Seguir la ruta de Camilo y de su ejemplar dedicación a la causa popular

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Diego Montaña y Camilo Torres en Barracabermeja en 1965. Foto archivo VOZ

Al lanzar la Plataforma del Frente Unido, el Partido Comunista de Colombia saludó y se adhirió como fuerza política al proyecto que impulsó Camilo. Diego Montaña Cuéllar como miembro del Comité Ejecutivo Central fue designado para acompañar las correrías por el país del sacerdote revolucionario. Al momento de caer en combate Camilo en las montañas de Santander, Montaña se encontraba en La Habana, Cuba, como designado del Partido Comunista en la Primera Conferencia Tricontinental. RetroVOZ reproduce el artículo publicado en la edición 114 de VOZ Proletaria, donde Montaña no solo deja consignada la posición de la fuerza comunista, sino la tristeza de un amigo que desde la distancia recibía la fatal noticia

Diego Montaña Cuéllar

Aunque no se conoce sino la versión oficial que nos lo presenta caído en combate con una patrulla del ejército regular y no se ha despegado la sospecha de que haya sido emboscado y fusilado, o delatado por indicadores de la acción cívico-militar, o vendido por los truhanes que, con careta de extremoizquierdista y lenguaje de cloaca, trabajan para el imperialismo, la trágica realidad es que Camilo ha caído prematuramente en la guerra a muerte decretada por la oligarquía contra el pueblo colombiano.

Muerte heroica, muerte de titanes, muerte consagratoria de próceres y dioses. Cuando, según la doctrina cristiana, Dios padece y muere por el hombre, en la profunda significación quiere decir que quien padece y da la vida por los demás hombres obra divinamente y se convierte en Dios para sus prójimos.

Si extraemos de las representaciones religiosas todas las fantasías sobre poder y acciones sobrenaturales, queda como divinidad ennoblecida lo más alto de los valores humanos. Así los despojos de Camilo, hurtados al pueblo, lanzados a la metamorfosis incesante de la selva colombiana, perdidos en la entraña de las montañas insurgentes, convierten su memoria y su espíritu en ser vivo y actuante, en el Prometeo encadenado por las deidades del Olimpo oligárquico: los jerarcas enemigos del hombre y amigos del dinero; los plutócratas que beben su orgia de lucro en el cráneo del pueblo; los políticos de levita que todos los días entonan la plegaria: “vénganos en tu reino el soborno de cada día”; los altos mandos militares soberbios ante los inermes y meneando la cola ante sus amos norteamericanos; la prensa falsaria y vendida; y el séquito repugnante de subalternos, escritores, cronistas, gacetilleros prostituidos.

Camilo, como Prometeo, ha robado el poder del fuego a los dioses y lo ha entregado al pueblo. Los dioses irritados ordenan que lo aten a las rocas para que se rinda a su poder. Por no se rinde. De su garganta seccionada brotan imprecaciones contra tales dioses, implacables reproches a su orgullo, a su egoísmo, a su brutalidad. Puede resistir y resiste porque conoce el secreto que envuelve la destrucción del Olimpo. Ya está en proceso de desarrollo un poder superior al dinero, a las armas, a la prensa, al imperialismo: la conciencia de los explotados, la solidaridad militante de los oprimidos, la unidad orgánica de millones de desposeídos.

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“Yo vengo de la oligarquía y conozco su podredumbre”, dijo Camilo el año pasado en Barrancabermeja ante la más grande multitud que se haya congregado en la capital petrolera.

Su niñez durada recibió los halagos de las altas capas sociales. En ellas se enseña que la miseria, el sufrimiento y la guerra son castigos; que toda tendencia al cambio del orden tradicionalmente establecido renovaría con creciente virulencia los males. Nada cambia, nada puede cambiar. Sin embargo, el universo al parecer incoherente y estático reviste la forma del movimiento. A nadie que tenga una visión profunda podrá impedírselo que proclame el movimiento.

Camilo fue por naturaleza el movimiento. Su visión del mundo fue del mundo en movimiento. Frente al areópago que decreta que nada se mueve, toma el cristianismo en su esencia, como trasmutación de Dios en hombre y de hombre en Dios. La religión de la Encarnación de un Dios Confundido con el hombre, unido al mundo para unificarlo y para incorporarlo a Él.

De ahí partió su rebeldía contra la concepción inquisitorial de una Iglesia de cruzada contra los que piden la abolición de los privilegios y de la explotación humana.

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Camilo nunca fue marxista, y cuando afirmaba que no era comunista, decía la verdad. Pero su humanismo cristiano lo llevó a la comprensión de que la teoría de la encarnación llevada hasta sus últimas consecuencias exige concordancia entre la génesis de la humanidad en el mundo de la naturaleza y la génesis de Cristo en la humanidad.

Como muchos otros cristianos modernos, remplazó el concepto individual por el concepto social en la ética; la actitud de humillación por el pecado original por una actitud de exaltación de la condición humana, rompiendo así con el Sillabus del Pío XII y la intransigencia inquisitorial del primer Concilio, derogados por el pastor campesino Juan XXIII.

En el marco del espíritu del padre Teilhar de Chardin se hizo sociólogo en la Universidad de Lovaina. Allí aprendió a pronunciarse contra la tradición católica que presenta las estructuras sociales y económicas existentes, la explotación capitalista, como queridas por Dios, refrendadas por la voluntad divina y, por consiguiente, inmutables.

