Por recomendación del doctor

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Pablo Arciniegas

Hace una semana, Rodolfo Llinás dijo en una entrevista con El Espectador que esto no era nada y que menos íbamos a aprender una lección. Y que lo mejor que uno podía hacer era ponerse a pensar. Pensar…

Obedecer la recomendación del Dr. Llinás ―si es que se puede, porque de pronto usted sea un trabajador obligado al contagio―, implica alcanzar un estado de inercia y abandonarse al torrente de ideas que involuntariamente produce el cerebro.

El problema es que esa corriente, que hasta genera malformaciones en el sueño, nos expone o ya está contaminada por el coronavirus esto y aquello, y todo lo que salga en Internet, sea ridículo o sensato.

Entonces, el Dr. Llinás sugiere que pensar también puede ser dibujar u otra actividad creativa que lo aleje a uno de las pantallas ―tal vez sea el momento para practicar Kung-fu no como arte marcial, sino como principio―, pero dudo que alcanzar un estado de resiliencia de ese nivel, sea tan fácil. Más, cuando la propaganda reproduce todo el tiempo que si usted sale, se va a morir, y va a matar a los que más quiere.

“Uno cree que la mente está por encima de la materia, hasta que se da cuenta que la mente está hecha de materia”, escribió Paul Auster, y eso que él es novelista y no neurofisiólogo, como el Dr. Llinás. Y esto no lo expongo con sarcasmo porque en realidad admiro al doctor: él es implacable como la ciencia. Pero, ojo, no como la ciencia que hoy parece una religión y le sirve a los que cambian las políticas públicas cual fichas de un tablero (ya sean los gobiernos o las multinacionales).

No, el Dr. Llinás es implacable como el método mismo: esto no es nada, pongámonos a pensar, el paso de esta generación por la Tierra es minúsculo. No sé equivoca, pero el nihilismo, al igual que la resiliencia, me cuesta, y le cuesta a todos los que son de la clase media alta para abajo, es decir, los que van a poner los muertos.

Ponerse a pensar cuesta, en conclusión. Y si la gente se ha dado cuenta de que todo ha fallado: la Iglesia con sus obispos moribundos y los principios de los financieros y empresarios que lo primero que hicieron fue darles la espalda, no es porque estuvieran pensando, sino porque se ha hecho muy evidente que el ritmo de consumo del planeta es insoportable.

Pero, es cierto, no vamos a aprender la lección. Por lo menos no los que tienen una visión depredadora de la vida y que, para desgracia nuestra, son los mismos que dictan las políticas públicas. Para ellos esto fue la crisis que se convirtió en oportunidad, y cuando la ciencia ya no les tape más la mentira, habremos llegado a otra Edad Oscura, liderada posiblemente por una figura como ese Donald Trump imperialista al que se refiere Byung-Chul Han.

Epílogo I

La mayoría de lo escrito aquí es un arrebato lírico que extraje del libro Sopa de Wuhan, en el que pensadores de todo el mundo hablan sobre la pandemia. Lo interesante de este Sancocho/Sopa es que deja ver cómo la crisis del coronavirus pasó de ser una caída del neoliberalismo a su momento de auge y de mayor represión. 

Epílogo II

Si le interesa conocer más sobre cómo las políticas públicas irrumpen no solo en nuestra vida sino en la de ecosistemas enteros, le recomiendo que investigue sobre la operación Cat Drop en Borneo (en la que hicieron literalmente llover gatos como control de plagas).