Paro nacional: Inédito, espontáneo y asombroso

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Foto Sophie Martínez

La movilización masiva y sostenida de la juventud en todo el país es la evidencia de la descomposición del régimen y de que la solución solo pasará por un nuevo pacto social

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Al circular esta edición se habrán completado 21 días de paro nacional. La inmensa multitud de jóvenes que se han echado a las calles y carreteras de Colombia han hecho uso del arte, la música y la alegría para expresar su voz de descontento ante un sistema que ya no da más de sí. Mientras tanto, el Gobierno sordo e indolente sigue buscando dilatar la situación y apostarle al agotamiento de los manifestantes a través de una serie de encuentros con el Comité Nacional de Paro que no llevan a nada y al aumento de la represión policial. Y sí, mientras se escriben estas líneas, los colombianos seguimos aumentando la cuenta de violaciones a los derechos humanos como si se tratase de un macabro taxímetro.

El mundo nos observa. A pesar de la tibia reacción de los medios de comunicación internacionales y de la grosera complicidad de los medios tradicionales colombianos, lo cierto es que ha sido imposible ocultar la realidad de las masivas violaciones de los derechos humanos y hoy Colombia se halla en el foco informativo del planeta junto con el aguerrido pueblo palestino quien es víctima de una nueva y brutal agresión de la entidad sionista.

Los gobiernos del mundo, en particular el de Estados Unidos y la Unión Europea, han emitido cuidadosos comunicados que “invitan” a la contención y la moderación. No obstante, a pesar de la debilidad de los pronunciamientos públicos, se sabe que la “comunidad internacional” está muy preocupada por la situación en Colombia.

Emancipación

Sin embargo, bajo la apariencia de una manifestación multitudinaria y diversa que reclama un mejor país, se hallan ciertas lógicas que merece la pena analizar para intentar comprender los cambios que se están produciendo en la sociedad colombiana. Lo anterior porque es inevitable pensar que el país está cambiando -incluso algunos optimistas dirán que ya cambió- y que nos hallamos en un escenario de transición, confuso y contradictorio como todos, que muestra la crisis del estado de cosas existente. Por ello, para tratar de vislumbrar hacia dónde nos dirigimos, debemos asumir, con Gramsci, que “lo viejo no termina de morir, lo nuevo no acaba de nacer y por eso todo son claroscuros, y en los claroscuros habitan los demonios”.

Lo primero que debe advertirse es la sorprendente cantidad de manifestantes y el sostenimiento en el tiempo que ha tenido la movilización. El 28 de abril, el pueblo acudió a las calles pensando que sería una jornada más de protesta, que a causa de la pandemia no contaría con la masiva asistencia de otras jornadas como la del 21N, que seguramente se disolvería al día siguiente y que simplemente permitiría poner en la discusión pública la oposición de la ciudadanía a la reforma tributaria. Pero no fue así. Las calles se abarrotaron de gente en una convocatoria que sorprendió incluso a los convocantes y que, a causa de la brutal represión policial, decidió continuar con las protestas al día siguiente -y hasta hoy- con una nueva reivindicación: el cese de la violencia contra los manifestantes.

El anuncio del retiro de la reforma tributaria y la renuncia del ministro de Hacienda -las demandas iniciales del paro- pocos días después de iniciadas las manifestaciones, no solo no aplacaron las protestas, sino que las enardecieron. El llamado de algunos sectores de la dirigencia sindical a levantar el paro tras el anuncio del Gobierno cayó en saco roto, demostrando que el movimiento estaba adquiriendo vida propia y ya no se sentía representado en los delegados que tienen asiento en el Comité.

Incluso, los llamados de líderes políticos como Gustavo Petro, quien ha desaconsejado continuar con las barricadas y bloqueos, son recibidos no como orientaciones sino como meras sugerencias. Por ello, la primera conclusión es que el paro se emancipó, adquirió una dinámica propia y ya no le pertenece a nadie.

Lo que estamos viendo en las calles de Colombia es inédito. Nunca antes el país había presenciado una movilización tan masiva y constante como esta. La sorpresa inicial por el volumen de la convocatoria se ha ido convirtiendo en una sensación de vértigo ante el avance de las protestas, la torpe y violenta respuesta del Gobierno y la incertidumbre hacia el futuro inmediato.

Porque no son solo las consecuencias inmediatas como el desabastecimiento (maximizado escandalosamente por los medios de comunicación) o el temor a ser víctima de la represión así no se esté participando en las protestas, es que ya pocos son capaces imaginar un retorno a la situación que teníamos antes. Por eso, muchos en las barricadas se preguntan “¿y si levantamos el Paro, ¿qué?”. Es la evidencia de que la juventud en Colombia se le ha negado la posibilidad de soñar un futuro.

Frustración

Otro elemento que llama la atención es el conjunto de demandas. Si bien en un principio fue la reforma tributaria la que motivó las protestas, con el paso de los días las reivindicaciones se han convertido en una demanda por el todo, en una protesta contra el conjunto de cosas existente. Al ser interrogados por la prensa internacional por el motivo de la protesta, los jóvenes solo atinan a decir “para que no nos maten”, “para que nos dejen trabajar”, “para que haya salud y educación”, “para que respeten nuestros derechos”.

Esa aparente nebulosa de demandas no expresa ni mucho menos una confusión o una desconexión de los marchantes con la realidad nacional sino todo lo contrario, una brutal desconexión del país político con las aspiraciones de la juventud movilizada.

Porque las demandas que se expresan de forma básica, sin mayor elaboración, no son propias de personas incultas o desinformadas. Son, por el contrario, la evidencia de que la inconformidad no es algo puntual sino general y que no se pretende cambiar algo para poder retornar a los hogares, sino que se busca cambiarlo todo y de raíz.

Por ello, el analista Ariel Ávila acierta cuando dice que esto no es un Paro -técnicamente hablando- sino un proceso de “radicalización democrática”. Los jóvenes en las calles están expresando su hartazgo con el sistema y están pidiendo uno nuevo, así de simple y así de complejo. Lo que hay debajo de las movilizaciones es un profundo sentimiento de frustración y de incertidumbre, algo que no pueden permitirse los jóvenes de cualquier momento de la historia porque, qué duda cabe, es el momento de soñar.

El desenlace

No es posible predecir el futuro inmediato de la movilización. El Gobierno, como se sabe, ha respondido con dilaciones, victimización y violencia, mucha violencia, lo que no ha hecho sino echar gasolina al fuego. La represión no ha amedrentado a los manifestantes y al contrario les ha enardecido. El Comité de Paro cumple su función de negociador, pero ya no representa al conjunto de la movilización.

Ni siquiera Gustavo Petro, si mañana se reuniese con Duque y acordasen llamar a levantamiento de las protestas, sería capaz de mandar a la gente a la casa. Ni siquiera el cansancio parece hacer mella en el ánimo, porque a cada jornada de protesta se suman noticias de la brutal violencia policial, dando más razones para movilizarse al día siguiente.

No obstante, la incertidumbre frente al futuro inmediato no puede hacer perder de vista que estamos ante una movilización sin precedentes, con unas demandas que implican al sistema en su conjunto y no solo al Gobierno y animada por una generación que se cansó de ser maltratada. Así como lo señalan los jóvenes de ‘Puerto Resistencia’ en Cali: “Se metieron con la generación que no tiene nada que perder”. Bueno, ahora tienen la resistencia.