Reflexiones para el 25N

0
33

Rocío Londoño

Gracias a las organizaciones y a la movilización de las mujeres en Colombia, en América Latina y el resto del mundo, se han logrado notables avances en el ejercicio de sus derechos.  Sin embargo, la inequidad en asuntos clave, como las oportunidades laborales y la remuneración del trabajo, es persistente. Y aún más grave son la violencia y las agresiones (de distinto tipo) que a diario sufren.

Invito a las lectoras y lectores de VOZ a reflexionar sobre cómo mejorar la protección, la seguridad y el respeto a las mujeres en los entornos público y privado.  Y en cómo mejorar la convivencia intrafamiliar. Particular atención requiere las niñas y las adolescentes, puesto que, además de su vulnerabilidad a la violencia y el abuso sexual, dentro y fuera de sus hogares, en no pocos casos sufren agresiones (físicas, verbales o psicológicas) de sus propias madres, situación que por lo general es atribuida a los problemas y las dificultades que a diario enfrentan muchas de ellas.

Sugiero a las organizaciones femeninas, y a las de derechos humanos, pensar y realizar programas pedagógicos sistemáticos que promuevan el buen trato y el respeto a los derechos de las niñas, los niños y adolescentes, el diálogo y los acuerdos para resolver las tensiones y los conflictos cotidianos.

La excepcional capacidad y experiencia de las mujeres en la protección y el cuidado de los otros, es un magnífico capital social y cultural en la lucha por la erradicación de la violencia contra las mujeres y de la violencia en general.

Aprovecho esta nota para incluir una breve referencia al acceso de las mujeres rurales a la propiedad y el uso productivo de la tierra, que fue definido como prioritario en la Reforma Rural Integral del Acuerdo de Paz.

De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, Tierras y conflictos rurales (2016), en Colombia la asignación estatal de tierras baldías a las mujeres ha sido históricamente muy inferior con relación a la tierra asignada a los hombres: “En efecto, entre 1903 y 2012, las mujeres adjudicatarias de baldíos (153.204) representaron el 28% de los adjudicatarios y recibieron el 23% de la superficie adjudicada.

En tanto que los hombres (396.251) representaron el 72% de los adjudicatarios y recibieron el 77% de la superficie adjudicada”. No obstante, desde la segunda mitad del siglo XX y en particular desde la expedición de la Ley 30 de 1988, es evidente el progresivo aumento de la asignación de tierra a las mujeres, gracias en buena parte a la presión de organizaciones femeninas rurales. Más aún, la Ley 160 de 1994, aún vigente, dispuso “la inclusión de las mujeres en los programas de reforma agraria y les dio representación en la Junta Directiva del Incora y en los comités regionales de reforma agraria (…), lo cual contribuyó a aumentar la adjudicación de tierras a mujeres”.

Concluyo esta nota subrayando, como lo hizo el filósofo Georg Simmel, el papel de las mujeres en la construcción social y cultural de la casa o del hogar, institución social de primer orden. En modo alguno, este reconocimiento no significa confinar a las mujeres a las labores domésticas y al trabajo no remunerado, por el contrario, pone de relieve uno de sus grandes aportes al bienestar de la familia y de la sociedad en su conjunto.