Se escribe una segunda línea

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Nunca antes el pueblo colombiano se había hecho tantas preguntas sobre la democracia, sus derechos, el voto y las garantías a la protesta. Foto Sophie Martínez

Ante el intento del uribismo por dominar la realidad, jóvenes y artistas han resistido al miedo y la violencia con el arma más poderosa: la palabra

Pablo Arciniegas

Casi que con cartilla, el gobierno de Iván Duque hace gala de su talante totalitario. Hoy, disfrazado de distintos colores en el Congreso, es mayoría y vota a favor de mantener al ministro mentiroso Diego Molano. ¿Los órganos de control interno? Plagados por amigos de la infancia del presidente. Y las Cortes podrían ser más corruptas, si no fuera porque la jurisprudencia no depende de la opinión. A ellos, hay que sumar los altos mandos del Ejército y la Policía, y que la mayoría del sector empresarial es aliado y, por lo tanto, los medios tradicionales también.

Frente a este escenario, queda la duda de qué otra cosa le falta al uribismo para tenerlo todo. La respuesta es cruda: la realidad. El uribismo necesita que la protesta sea un crimen, que la autoridad sea sagrada y que haya un miedo latente para justificarse. Los intentos vienen desde que el Centro Nacional de Memoria Histórica quedó bajo la dirección de Darío Acevedo, un negacionista del conflicto. Pero también los neologismos del gobierno Duque, como el famoso “homicidios colectivos”, van modelando esa idea de país, tal vez esa ‘Polombia con P’, en la que son unos ñeros sin oficio ni criterio los únicos que están en contra de la prosperidad y el derecho al trabajo.

La senadora María Fernanda Cabal quizá sea la embajadora más ferviente de este discurso. Sobre todo, cuando en un video difundido entre los comerciantes caleños pide que no se les den garantías a los jóvenes de las Primeras Líneas, porque para ella no son ciudadanos, sino delincuentes. Delincuentes que ni siquiera han sido procesados. Pero, lo mejor es cuando intenta regular la protesta, diciendo que es la Policía quien autoriza a qué horas y cómo deben ser las movilizaciones. Mentiras, por no decir que es una leguleyada basada en el demandado Código de Policía.

Pero si existen intentos de dominar lo que las personas piensan, también existe una resistencia ciudadana que entiende bien que la lucha va más allá de un triunfo en las urnas o de sentarse en la mesa. En este paro, se ha entendido que la resistencia es también al nivel de la palabra y de los significados, porque desde las banderas que se han puesto de cabeza hasta proyectos de ley formulados en el Portal de la Resistencia, es visible una necesidad de los colombianos por responder preguntas que antes no se hacían. Una: ¿Cuál es la salida para la crisis social por la que atravesamos?

El rojo es por la sangre

Hace dos años, en una demostración de poder autorizada por Iván Duque murieron dos oficiales de la Fuerza Aérea, mientras izaban una bandera de Colombia desde un helicóptero, en Antioquia. El hecho, aparte de quedar impune, colaboró en desprestigiar más lo que desde el colegio se enseña como un símbolo patrio. Símbolo, que no corresponde con la realidad, porque de los recursos hídricos, muy pocos quedan azules por la contaminación minero-energética, ¿y el oro?, pues eso: ¿Dónde está la franja amarilla? se lo viene preguntando William Ospina desde 1997.

Sangre, entonces, es lo que sí abunda, pero lo cierto es que el color rojo tampoco representa a las víctimas del Estado. Y quizá por esa razón, en las manifestaciones de noviembre de 2019, la bandera o la camiseta de la Selección de fútbol de Colombia no fueron protagonistas, pero en el marco de este paro nacional, que se proyecta como el más largo de la historia moderna del país, sí. Solamente, que estos símbolos han pasado por una apropiación cultural distinta.

