Un dolor colectivo

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Ana Elsa Rojas

El lunes pasado en todo el mundo se conmemoró el 8 de marzo, donde las mujeres colombianas en las calles vestían de luto por los feminicidios perpetrados en un continuo histórico por razones de la dominación del poder.

Este luto se entrelaza hoy con el dolor de las madres, que es también el nuestro, porque han perdido a sus hijos, producto del menosprecio y la macabra cultura de acabar con la vida de jóvenes, niños y niñas en todo el territorio nacional.

En los últimos días, las noticias indican, que en el Guaviare se desarrolló un bombardeo por manos del Ejército nacional a un campamento de uno de los grupos armados que tienen presencia la región. Se cree que fueron asesinaron alrededor de 16 jóvenes entre los 9 y 18 años.

Este hecho doloroso, como todos los que ocurren en el país, dan muestra de la esquizofrenia que caracteriza a la clase dominante, en la cual el exterminio de los y las jóvenes del pueblo, es la estrategia de dominación para crear no solo terror, sino impedir la posibilidad de cambio agenciado por las nuevas generaciones.

El abominable hecho, sucedió el 2 de marzo en la vereda Buenos Aires, municipio de Calamar, Guaviare, situada en la región de la Amazonia, limitando al norte con el Meta, al noroeste con el Vichada y al sur con Vaupés y Caquetá, referencia geográfica importante, porque allí se encuentran varios pueblos indígenas; está la Amazonia como parte de la reservas de la biodiversidad, indispensable para la vida humana; aquí se produce agua para Brasil y otros países de Suramérica y contribuye a la estabilización del clima mundial, lo que permite darnos cuenta del doble crimen cometido, por mandato del ministro Diego Molano en este ecosistema tan protegido por normas internacionales, al igual que la vida de los infantes.

La Convención sobre los Derechos del Niño (1990) es uno de los instrumentos internacionales con mayor número de ratificaciones hasta la fecha y que supone la expresión más acabada de los derechos humanos de los que deberían gozar todos los niños y niñas en cualquier lugar del mundo.

Sin embargo, como diferentes informes se encargan de señalar, la situación de la infancia en muchas partes sigue siendo una constante marcada por la explotación laboral, los malos tratos, el ausentismo escolar, la explotación y los abusos sexuales. En los últimos años, dos cuestiones, entre las muchas otras que acabamos de consignar, han llamado la atención de la comunidad internacional en relación con los derechos fundamentales de los menores: nos referimos a la cuestión de la venta de niños para la prostitución infantil y la utilización de los y las niñas en los conflictos armados, como el caso colombiano, puesto que esta población es más fácil de manipular y por ende de matar.

Este doloroso episodio, que se suma a una larga lista de hechos que ocurren permanentemente contra la juventud, demanda a las mujeres del país y del mundo el deber de acompañar a las madres que están sufriendo la orfandad de sus hijas e hijos. La propuesta es colocarnos una cinta negra en el pecho, como señal de solidaridad y empatía con las madres para parar el exterminio de la juventud.

Las mujeres de Colombia le decimos a la guerra: ¡Basta ya!

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