Secuelas del modelo neoliberal envilecen la vida humana

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Pobreza, pintura de Oswaldo Guayasamín

Empujados al marginamiento social, desahuciados de sus viviendas, sin empleo, sin comida, cada vez más personas en el mundo viven una vida miserable. Colombia no es la excepción

Pobreza, pintura de Oswaldo Guayasamín
Pobreza, pintura de Oswaldo Guayasamín

Ricardo Arenales

Discretamente presentadas en los noticieros sociales de los grandes medios de comunicación, en comentarios que a menudo ameritan apenas unos pocos segundos de lectura, cada vez son más frecuentes las noticias de pobres seres humanos, ancianos en su mayoría, que son brutalmente arrojados a la marginalidad porque no tienen un empleo, un hogar, una vivienda donde pasar el resto de sus vidas, después de años de arduo trabajo y sacrificio.

Una mujer francesa, de 70 años de edad, amenazada por una orden judicial para expulsarla de su apartamento, en la comuna de Venissieux, en inmediaciones de la ciudad de Lion, se quitó la vida el pasado 25 de abril, día en que iba a cumplirse la diligencia de desalojo.

Los oficiales encargados del desahucio descubrieron el cuerpo de la anciana, que vivía sola en medio de penurias y limitaciones inimaginables, y para quien su modesta vivienda era la única forma de estabilidad que le quedaba en su vida. La alcaldesa de Lion, conmovida, ordenó parar otros lanzamientos y varias organizaciones sociales demandaron del presidente Hollande ordenar una moratoria por tiempo indefinido de lanzamientos que afectan a muchos moradores. Estas organizaciones calculan que, en Francia, tres millones y medio de personas no tienen una vivienda decente y otras cinco millones están desempleadas.

Silvano Toniolo, un italiano de 80 años, es un jubilado que perdió su vivienda desde hace nueve meses, debido a un desahucio. Ante la inminencia de tener que vivir en una acera o bajo un puente, optó por vivir de tren en tren. Como en su juventud fue un voluntario en la guerra, Toniolo tiene un carné que le permite viajar gratis en el transporte público.

En las noches, el hombre toma un tren y hace todo el recorrido hasta el final, tiempo que aprovecha para dormir, y vuelve a salir en el siguiente tren, hasta completar sus horas de sueño.

En Medellín, Gildardo Torres Sánchez, es un paisa que estuvo vinculado a un parqueadero y de allí fue despedido. Nunca más pudo conseguirse otro empleo. Gracias a un pleito, ganó unos pesos y en el antiguo parqueadero compro en 900 mil pesos un viejo Renault 6, sin llaves, que terminó siendo su vivienda. Allí instaló un ataúd que le regalaron, que le sirve de cama en las noches y de futura mortaja.

“Me robaron la vida”

Torres Sánchez, que el pasado 1 de mayo desfiló junto a los trabajadores, con su ataúd a cuestas, dijo que lo hacía como un acto de protesta, para decirle a la sociedad que “un hombre sin empleo es un cadáver que espera impaciente que se lo coman los gusanos”. “Mi copiloto es la muerte”, dice este hombre, quien asegura que le robaron todos los derechos fundamentales del ser humano, el trabajo, la dignidad y el derecho a la vida.

En Bogotá, de acuerdo a cifras de las propias autoridades distritales, más de cuatro mil personas, todas ellas indigentes o en situación de extrema pobreza, duermen en las alcantarillas para protegerse del intenso frío en las noches capitalinas. Soportan los nauseabundos olores o los gases tóxicos para tener algo de calor, sobre todo en las noches de invierno.

Estas son pinceladas sueltas del intenso drama a que son sometidas las personas en tiempos del reinado neoliberal del mercado capitalista. Las últimas noticias de Europa aseguran que la desigualdad social crece a ritmos acelerados como consecuencia de la crisis económica. En Estados Unidos crece el desempleo. En Francia, cada vez más personas buscan trabajo después de la jubilación, acosados por las necesidades insatisfechas.

En España, la crisis dispara los casos de depresión y disturbios emocionales. La ONU alerta sobre el enorme desperdicio de comida cuando millones de seres humanos padecen hambre. En Colombia, en fin, el modelo de desarrollo, que nos lleva orgullosos a participar en el club de los ricos, representado en la OCDE, hace que el 50% más pobre de la población participe apenas de un 15% de la productividad y en esa medida crezcan la desigualdad y la exclusión social. Es el envilecimiento de la vida humana bajo las reglas del mercado.