Paro Nacional: Una mirada desde el arte

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Pueblos afro de Cali se han sumado a las protestas sociales. Foto Anllel Ramírez

Guitarras, flautas, trompetas, acordeones, papayeras, orquestas, teatreros, comparsas, mimos y danzas se convierten en un bello carnaval que confronta y reta la obscena mueca de la muerte, representada por el Esmad y la Policía

Arlés Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

El mundo mira extasiado las apoteósicas manifestaciones del pueblo colombiano, maravillado ve desde su imaginación en estas multitudinarias estampas humanas un mural del pintor mexicano Diego Rivera, las figuras parecen haberse desprendido de un gigantesco muro, cobrando vida, movimiento, haciendo camino; se le antojan estas manifestaciones lideradas por la libertad, “guiando al pueblo” representada bellamente en el emblemático cuadro de Delacroix.

Este inmenso mar de los desposeídos y olvidados, víctimas del sistemático atropello oficial, es a la vez una réplica maravillosa de la gesta de “Los Comuneros” alentados por el espíritu, el valor y la determinación de José Antonio Galán.

Los incomprendidos de siempre -como uno solo- marchan con firmeza reclamando sus derechos, reivindicando sus luchas, sacudiéndose de estigmatizaciones y de infamias, señalando como Bertolt Brecht: “Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”.

Miles de llamas

Los tambores abrazados a la cintura de la juventud retumban con voz profunda: ¡No a las lesivas reformas tributaria, pensional, laboral y de salud, estos tambores, voz de la tierra, van clamando por la paz de Colombia, por el respeto a los derechos y por la defensa de la vida!

Guitarras, flautas, trompetas, acordeones, papayeras, orquestas, teatreros, comparsas, mimos y danzas se convierten en un bello carnaval que confronta y reta la obscena mueca de la muerte, representada por el Esmad y la Policía.

La bandera de Colombia multiplicada por cientos, se agita como miles de llamas que iluminan el cielo. Un grupo de manifestantes cubren sus espaldas con el tricolor puesto al revés, significando que así está el país, gracias a los ineptos, corruptos y mafiosos que nos gobiernan.

El poder de la muchachada

Pancartas con las siglas de organizaciones sociales; carteles improvisados con creativos mensajes, lucen diseñados con inmenso ingenio y gracia: “Mientras RCN, Caracol, la revista Semana y El Tiempo lloran los vidrios rotos, el pueblo llora sus muertos”. La Minga Indígena, da muestras de gran cultura, ante los improperios y las agresiones, desean a sus ofensores: larga vida, salud y paz.

La nueva generación de caricaturistas al lado de sus mayores, bocetan sus ideas y de la punta de sus plumillas brota la palabra hecha mensaje retratando la imagen del capitalismo con todas sus miserias y crímenes, como en el retrato de Dorian Gray.

Los rostros de hombres y mujeres mayores que acompañan a los jóvenes, parecen dibujados por el gran pintor argentino Ricardo Carpani. La muchachada tiene en su sangre el ADN de José Antonio Galán, de Bolívar, de la Gaitana, de Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta…

Los marchantes al unísono cantan la legendaria canción “Bella Ciao” que ha animado desde siempre a los pueblos en sus luchas; también entonan a todo pulmón el “Himno de la Unidad” con su célebre estribillo que en todos los idiomas del mundo pregona: ¡El pueblo unido, jamás será vencido!

Como un cuadro

Ocurre algo especial en el alma de los manifestantes cuando una bella voz de mujer con el respaldo de la orquesta, entrega en sus notas la composición del maestro Lucho Bermúdez: “¡Colombia tierra querida!”, entonces el corazón estalla en lágrimas de emoción. Alguien dijo: El arte desencadena el corazón y el alma.

Todo este bello cuadro impresionista de la lucha popular, que pareciera pintado por Van Gogh, lo rompen a bala el Esmad y la Policía. Este hermoso cuadro expresión de vida de un pueblo, es abaleado por orden de un pigmeo fascista mientras el títere obedece.

Los pueblos del mundo escuchan angustiados el llanto de las madres colombianas que ven los cuerpos de sus hijos destrozados por las balas homicidas. Miles de madres buscan desesperadas a sus hijos desaparecidos; algunos son encontrados flotando sin vida en el río; como en el cuadro “El fusilamiento” de Goya, muchos jóvenes ya han sido fusilados.

Crece la audiencia

El escenario se hace cada vez más tenebroso: una mujer en Cali grazna como ave de mal agüero pidiendo que sean eliminados mil indígenas; un general no habla, ladra, de manera extraña sale de su garganta algo así como un gruñido: AJUAAAAA.

La «gente de bien» como se hacen llamar algunos adinerados, visten de blanco movilizándose en camionetas de alta gama con fusil en mano, de pronto disparan y once indígenas caen heridos, entre ellos una mujer que gime al borde de la muerte.

Los medios de manera estridente y sin ningún rigor periodístico, comunican: los indios agredieron con armas de fuego a la “gente de bien”. ¡Qué ironía! los invadidos históricamente, son calificados de invasores y por lo tanto deben de irse a su “hábitat natural”.

Como en la película de terror de Alfred Hitchcock, «Los pájaros «, así se mueven el Esmad y la Policía reventándole los ojos a los jóvenes que han tenido el valor de pararse y decir: ¡basta ya! gobierno miserable, ¡basta ya! gobierno corrupto, gobierno mafioso.

“Crece… crece la audiencia”, dice Jorge Zalamea en el Sueño de las Escalinatas.