Robin Williams: Un corazón atormentado

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El hombre que tenía una sonrisa a flor de piel, que ridiculizaba personajes, que llevó consuelo a muchas almas, no pudo exorcizarse él mismo y salvar su alma de ese extraño silencio que producen la soledad y el miedo

Ricardo Arenales

El versátil humorista norteamericano Robin Williams, fallecido trágicamente el pasado 11 de agosto, tenía un enorme talento para encarnar personajes con facetas tanto cómicas como dramáticas. En papeles como el del médico Patch Adams, mostró que tenía una original manera de conmover, más allá de la risa. Y ofrecía al público una extraña ternura, que se traslucía en sus papeles graciosos.

La risa, así entendida, fue tema que preocupó a pensadores desde la antigüedad. Aristóteles fue, tal vez, el pionero de este análisis, otorgándole a la risa un papel eminentemente social.

Años más tarde, el notable filósofo francés Henri Bergson, en su “Ensayo sobre el significado de lo cómico” (La risa, editorial Losada, Buenos Aires, 2003), recogiendo la idea de Aristóteles, afirma: “Para comprender la risa, hay que integrarla a su medio natural, que es la sociedad, hay que determinar ante todo su función útil, que es una función social. Ésta será, digámoslo desde ahora, la idea que ha de presidir a todas nuestras investigaciones. La risa debe responder a ciertas exigencias de la vida común. La risa debe tener una significación social” (pág.15).

Dice además Bergson: “La risa debe ser algo así como una especie de gesto social. El temor que inspira reprime las excentricidades, tiene en constante alerta y en contacto recíproco ciertas actividades de orden accesorio que correrían el riesgo de aislarse y adormirse, da flexibilidad a cuanto pudiera quedar de rigidez mecánica en la superficie del cuerpo social” (pág. 24).

La mejor terapia

Esta función social de la risa fue interpretada de manera magistral por el actor norteamericano recientemente fallecido. Con sus primeras películas, encarnando un díscolo extraterrestre, se ganó el cariño de millones de niños.

Más tarde vinieron cintas en las que hizo su mejor papel como humorista, adentrándose en las secretas heridas del alma humana. Así por ejemplo en ‘Patch Adams’, el notable médico que quiso hacer de la risa la terapia ideal para curar las enfermedades del cuerpo, tema con el que conmovió a multitudes.

O en cintas como ‘Buenos días Vietnam’, ‘Popeye’, ‘La sociedad de los poetas muertos’, ‘El hombre bicentenario’, ‘Insomnia’, entre otras más. También encarnó el actor fallecido papeles dramáticos, con los que hizo alarde de versatilidad, como en ‘Retratos de una obsesión’, donde el personaje que realiza es poseedor de un papel psicológico complejo. La extensa filmografía de Robin Williams se extiende a casi 70 títulos, según dicen las autoridades de Hollywood.

Depresión

Pero como sucede en muchos personajes del celuloide, detrás de su sonrisa contagiosa se escondía un alma atormentada. Ese medio fantasioso e irreal en que la sociedad de consumo empuja a los actores de prestigio lo hizo ser presa fácil de las drogas y el alcohol. En varias oportunidades, en los últimos años, debió someterse a tratamientos de desintoxicación. El último de ellos, hacía apenas un mes.

Williams había nacido en Chicago, el 21 de julio de 1951, y su cadáver fue encontrado en su residencia de Tiburón, California, con un cinturón alrededor de su cuello. Alguna vez confesó a un medio de comunicación que la soledad y el miedo lo atormentaban y le producían prolongados periodos de depresión.

El hombre que tenía una sonrisa a flor de piel, que ridiculizaba personajes, que llevó consuelo a muchas almas, no pudo exorcizarse él mismo y salvar su alma de ese extraño silencio que producen la soledad y el miedo. Para consuelo suyo, el mundo del cine lo recuerda, no por las circunstancias dramáticas de su muerte sino por su obra cinematográfica. “El mundo ha perdido a uno de sus artistas más queridos”, dijo en un mensaje a los medios de comunicación, su esposa, Susan Schneider. Y en eso coinciden amigos y admiradores.