Todo buen suegro pide al niño dios un buen novio para su hijo

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Manuel Antonio Velandia Mora

Estamos comenzando la novena de navidad y aun cuando no se sea católico la actividad comercial nos embulle y nos pone a ritmo de fiestas navideñas. Esta costumbre católica arraigada en Venezuela, Colombia y Ecuador está relacionada con la festividad. En su origen era una oración rezada por nueve días (novena) en la época de aguinaldos. Las necesidades cambian con el tiempo, aun cuando lo del amor es de todas las épocas. Hoy loæs muchachoæs dudan entre aceptar la invitación a la cena navideña en casa del padre y/o madre de su novioæ, o si llevarlo por fin a casa a que conozca a sus suegros/as.

Aunque es verdad que todavía hay suegros(as) chapaditos(as) a la antigua, cada vez es menos extraño que padres y madres de familia sean relajados y respeten la orientación sexual o la identidad de género de sus hijoæs, al punto de invitar a sus yernos/nueras a la cena navideña (Incluso, padres y madres solteros(as) de algunos chicoæs piden al divino niño para navidad que se consigan un(a) novio(a) chévere). No obstante, hay otros papás y mamás para quienes nunca será divertido que el/la novio(a) de su hijoæ visite su casa; muchas veces les rechazan más por el peso que le dan al “qué dirán los vecinos” que por ellos(as) mismos(as).

La aceptación de las diversidades sexuales ha tenido un cambio radical en dos generaciones: los padres menores de 40 años suelen tomarse con mucha más apertura mental que su hijoæ sea gay, lesbiana o bisexual, que lo que lo hubieran hecho sus propios padres y madres. Los/as progenitores entre 40 y 60 aunque les cuesta aceptarlo, son un poco más abiertos (o resignados) y los(as) mayores de 60, especialmente los(as) que tienen convicciones religiosas muy arraigadas, se aferran a la negación.

Con respecto al perfil por edades de loæs hijos, en contraste con los padres jóvenes, se está presentando una gran intolerancia en hijos(as) que tienen 12 a veinte años, actitud que difiere cantidades de lo que dicen y hacen loæs chicoæs de los cinco a los 11 años, quienes suelen sorprenderse poco con el tema. Los vástagos de 20 a 35 suelen ahora aceptar su orientación sexual con más facilidad; al mejor estilo europeo; en las calles colombianas, en el transporte público y centros comerciales, jóvenes parejas de hombres o de mujeres se toman de la mano; ya ni siquiera lo hacen en tono desafiante con la sociedad sino de manera desprevenida.

La mayoría de los retoños mayores de 35 años cargan aún con el lastre del “qué dirán” y es en la franja donde encontramos más gente de clóset arremetiendo contra los que viven su sexualidad de manera abierta. El peso de la religión en ellos(as) es grande, también creo que su negación tiene que ver con la epidemia del sida en los 80s y 90s y el hecho de que en los medios masivos se presentaba una imagen tan dramática de la enfermedad. Algunos(as) padres y madres, no obstante, se sintieron aliviados(as) de que sus hijoæs siguieran vivos y eso les llevó a cambiar su relación, lo que cambió la actitud incluso hacia los que ahora viven con el VIH/sida.

En mi casa no saben

Las madres, más que los padres, casi siempre conocen de la orientación sexual de su hijoæ, pero el temor a confirmarlo las obliga a no preguntar, hace que prefieran hacerse los(as) desentendidos(as) y no se atrevan a plantear el tema. Cuando se autorizan a interrogar o a fisgonear a hurtadillas las visitas, las llamadas telefónicas e incluso el móvil, es porque ya definitivamente se decidieron a comprobarlo. De todas formas, siempre guardan en el “fondo de sus corazones” la esperanza de estar equivocados(as).

