorcizar la idea de la muerte violenta. Y el humor se volvió un antídoto necesario entre los amenazados de muerte.

La vida de Pardo Leal era un blanco móvil de provocaciones y de amenazas de muerte, escritas y anunciadas en listas públicas, en anónimos, como en las interminables llamadas telefónicas que recibía a diario. Se necesitaba una gran solidez mental y poseer nervios de acero para soportar ese ritmo de vida. Era el hombre más amenazado de Colombia. Con su presencia campechana, enmarcada en sus gruesas cejas, con su saco echado sobre las espaldas y sobre los hombros y su gran sentido del humor, él hacía juegos macabros de palabras sobre su posible asesinato.

Él, como Gaitán, no creía que la muerte lo acechaba tan cerca y con terrible impaciencia. Decía entonces, en las reuniones con sus amigos, en un tono jocoso: “Si me disparan a la cabeza, las balas no podrán alcanzarme por los movimientos rápidos del tic que tengo en el ojo; si me disparan al estómago, las balas rebotaran en el chaleco antibalas. Tampoco me pueden dar en las partes nobles, porque hace tiempos que se me subieron a la garganta…”.

En la mirilla

Su implacable humor le servía como una vieja armadura para defenderse de la tensión y la zozobra en esa atmosfera de violencia en que vivía, desde que fue elegido candidato a la presidencia de la República por la Unión Patriótica. Cargando la responsabilidad de ser el dirigente principal de una propuesta política salida de la guerrilla, él se convirtió en un blanco perfecto. Sin embargo, Jaime Pardo Leal no era un hombre que lo amedrentaran las amenazas.

Un día, valerosamente enfrentó con documentos y señaló con nombres propios, a los militares que estaban apoyando logísticamente a los grupos paramilitares que venían asesinando a granel a cientos de militantes de la Unión Patriótica. Vinculó a esos militares con sectores de narcotraficantes y latifundistas, y lo hizo ante los ojos asombrados de todo el país en una entrevista televisada.

Nadie había hablado con tanta audacia y tanto valor civil como lo hizo Jaime Pardo Leal, al analizar con frialdad, un proceso de violencia que ya se configuraba como el anticipo de lo que sería en gran escala, la guerra sucia. Su vida comenzó a pender de un hilo. Estaba enfocado en la mirilla de una sofisticada arma de muerte.

A Pardo Leal le llegó la muerte violenta el 11 de octubre de 1987 y, lamentablemente, él descubrió mínimas normas de seguridad, que el enemigo que tanto lo acechaba, aprovechó para cumplir con su designio.

Desde abajo

Yo había conocido a Pardo Leal en los años sesenta, los años cuando Colombia apenas salía de la violencia y se practicaba en el país la pacificación del Frente Nacional; en los años en que las protestas populares se salieron del cauce normal. Pardo Leal era un formidable creador estudiantil, que como otros, entre ellos Antonio Larrota, señalaban la revolución a la vuelta de la esquina. Esa visión tan cercana era nuestra profunda ilusión, que terminó siendo apenas un espejismo, al que le encontramos nuestros ideales políticos, influidos por ese huracán que había salido de la isla de Cuba con su revolución.

Entonces, en cualquier mitin como en las grandes concentraciones, siempre estaba él, en la tribuna para hacer sonar el timbre de su voz. Luego hizo una brillante carrera como estudiante de derecho, desde abajo, de donde venía, a pulso personal, porque nunca se dejó seducir por la fácil sonrisa del arribismo social y político, que a tantos de su generación atrajo y que ahora están en las alturas de la plutocracia económica y política. Fue el final de muchos “comecandelas” de los setenta. Como abogado y como juez, defendió a presos políticos, especialmente a muchos alzados en armas de las más diversas tendencias.

Famosa, desde el punto de vista jurídico, fue su intervención en el Consejo verbal de guerra, en el que se juzgaba a más de cien miembros del ELN, y Jaime Pardo salió airoso con su tesis de que debían ser juzgados como rebeldes políticos y no como bandoleros, como los calificaban los militares, y los sacó en libertad.

El odio de los militares contra él, se hizo visceral. Fue fundador de la ASONAL, la organización gremial que logró que jueces y empleados de la justicia, se volvieran huelguistas en la defensa de sus intereses. Su nombre se afianzaba entre su gente, lo mismo que crecía el respeto entre sus estudiantes, por sus grandes dotes de profesor universitario.

Abanderado de la paz

El 11 de octubre de 1987, la noticia de su asesinato, sembró en nosotros el más sombrío dolor humano. Se necesitó de su muerte para comprenderlo a cabalidad. Era un verdadero líder de un pueblo ansioso. Era un político de izquierda de nuevo estilo, franco, directo, sin los populismos vacíos de quienes creen estar revelando la verdad absoluta. Él hablaba simplemente de los problemas del país y lo hacía con una pasión ardiente. Era un abanderado de la paz, porque pensaba que Colombia necesitaba oxigenar sus pulmones y darle un aire con una democratización real.

Un terrible escalofrío recorrió el cuerpo del país, cuando se supo la noticia de su asesinato. El día de su entierro fue como el encuentro inesperado del significado de su preciosa vida.

Se vivieron de nuevo viejas escenas ya vividas por nuestro pueblo. Las imágenes que tatuaron los recuerdos el 9 de abril; una ciudad paralizada en su respiración, como en el paro cívico del 77; Bogotá botó por la borda su tediosa rutina; por los ojos de la multitud se descubrieron lágrimas de odio. Fue un día de lluvia atormentada como si el cielo hubiera estado de luto. La policía antimotines, cerraba las entradas a la Plaza de Bolívar, se quería evitar que crecieran los sentimientos en la despedida final de Jaime; su cuerpo se velaba en uno de los salones del parlamento, su rostro sereno, la palabra dormida.

Como si fuera niebla hiriente, se inundó la Plaza de Bolívar de gases lacrimógenos, se humedecieron los pañuelos. De las ruinas del Palacio de Justicia, monumento de la ignominia, de todos sus pisos, salió una lluvia vertical de piedras, los estudiantes se habían tomado sus ruinas humeantes aún en la conciencia.

Y bajó a la tierra

Los dirigentes de la UP discutían con los representantes del gobierno la necesidad de comenzar la manifestación de duelo. Un clima de incertidumbre. El cuerpo de Jaime llegó en hombros a la Catedral Primada y no fue esa una misa de resignación proverbial, por el contrario, en los enardecidos espíritus se quería acabar con la muerte violenta; la nave religiosa navegante entre los gritos adoloridos, el sopor que subía por las paredes, y la rabia que se había convertido en llanto.

Y crecía, como río desbordado, la manifestación en sus voces. En el Cementerio Central, la ira y el dolor se unían en su intensidad, nadie ocultaba su transfiguración emocional. Hablaron diversos oradores y habló finalmente vestida de luto, Gloria, su compañera de vida; hizo que su voz no se perdiera en el dolor, tradujo en su emoción, un vivo retrato de su compañero y terminó sembrando su cuerpo al decir: “Yo te entrego a la tierra que perteneces…”.

Los pañuelos blancos fueron palomas heridas, cuando Jaime bajó a la tierra. La niebla se apoderó de la ciudad y por sus calles empezó a andar, en pasos lentos, la desolación. Y comenzábamos a sentir la ausencia de Jaime. Era uno de los hombres que no debía morir.