¿Quién va a la guerra?

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Dilan Cruz, estudiante de secundaria, fue asesinado por el Esmad mientras protestaba en las jornadas de movilización de 2019. Foto Sophie Martínez

Estudiantes de secundaria se organizan contra el militarismo, por el derecho a la objeción de conciencia y el cambio del servicio militar obligatorio por un servicio social orientado hacia la paz

Andrés F. Montoya Sáenz
@andresxrojo

En la anterior entrega, titulada ‘¿Por qué somos antimilitaristas?’, se dio un brochazo a los procesos antimilitaristas de España y Chile en el contexto de dictaduras, de igual forma, se analizó el nacimiento del proyecto imperialista de seguridad para el continente con la fundación de la Escuela de las Américas en 1946 y de qué manera Colombia se había convertido en un laboratorio de asesinatos, persecuciones y hostigamientos para los movimientos sociales y revolucionarios.

No obstante, si se mira con lupa, hay un sinfín de incidencias de orden antropológico y sociológico que se han inculcado en las políticas de los gobiernos neoliberales de Latinoamérica y que han tenido fuertes afectaciones a la población civil, una de ellas es la doctrina del enemigo interno, concepto que se fortaleció en la Guerra Fría y que fue usado por los países capitalistas para atacar a una amenaza en común, el comunismo internacional.

No sabemos quién es el enemigo, pero hay que aniquilarlo

Esta doctrina se caracteriza por los siguientes puntos: 1) Es dual, su espectro solo puede entenderse como bueno y malo, negro y blanco, capitalismo y comunismo, a favor o en contra y con ello se envuelven un montón de ramificaciones que percibe y acepta únicamente como binarias.

2) Aquel que no piense como yo y altere mi concepción de orden, es mi enemigo. Esto se recrudeció durante el conflicto armado, cuando los grupos militares y paramilitares confrontaban a las comunidades preguntando por la posición política, qué pensaban de “ese enemigo” y hacia quien iba dirigido el apoyo, en el peor de los casos y cuando se enteraban que los aguardaban en sus casas, les daban alimento o si entre ellos había algún miembro simpatizante o militante, se masacraba, torturaba y violaba; para no ir muy lejos, tenemos el caso de la masacre de Segovia perpetrada por el grupo “Muerte a Revolucionarios del Nordeste” en una ofensiva contra la alcaldesa por la UP (hoy sobreviniente y exiliada) Rita Ivonne Tobón.

3) Exaltación y glorificación al soldado masculino y patriarcal. Una característica indispensable en los regímenes autoritarios es la concepción de heroísmo y salvador en el que se tiene a los soldados y los ejércitos, claro, mientras estos sean compuestos por hombres para luego ser leídos como los restablecedores del orden natural, los que imponen fuerza y los únicos capaces de confrontar el peligro de la izquierda. Con esa premisa se venden en los medios corporativos de comunicación a través de la propaganda identificándolos como “Los héroes sí existen”.

4) Propagan miedo para vender seguridad. En diversos periodos presidenciales, jefes de Estado implementaron acciones de “protección”; entre los que se resaltan Julio César Turbay Ayala (1978-1982) con el Estatuto de Seguridad y Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) con la política de seguridad democrática.

Antimilitarismo y Colombia

La necesidad de la participación juvenil en las guerras casi que se da con el nacimiento de la República. Sin embargo, no va a ser sino hasta 1886 cuando se establece dentro de la Constitución Política el carácter obligatorio de alzarse en armas cuando la patria lo exigiera. Es de suma importancia recalcar que para la época se estaba viviendo el conflicto bipartidista y que presidentes como Rafael Reyes (1904-1909) estaban imponiendo la “reforma militar”, el reclutamiento y la profesionalización de las Fuerzas Armadas.

En los años cincuenta el ejército colombiano se convierte en el único en Latinoamérica en participar en la guerra de Corea y con la consolidación de la insurgencia en los sesenta, Colombia empezó a establecer relaciones muy estrechas con Estados Unidos que le abren las puertas al gobierno estadounidense para tener control sobre las decisiones de la fuerza pública.

En materia de servicio militar obligatorio la Constitución de 1991 no se alejó de la de 1886, pues se continuó con la participación juvenil en la guerra. Leyes como la 48 de 1993 obligaban a la juventud a hacer parte de confrontaciones armadas que no les correspondían, adicionando que el posicionamiento del narcotráfico y la lucha antidrogas causó que varios jóvenes fueron secuestrados para después hacer parte de las filas del ejército.

No fue sino hasta el año 2000 que se pudo ver un movimiento antimilitarista fortalecido, que en 2009 logró que la Corte Constitucional ratificara el derecho de la juventud a objetar conciencia al servicio militar, considerándolo un derecho resguardado por la Constitución el cual terminó regulado por la ley 1861 de 2017 o ley de reclutamiento.

Cabe mencionar que con esta ley se lograron avances significativos como el pago del 15% de un salario mínimo en el pago de la tarjeta militar para remisos y el reconocimiento de la objeción de conciencia, a pesar de esto queda mucho camino por recorrer.

En el capítulo 2 parágrafo 1º de dicha ley se expone que los planteles educativos informarán al estudiantado de undécimo el deber de definir su situación militar y junto con la colaboración del Ministerio de Educación y de Defensa se darán a conocer las causales de exención y la posibilidad de objetar conciencia.

En el fondo la realidad es otra, pese a que cada vez existen jóvenes que se nos suman a iniciativas antimilitaristas, aún es muy elevado el desconocimiento al derecho consagrado a objetar, agregando que las “ayudas” por parte de Mindefensa se ven traducidas en militares haciendo presencia en los colegios invitando a hacer parte de las filas del Ejército e imponiendo miedo. Como antimilitarista y objetora de conciencia, la juventud clama por el servicio social para la paz, la divulgación de otras alternativas para el servicio militar obligatorio, la gratuidad de la tarjeta militar y el respeto de la autonomía del sujeto.

Por otro lado, analizar la lista de quienes componen las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional es encontrarse con una cruda realidad. La mayoría de soldados que conforman los más bajos rangos dentro de la estructura son jóvenes de estratos 1, 2 y 3, de zonas rurales o barrios populares, de familias campesinas y de los departamentos con los más largos registros en masacres, asesinatos y desplazamiento forzado, adicionando que sus posibilidades de pisar una universidad son nulas, ya que su destino está escrito: cargar un fusil, llevar un camuflado y dispararles a otros jóvenes que con sus mismas características viven una guerra que no les corresponde.

Paz, una responsabilidad juvenil

Finalmente, y por todo esto es que el movimiento secundarista le declara la paz a la guerra, al militarismo y al Estado genocida, se asume como objetores y objetoras de conciencia al servicio militar obligatorio reconociendo que este tendrá ser con enfoque de género y clase.

De igual forma, acepta la tarea que como jóvenes estudiantes de secundaria tienen en el tránsito hacia la paz, la reconstrucción de los tejidos sociales y comunitarios, la memoria y el largo camino de la reconciliación y la verdad. Alza la voz para confrontar a todo aquel que quiera ver a la juventud como maquinaria bélica.

En palabras de Alfonso Cano, en el movimiento secundarista, “somos revolucionarios y amamos la paz”.