El ejercicio del sacerdocio al servicio de sus ideas de progreso y cambio en la cátedra universitaria y en la docencia de la acción comunal, le abrió las puertas de la confianza y la adhesión cálida de estudiantes y campesinos.

Muchos sacerdotes franceses, belgas, chilenos, brasileros y peruanos predican y trabajan en la misma línea de pensamiento. Pero en Colombia la jerarquía eclesiástica tiene cerrados sus palacios a los nuevos vientos del segundo Concilio y al espíritu humanista de Juan XXIII. Más subordinados a Roma, siguen las orientaciones del cardenal Spellman, líder de la militancia proimperialista de la Iglesia Católica.

Fueron tales jerarcas y no los comunistas, los que obligaron a Camilo a dejar las aulas universitarias, a clausurar sus actividades de investigación sociológica y quienes lo colocaron ante la alternativa de sacrificar el ejercicio del culto externo o abjurar de su fe en la misión liberadora del cristianismo.

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A diferencia de los socialcristianos que hablan de “revolución en América Latina”, de “reformas revolucionarias” en el marco del imperialismo, que predican la necesidad de la “alianza para el progreso”, nueva estrategia del imperialismo, que se colocan del lado de los monopolios y que, como el grupo chileno, son enemigos de las nacionalizaciones, Camilo era antimperialista. Su concepción del desarrollo económico independiente y de la toma del poder por el pueblo lo enfrentaron al imperialismo y sus títeres. No fue la alianza con los comunistas lo que llevó a Camilo a posiciones antimperialistas, sino su patriotismo lo que lo llevó a luchar junto con los más abnegados y antiguos antimperialistas que somos los comunistas en Colombia.

El humanismo cristiano honestamente practicado llevó al padre Camilo Torres a ver en los comunistas, no los enemigos de la propiedad en general, sino del monopolio de la propiedad por la burguesía; no a los destructores de la familia, sino de las formas sociales que descansan en la supresión forzosa de toda familia para los que trabajan, con el complemento de la prostitución pública; no a los apátridas que quieren abolir la nacionalidad, sino la patria concebida como coto cerrado de los monopolios extranjeros. Sus ojos limpios pudieron ver en los comunistas una organización de revolucionarios que pide a los obreros que se constituyen en nación para que se acabe la explotación de unas naciones por otras y de unos hombres por otros hombres.

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Por esto, como dijo recientemente el camarada Gilberto Vieira, los comunistas teníamos un gran respeto y cariño por el padre Camilo Torres. Lo acompañamos decididamente cuando lanzó su plataforma de unidad de todas las fuerzas revolucionarias, como camino hacia el poder popular. Creíamos que su personalidad diáfana, su inteligencia clara, su bondad y su fraternal amor a los hombres, le abrían las más grandes posibilidades históricas en nuestro país: unir en la acción a todos los sectores revolucionarios dispersos y procurar formas de colaboración entre las fuerzas de izquierda y las masas populares católicas.

El Frente Unido tuvo una gran respuesta popular. Inmensas multitudes en las aldeas y en las ciudades rompían el estado de sitio para proclamar su adhesión a la plataforma unitaria. A pesar de las dificultades e incomprensiones tácticas, se avanzaba hacia la etapa de la organización.

Camilo abandonó sorpresivamente, sin consulta con sus compañeros del Frente Unido, ni con los sacerdotes amigos (tal vez para no compromete a nadie en su decisión ciclópea) la vía perseverante y larga del esclarecimiento, la movilización y la organización de las masas rurales y urbanas, que en fuerte proporción siguen la ideología de las clases dominantes, para unirse al frente guerrillero de Santander.

Cualesquiera que hayan sido las razones determinantes de su paso heroico y los responsables del gesto que interrumpió el proceso de construcción del frente de masas más amplio de los últimos tiempos, su actitud merece el respeto, la admiración y la glorificación de todos los colombianos que creemos que la segunda independencia de nuestra patria, tarde o temprano exigirá seguir la ruta de los libertadores de 1819.

Pero objetivamente considerada, su determinación fue sentimental: la lucha armada no es todavía la única ni la principal forma de lucha y donde surge como necesidad depende de las condiciones concretas del desarrollo, de la politización de las masas y de la correlación de fuerzas que participan en la acción.

En la mayoría de las regiones colombianas todavía hay un largo trecho por recorrer para que las masas populares por su propia experiencia y en la medida en que vayan siendo cegadas todas las demás formas, se incorporen a la insurrección armada patriótica y liberadora. Para muchos sectores del pueblo colombiano la más amplia acción de masas se expresa en huelgas, en luchas de clase reivindicativas, en las protestas estudiantiles, en las manifestaciones y paros cívicos, en la ocupación de tierras ociosas o de predios urbanos por multitudes sin techo.

La lucha armada se convertirá en la forma principal ante la creciente intervención imperialista y será factor decisivo para el asalto a la fortaleza del poder que arroje la dominación extranjera y a sus agentes nacionales usufructuarios del neocolonialismo y siente las bases para la república popular y socialista.

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Ante el sacrificio del padre Camilo Torres, como ante el sacrificio de todos los mártires de la liberación colombiana, no cabe actitud distinta a la de seguir la ruta luminosa de su ejemplar entrega total a la causa del pueblo y cumplir el mandato de continuar la obra inconclusa para que sus ideas revolucionarias se conviertan en fuerza material capaz de romper definitivamente las cadenas que paralizan la acción de su espíritu encarnado hoy en la fe en el porvenir del hombre colombiano.

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