Política exterior santista: ¿Quo Vadis, Juan Manuel?

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El encuentro de Santos con Henrique Capriles, en la Casa de Nariño, provocó justa indignación entre las autoridades venezolanas.

El proclamado liderazgo de Santos, solo existe en las páginas de la gran prensa colombiana. Lo único cierto es un realinderamiento de países de derecha, identificados con la OTAN, la OCDE y la Alianza del Pacífico, en contra del sueño integrador de Bolívar, Martí y Chávez

Alberto Acevedo

Los análisis en materia de política exterior colombiana, con motivo de los tres años de gobierno del presidente Juan Manuel Santos, han sido escasos. Los pocos párrafos dedicados al tema por analistas oficiosos del establecimiento, coinciden en dos señalamientos: el aumento del prestigio internacional de Colombia y el liderazgo regional del mandatario colombiano. Ambos postulados son inexactos.

A la gestión externa del actual mandatario, hay que abonarle la normalización de las relaciones con Venezuela y Ecuador, dos vecinos que intervienen de manera fundamental en el destino de nuestro comercio exportador y el anuncio de la disposición de iniciar conversaciones de paz con la guerrilla colombiana, que levantó esperanzadoras expectativas en la comunidad internacional.

Este par de anuncios fueron rápidamente acompañados de una serie de mensajes negativos, que la administración Santos envió a sus vecinos, desvirtuando la idea de que con el cambio de gobierno, Colombia de alguna manera podría insertarse en la corriente de cambios de sentido democrático y progresista que se han venido consolidando en el continente.

El anuncio más temerario, fue el de la disposición del gobierno colombiano de suscribir una serie de acuerdos de cooperación con la Organización del Tratado Atlántico Norte, OTAN, una alianza militar de las grandes potencias occidentales, nacida al calor de la denominada ‘guerra fría’, como instrumento de agresión contra los países socialistas, liderados por la Unión Soviética, y que tras la caída de los gobiernos de Europa Oriental, se convirtió en instrumento de agresión contra pueblos y gobiernos desafectos a la política norteamericana.

La cooperación de un gobierno latinoamericano con la OTAN, que no tiene antecedentes en la política doméstica regional, rompe de tajo los esfuerzos de integración regional, con criterio democrático e independiente a través de bloques de cooperación autóctonos, como el ALBA, Unasur, Mercosur, la Celac y otras expresiones de integración, y asesta una estocada matrera a las proyecciones del recién constituido Consejo de Seguridad Latinoamericano.

Solidaridad tardía

Y si alguna duda queda del papel de Judas frente al proceso de unidad latinoamericana, habrá que anotar el desplante del mandatario colombiano a la reunión de Unasur, convocada de emergencia para rodear de solidaridad al presidente Evo Morales frente al atentado criminal de un grupo de países europeos, que denegaron el derecho al uso de su espacio aéreo, impidiendo que la nave presidencial boliviana surcara sus cielos, bajo el argumento artero de que junto a la silla del mandatario indígena viajaba el ex colaborador de inteligencia norteamericano Edward Snowden.

Incluso la solidaridad de Santos con Evo Morales fue bastante tardía, luego de que se había producido un verdadero plebiscito internacional que rodeó al gobernante latinoamericano.

El componente militar de las andanzas con la OTAN se complementa con el relanzamiento, desde suelo colombiano, de la Alianza del Pacífico y el ingreso a la OCDE, un desvencijado aparato económico de las grandes potencias que sirve de sostén a un modelo de desarrollo que se derrumba estrepitosamente en el viejo continente.

La Alianza del Pacífico, ante el fracaso de un modelo de integración neoliberal, simbolizado en el ALCA, que quiso imponer la diplomacia norteamericana en nuestro continente, resuelve el asunto de recomponer un patrón de cooperación de línea derechista, que agrupa a los gobiernos neoliberales de Chile y México y otros que deciden apartarse del proyecto integrador progresista, alentado por Venezuela, por Cuba, por Ecuador, y los países democráticos de la región.

Por cuenta de Washington

Hay otras inconsistencias en la política exterior colombiana que desdicen del pretendido liderazgo regional del presidente Santos. Al comienzo de su gestión, el inquilino de la Casa de Nariño fue anfitrión de la Cumbre de las Américas -Cartagena, abril de 2012-, donde se presentó una fuerte discusión en torno a la presencia de Cuba en el foro internacional. Obama presionó a Bogotá y condicionó su visita a nuestro país a que no se invitara al presidente antillano, Raúl Castro. Obediente, Santos cumplió la exigencia de la Casa Blanca y viajó hasta La Habana a decirle a Castro que no podía invitarlo a la reunión.

Atendiendo las presiones de Washington, Colombia se ha negado reiteradas veces a reconocer el derecho del pueblo palestino a un estado autónomo y soberano, como sí lo hizo en forma mayoritaria la comunidad internacional en histórica decisión de las Naciones Unidas.

En otros aspectos sensibles de las relaciones internacionales, la cancillería colombiana, a expensas del gobernante, se ha mostrado pusilánime en adoptar una posición más clara y contundente, en asuntos como la exigencia del cierre de la prisión de Guantánamo, la solidaridad con los Cinco Patriotas cubanos detenidos injustamente en Miami, en colocarse al lado de Argentina en la defensa de su soberanía sobre Las Malvinas, la condena al golpe de estado en Paraguay, o contra la intervención imperial en los conflictos de Siria y Egipto.

De traiciones y puñaladas

En el caso particular de Venezuela, nuestra posición oficial ha sido problemática en las relaciones con su “nuevo mejor amigo”. La Casa de Nariño militariza la frontera común, alienta procesos de militarización en el continente, obviamente dirigidos por el Pentágono contra Caracas, guarda silencio frente a los repetidamente denunciados planes para un magnicidio en Venezuela, en los que estarían implicados, Uribe Vélez y la ultraderecha colombiana; se hace el de la vista gorda frente a las incursiones de grupos paramilitares en el vecino país.

Sin contar con el recibimiento de jefe de estado, que Santos hizo del dirigente de la ultraderecha y del golpismo, Henrique Capriles. Y eso que Venezuela ha sido uno de los más decisivos facilitadores del proceso de paz en Colombia. ¡Como lo ha sido Cuba, al prestar sus mejores instalaciones en La Habana, después del desplante de Santos en la Cumbre de Cartagena! Así paga el diablo…

Entonces la afirmación de los aduladores del establecimiento en relación al prestigio de Colombia y el liderazgo de Santos, hay que tomarla con beneficio de inventario. Pues el más probable liderazgo de nuestro mandatario es el de concitar un renacimiento del proyecto neoliberal en América Latina, en contra de los procesos de cambio democrático, y de los gobiernos de izquierda, por cuenta de los intereses de Washington.