Para una persona que se piensa homosexual, lesbiana, bisexual, transgénero, trasn o fluidoæ supremamente difícil hablar con su madre y su padre al respecto. Lo es generalmente, no por elloæs mismoæs, sino por el temor que tienen a causarles dolor, o más correctamente, a romper los imaginarios construidos sobre elloæs desde cuando empezaron a pensarloæs humanoæs.

Mijo(a), mejor no me diga nada

Desde mucho antes de ser padres y madres, las personas tejen sobre loæs hijoæs una serie de fantasías con respecto a toda la globalidad de su ser. Loæs piensan no sólo con un cuerpo, sino con un comportamiento, una actividad laboral, un estilo de vida, unas relaciones afectivas, una familia, unas creencias, unos(as) amigas(os), una manera de disfrutar la vida, de comunicarse, una economía. Incluso les imaginan con unas normas de comportamiento, una posición social y hasta tienen claro cómo serán sus nietos(as), atreviéndose con todo ello a construir una vida para las personas a las que aman o dicen amar.

Los padres y madres en general no educan a sus hijos(as) en la libertad de la autodeterminación sino desde el principio de la obediencia plena. Loæs hijoæs saben que autodeterminarse implica, de alguna manera, romper con dichos imaginarios. Los padres y madres igualmente conocen que algunos rompimientos necesariamente ocurrirán, pero no esperan que estos se den precisamente en el “deber ser” para la sexualidad.

Ser homosexual, lesbiana, bisexual, transgénero, trasn o fluidoæ no es algo que se haga contra el padre y la madre. Es una determinación particular que se vive para sí y no en función de otroæs. Sin embargo, quien se asume en una orientación sexual o una identidad de género o cuerpo que de alguna manera implica un rompimiento con el “deber ser” socializado, vive un proceso de crisis. Ésta se presenta desde el mismo momento en que se da cuenta de su posible quebrantamiento a la norma estipulada (heterosexual), hasta cuando definitivamente se identica en su orientación sexual (homosexual, lésbica o bisexual), en su identidad o no identidad de género y las asume para su cotidiano. Esta crisis se genera tanto por su propia contradicción, como por la que se confronta con el modelo del “deber ser”, cuyos representantes más cercanos y directos son sus propios padres y madres.

La crisis se vive por romper las expectativas ajenas, más que por truncar las propias. Acomodarse a aquello que se le ha trazado “no es posible” porque no se ajusta a su “querer ser”, sino que es una imposición que loæ obliga a “ser” aquello que precisamente ha decidido “no ser”. La disyuntiva por la que pasan la gran mayoría de homosexual, lesbiana, bisexual, transgénero, trasn o fluidoæ está entre decidirse a ser para sí mismoæ, o seguir el juego social y comportarse en público siguiendo el patrón del “deber ser” que de elloæs se espera.

Si la persona se decide a vivir su vida en función de sí misma, hace entonces explícita su orientación sexual, su identidad de género y/o cuerpo o rompe definitivamente con su grupo familiar como una manera de no confrontar la situación. Si se decide por no hablar al respecto, asume una vida totalmente “clandestina” que loæ puede llevar a convivir con su familia hasta bien avanzada su edad o incluso, hasta aceptar construir una relación formal heterosexual. Este último grupo, generalmente, es el que presenta un mayor conflicto para sus familiares y pareja, ya que, por algunas situaciones, empiezan a notar “algo” que les es extraño; logran “darse cuenta” de que algo está pasando en la otra persona, y esto genera el conflicto que desencadenará la negación total o la evidencia de la orientación sexual, de género y/o de cuerpo.

No todo es rechazo, en diferentes ciudades colombianas hay organizaciones gubernamentales y no gubernamentales con experiencia dispuestos a apoyar. En Bogotá puede encontrar un excelente equipo interdisciplinar con amplia experiencia de trabajo psicosocial en el CAIDS-G Centro de Atención Integral a la Diversidad Sexual y de Géneros Sebastián Romero tanto a loæs jóvenes como a padres y madres. Algunos(as) progenitores que no aceptan a sus hijoæs deberían regalarse de navidad una sesión con esta organización.