Re-cordando a Lucas Villa

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Homenaje a Lucas Villa del maestro Calarcá

El activista y estudiante de la Universidad Tecnológica de Pereira murió luego de un atentado dirigido hacia la protesta que se tomó el viaducto de la ciudad el pasado 5 de mayo. Homenaje al picaresco personaje, convertido en mártir de la protesta social

Edgar Eduardo Pulido García

Conocí a Lucas, no podría decir que fuimos amigos cercanos, ni siquiera amigos, eso sí, cruzamos un par de palabras en algunos espacios y nos encontramos de manera recurrente, tenía una personalidad histriónica, como ven en los vídeos, de esos que tienden a bailar en medio de la nada o que se sube a un barandal y camina, una suerte de felino ágil, con un discurso fuerte, aunque difícil de asir, una barba rala y lisa, cabello escaso y enrevesado como su palabra.

Eso sí, era de esas personas de diligencia absoluta: conseguir leña para el “canelazo”, equipos para la asamblea, llegar al otro lado del país con lo del pasaje en los bolsillos, marchar hasta que los pies sangren, alfabetizar en buses, podía ponerse una nariz de payaso si era necesario y hasta en medio de las avenidas hablaba con desparpajo.

Siempre estará vivo

Era -o es: porque está vivo y lo estará, así lo hayan matado muchas veces, unas por las balas, otras por la prensa y unas tantas por la desinformación colectiva- una de las personalidades de la Universidad Tecnológica de Pereira, de esos que se hacen simbióticos con el campus, que se sabe el nombre de todo, sin importar jerarquía o especie, acaso porque no le interese, hasta sabía de cada perro de la U y sus caprichos, y su facultad, la de Salud, la tenía presente ladrillo a ladrillo.

Hace poco en el viaducto mientras intentaba gritarle a la ciudad desde ese gran panóptico de cemento y hierro, unos hombres armados intentaron aquietar su paso, ponerle fin a su transitar de gato, a sus palabras y pelo enrevesado, las balas perforaron su tórax y cabeza, creyeron con eso, muchos también lo dimos por hecho, que lo habían matado.

Viaducto Lucas Villa

Terrible error de los asesinos, no tocaron su pecho, su corazón aún palpitaba y mandaba sangre a su cuerpo. Tal vez porque la vida de Lucas, sus recuerdos, están en su corazón, no en su cerebro, como él mismo dijo, parece un rezo, y es cierto, porque recordar -del latín: re cordis- es pasar por el corazón.

Y ya tarde están los fratricidas, porque matar a alguien no se puede cuando este alguien no será olvidado. Todos seguiremos viendo bailar a Lucas, subir a las barandas con sigilo de gato y caminar en el campus con las manos, escuchar sus soliloquios encriptados. De tantas veces muerto, al fin su cuerpo se agotó de este baile, pero ahí estarán nuestros corazones, cientos de miles, para recordarlo.

Y el mismo lugar en el que corrió su sangre, el gran puente que iba a unir el pasado y el futuro, ha sido rebautizado nuevamente, nunca más ‘Viaducto César Gaviria’, de ahora en adelante: ‘Viaducto Lucas Villa’ y su voz rasgada y seca, seguirá vibrando, hará eco en cada resquicio y entre calle, anunciando el nacimiento de una nueva época, de un nuevo sentido de la historia.