Es así como en la mayoría de movilizaciones la bandera de Colombia ha figurado de cabeza, y no es para comunicar la rendición, una lectura muy ligera que hacen los sectores que no reconocen la protesta. Sino que esta inversión se hace para darle un justo lugar a los líderes sociales, los jóvenes asesinados para engordar el rendimiento del Ejército, los periodistas y las mujeres, los afros, trans y gays masacrados por el Estado. En resumen, el rojo es por la sangre, sí, pero de todos los inocentes considerados enemigos internos.

Irónicamente, esa misma diversidad a la que se le ha cerrado la puerta es la que más ha ondeado la bandera en las marchas del paro. Son, hoy, los miembros de las comunidades LGBTI o un joven disfrazado de Spiderman, con la camiseta de la Selección Colombia (como fue retratado en la portada de VOZ de hace quince días), quienes le han recordado al país que el valor de los símbolos o colores patrios se los da su gente, y no son exclusivos de los desfiles marciales, los patrocinadores de la Copa América o de las instituciones educativas que, en ese ridículo acto de la izada de bandera, premia a sus miembros más cómplices.

La voluntad de legislar

Otra de las victorias que ha conseguido el paro ha sido la redefinición de la ‘gente de bien’, quien además de utilizar esta misma credencial para burlar a la Policía (que tanto vanagloria) cuando le hace una infracción, también ha tenido un papel activo en este estallido social. Porque no solamente se los ha visto bloqueando avenidas en nombre del silencio o, mejor dicho, de la indiferencia, sino que se les aprecia pintando murales y, por supuesto, disparando sus armas, todas estas, actitudes que ellos reprochan.

Pero, sin duda, para lo que más se ha prestado esta ‘gente de bien’ es para venderse como víctimas de los bloqueos y el vandalismo, cosa que los políticos del Centro Democrático han sabido explotar, con el propósito de ocultar la responsabilidad que tiene su jefe por tanta violencia. El caso es que sí, muy ‘gente de bien’ y muy creyentes y muy emprendedores, pero todos esos valores se quedan cortos, cuando hay que aplicar la justicia y el amor al prójimo.

En cambio, la ciudadanía ha tenido un resurgir en el marco de las movilizaciones. Nunca antes, el pueblo colombiano se ha hecho tantas preguntas acerca de la democracia, sus derechos, el voto, las garantías que tienen al marchar, y nunca antes se habían aterrado tanto por el grado de corrupción institucional que ha alcanzado Colombia. Como respuesta a esto, ha nacido una voluntad de legislar, de hacer los cambios estructurales que hacen falta y que no ocurren porque sencillamente el pueblo perdió su representación en el Congreso.

El ejemplo, expresamente, son las muchachas y muchachos de la Primera Línea en el Portal de la Resistencia que declararon estar redactando un proyecto de ley de reforma a la Policía, enfocada en que esta vuelva a ser un cuerpo civil. Lo hacen, porque es imposible abrir un diálogo nacional con una fuerza armada que cumple con placer la orden de matar, desaparecer y dejar tuertos a menores y estudiantes. Y para ellos es claro que esta reforma no es como la propone Duque, o sea cambiar el color de los uniformes y listo, porque eso sería como perfumar la caca.

También los artistas

Entonces, vemos cómo este paro nacional ha venido a arrancar ese tapabocas que ha amordazado a los colombianos desde hace 20 años. Porque se ha perdido mucho del miedo a hablar, a denunciar e incomodar. Y en ese ejercicio han sido cruciales los artistas, que en la lucha por expresar la realidad de los que sobran, han rebautizado calles y monumentos. Han pintado murales gigantescos para no olvidar lo que nos indigna. Han cantado para perdonar y exorcizar el dolor. Han compartido comida con el que la necesita.

Y han escrito tanto, como en ningún otro movimiento artístico de la historia de este país, para derrotar con la palabra a ese totalitarismo que siembra el miedo y la injusticia.

Hoy se escribe una Segunda Línea en el libro de Colombia, en el que la realidad ya no es reflejo de la mente de un tirano, sino de una diversidad de voces y vidas.