Petro en el “eje del mal”

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Donald Trump y Gustavo Petro

La descalificación que Trump hizo de Petro, Santos y el Acuerdo de Paz en un reciente discurso revela la injerencia uribista en la campaña presidencial estadounidense. En una jugada torpe y miope, el Gobierno apuesta el todo por el todo empeñando el futuro del país

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

“La pasada administración (Obama) se rindió ante los narcoterroristas de Colombia y Joe Biden recibió apoyo del socialista colombiano Gustavo Petro, un exmiembro de la guerrilla del M-19. No es un buen apoyo”. Fueron, palabras más palabras menos, las declaraciones del presidente de los Estados Unidos y candidato a la reelección, Donald Trump, en un acto político en Doral, Florida, la semana pasada. Como era de esperarse, la noticia produjo un gran revuelo en el país y desató un debate sobre el intervencionismo estadounidense. No obstante, en este caso nos encontramos ante una situación inédita, pues quien está interviniendo no es Washington en Bogotá, sino a la inversa.

Por más estrambótico que parezca lo anterior -y, de hecho, lo es- lo más grave de la interferencia colombiana en las elecciones estadounidenses es que no solo rompe con una tradición diplomática de más de un siglo, también es una jugada profundamente miope y torpe que puede irónicamente resultar muy costosa para los intereses del propio partido de gobierno. Ello, por más que lo parezca, no es absurdo y por el contrario corresponde a una forma particular de concebir la política exterior -y la política, en general- a la medida de la camarilla que hoy ocupa los cargos de poder en Colombia.

Por qué ahora, por qué en Florida

Es importante recordar que Estados Unidos se encuentra en la recta final de su campaña presidencial. Muchos analistas coinciden en que estas elecciones definirán el futuro de la democracia en ese país porque, por primera vez, uno de los candidatos ha roto todos los consensos, las reglas del juego y las normas éticas para alzarse con la victoria. Hasta ahora, los candidatos competían con respeto y guardaban entre sí ciertas formas de cortesía, pero Trump ha mentido sistemáticamente, ha acusado falsamente a sus opositores e incluso ha llegado a amenazar con no reconocer los resultados electorales si le son adversos. Todo un desafío a la estabilidad institucional.

El sistema electoral estadounidense, además, es bastante peculiar. Los ciudadanos no eligen directamente al presidente sino a un Colegio Electoral compuesto por 538 electores que a su vez elige al presidente. Los cupos en el Colegio se reparten según la población de cada estado y el candidato que obtenga más votos en un estado se queda con la totalidad de sus electores. Así, California (55), Nueva York (29) o Florida (29) son estados cruciales porque tienen muchos cupos debido a su alta población. Al final de la jornada, el presidente será quien alcance la mayoría entre los miembros del Colegio Electoral, independientemente de la suma total de los votos depositados en las urnas por los ciudadanos.

A lo anterior debe sumarse el hecho de que existen estados tradicionalmente demócratas o republicanos y algunos llamados “estados flip-flap”, es decir, donde la diferencia entre ambos partidos es pequeña y el resultado puede inclinarse a favor de cualquiera. Por supuesto, la campaña se adelanta en todo el país, pero en esos estados -como lo denunció el perturbador documental “El gran hackeo”- se libran las batallas más feroces por captar el voto indeciso y se hace un uso más intenso de la manipulación, las mentiras y los ataques de propaganda sucia.

La Florida, donde Trump pronunció su discurso, además de disponer de muchos cupos al Colegio Electoral y de ser un estado flip-flap, tiene una de las más grandes colonias latinoamericanas de ese país, principalmente proveniente de Cuba, Venezuela y Colombia. Por lo anterior, es un estado crucial y definitivo para las aspiraciones a la Casa Blanca y ello explica la virulencia con la que allí se adelanta la campaña. Por ello, el discurso de Trump debe entenderse como un mensaje directo a los votantes de origen latino más radicalizados a la derecha, es decir, hay que leerlo en clave interna, no en clave de política exterior.

La injerencia colombiana

Hasta aquí, nada sorprendente. Es sabido cómo la hostilidad hacia Cuba ha sido una estrategia utilizada durante decenios para complacer a la colonia cubana en Miami -fuertemente anticomunista- así como los ataques contra Venezuela han tenido el mismo propósito. Lo que llamaría la atención es la mención a Colombia y la inclusión de Gustavo Petro en el “eje del mal”, pero ello también forma parte del conocido y repetido libreto del “castrochavismo” que, ya está visto, sigue siendo utilizado para asustar incautos a ambos lados del mar Caribe.

Lo verdaderamente nuevo de todo esto es que las menciones a Petro, a Santos y al Acuerdo de Paz, mezcladas con alusiones al terrorismo, el narcotráfico y la “amenaza socialista”, todo en el mismo batiburrillo, no han sido iniciativa de Trump o de alguno de sus asesores sino del uribismo que, empeñado en salvar lo poco que queda de su proyecto político, ha decidido llevar la campaña de salvación de su líder al debate electoral estadounidense. Todo comenzó hace un mes cuando el grupo “Latinos for Trump” emitió un provocador video de campaña donde equiparaba al candidato demócrata Joe Biden -que no es ninguna perita en dulce, pero al menos no es Trump- con líderes como Maduro o Petro, acusándolos de “progresistas”.

Días después, en una publicación en Twitter, el líder de la Colombia Humana replicó que si fuese estadounidense votaría por Biden, y el 22 de septiembre el portal de noticias de Florida www.wlrn.org denunció que miembros del Gobierno colombiano estaban interfiriendo en la campaña electoral, “ayudando a sembrar la falsedad de que Biden es un clon de dictadores latinoamericanos de izquierda como el fallecido Hugo Chávez”. Luego, el viernes 25 Trump pronunció -pronunció es un decir, leyó es más preciso- el discurso en Doral, repitiendo el libreto diseñado por el uribismo para aterrorizar a los susceptibles votantes latinos y “sacarlos a votar berracos”.

Jugadita miope y torpe

Es claro, el uribismo interfiere en la campaña electoral estadounidense porque apuesta sus últimos restos a un triunfo republicano el próximo 3 de noviembre. La ingobernabilidad interna y el desprestigio internacional hacen que el Gobierno se agarre de Trump, su único aliado, como de un clavo ardiendo. No obstante, la apuesta puede salir muy cara. Es una jugada miope porque, además de ser ilegal, va en contravía de la tradición colombiana de entenderse bien con ambos partidos. Y es torpe porque no contempla un posible triunfo de Biden, quien encabeza las encuestas con casi 10% de ventaja. Como sostuvo recientemente Roy Barreras, si gana Trump quedaremos aún más sometidos y si ganan los demócratas quedaremos aún más aislados.

Estados Unidos pasa por un momento definitivo. Crisis económica, desigualdad rampante, pandemia pésimamente gestionada, conflicto social por cuenta del racismo. Por lo visto, las elecciones definirán mucho más que el nombre de su próximo presidente. No solo estará en juego la estabilidad y fiabilidad de su sistema electoral, el más antiguo del mundo, también se pondrá a prueba su fortaleza institucional, su madurez política, su hegemonía global y se habla de que está en juego incluso la misma cohesión del país.

Y en este escenario tan incierto en que deberían primar la prudencia y el buen juicio, al uribismo no se le ocurre otra cosa que actuar de forma suicida involucrándonos en un problema que no es nuestro, y violar la ley estadounidense asesorando campañas sucias contra el -muy posiblemente- próximo presidente de Estados Unidos. Es que no se puede ser más inepto porque el día no es más largo.

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